LA MUJER DEL TERCER PISO
“Subí las escaleras buscando silencio. Lo que encontré fue una historia que no quería ser olvidada.”
Ramiro ya no tocaba el piano. Lo había hecho durante años, en bares, teatros menores, cumpleaños ajenos. Había tenido su época. Pero una tarde, en medio de una pieza de Ravel, su mano izquierda se detuvo sin razón. Como si hubiera olvidado la música, o como si la música lo hubiera olvidado a él.
Desde entonces, solo escuchaba. Viajaba sin rumbo en un viejo Renault 12, con un colchón en el asiento trasero, una caja de herramientas en el baúl, y una pequeña radio a pilas. Paraba donde lo agarrara el sueño, o donde la memoria se espesaba demasiado. Le gustaba pensar que se había vuelto invisible. Sin pasado, sin planes. Un eco rodante por la ruta.
La noche que encontró el hotel, venía desde Minas, por un desvío de ripio que no recordaba haber tomado. La radio del auto soltaba apenas un murmullo lejano, como si evitara interrumpir el silencio. La luna estaba velada por nubes pesadas. El aire tenía una densidad rara, cargado de humedad y algo más. Algo antiguo.
Lo vio a lo lejos: un edificio colonial, de tres pisos, con balcones de hierro forjado y una lámpara encendida sobre la entrada. La fachada conservaba aún un aire de dignidad, a pesar de las manchas de humedad y la pintura descascarada. Algo en su forma, en la simetría de las ventanas, le resultó familiar. Aunque no podía decir por qué.
Aparcó sin pensarlo mucho. La fachada estaba desgastada, pero la luz en la entrada ardía firme. La puerta giró suave cuando la empujó. El vestíbulo olía a cera, a papel viejo y a cosas que preferían no ser tocadas.
—Bienvenido, señor Montenegro —dijo una voz grave.
El hombre tras el mostrador vestía un traje oscuro, impecable. Era alto, de ojos grises y modales antiguos. Tenía una caligrafía en la voz, como si cada palabra fuera cuidadosamente escrita antes de ser pronunciada. No se presentó, pero Ramiro leyó una pequeña placa de bronce sobre el mostrador: Salvatierra.
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Aquí los nombres llegan antes que sus dueños.
Ramiro se quedó unos segundos mirándolo. No sentía miedo. Solo una creciente curiosidad.
—¿Tiene habitaciones?
—La 312 está disponible. Vista al bosque. Es ideal para quienes viajan solos.
—¿Y cuánto es?
—Aquí no se cobra con dinero.
—¿Entonces?
—A veces, con tiempo. A veces, con recuerdos. A veces, solo con quedarse.
Le tendió una llave larga, antigua, con el número grabado en un círculo de latón. Ramiro la tomó. El metal estaba tibio, como si alguien la hubiera sostenido hasta hace un instante.
Subió por las escaleras de mármol. El hotel parecía vacío. Las paredes estaban adornadas con cuadros de paisajes brumosos, retratos de desconocidos, relojes sin manecillas. En cada piso, la luz se hacía más tenue. El tercer piso estaba casi en penumbra.
El pasillo era largo, con la alfombra desgastada en el centro. En las puertas, números dorados apenas legibles. La 312 estaba al final, junto a un espejo ovalado que reflejaba más sombra que imagen.
La habitación era amplia. Cama doble con colcha de flores apagadas, una silla de mimbre junto a la ventana, una lámpara de mesa con pantalla verde. Pero lo que le llamó la atención fue el piano vertical contra la pared. Negro, brillante, bien conservado.
Ramiro no se acercó. Lo observó desde la entrada, como se mira a un viejo amor que uno no se atreve a saludar.
Se sirvió un vaso de agua del lavabo del baño. Se sentó junto a la ventana. Afuera, los árboles del bosque eran como estatuas negras. La noche caía con un silencio espeso.
Esa primera noche durmió sin soñar. Demasiado profundamente. Como si el hotel lo hubiera arropado con algo más que sábanas.
Por la mañana, bajó al comedor. Estaba vacío. Solo Salvatierra servía café, pan tostado y mermelada de higos. Comieron en silencio. El administrador parecía conocer los ritmos de los que llegaban al hotel: cuándo hablar, cuándo callar.
—¿Hay más huéspedes? —preguntó Ramiro, mientras revolvía el azúcar.
—Algunos. Pero el tercer piso es reservado. Muy pocos suben hasta allí.
—Yo estoy en el 312.
Salvatierra asintió lentamente, como si lo hubiera sabido de antemano.
—Los pianos tienden a llamar a los que dejaron de tocarlos.
Ramiro lo miró, pero no respondió. No preguntó cómo sabía eso.
Esa tarde salió a caminar por los alrededores. El hotel parecía más grande desde afuera. Desde ciertos ángulos, daba la impresión de extenderse en direcciones imposibles. El bosque lo rodeaba, pero no avanzaba más allá de cierto límite. Como si respetara una frontera invisible.
Cuando volvió a su cuarto, notó algo extraño. La silla de mimbre estaba frente al piano.
Él no la había movido.
Se acercó. El banco del piano estaba apenas desplazado. Sobre el atril, había una partitura manuscrita: Vals sin título. Reconoció la caligrafía. Era la suya.
Pero él no había escrito eso.
Tocó una nota. El sonido era perfecto. Una parte de él tembló.
Esa noche, los ruidos comenzaron.
Pasos suaves, como de alguien descalzo. Luego un murmullo, una melodía cantada sin voz. Salió al pasillo. No había nadie. Pero al regresar, la lámpara del piano estaba encendida.
Cada día, la partitura tenía más notas.
Como si alguien escribiera mientras él dormía.
Al cuarto día, la vio.
Fue en el espejo del pasillo. Ella caminaba con paso sereno. Tenía el cabello recogido, un vestido gris, piel pálida. Era joven, pero sus ojos eran viejos. Se detenía frente a la habitación 314, justo al lado de la suya.
Ramiro salió.
—Disculpe… ¿usted también está alojada?
Ella lo miró. No respondió. Su mirada lo atravesó. Había tristeza allí. Y algo más: reconocimiento.
—¿Nos conocemos?
Ella inclinó la cabeza, levemente. Luego entró a su cuarto. Cerró con suavidad.