Relatos del Hotel de las Animas

El huesped de la 201 (Relato III)

"Hay silencios que no nacen del vacío, sino de haberlo visto todo."

La tormenta seguía el auto como un perro extraviado. Hacía dos horas que Esteban Santucho conducía sin rumbo, los limpiaparabrisas marcando un ritmo histérico sobre el parabrisas. El mapa que había descargado no cargaba. El celular, muerto. Y lo que más le molestaba no era la tormenta, ni el aislamiento, ni el hecho de estar perdido. Era la voz.

No una real. Una interior. Esa que había comenzado a hablarle hacía unos días con una familiaridad insoportable, como si supiera lo que él pensaba antes de que él mismo lo hiciera.

Giró a la derecha por instinto, y después a la izquierda. La ruta se convirtió en un camino de ripio. No le importó. Solo quería alejarse de todo.

Fue entonces que vio el hotel.

Un edificio alto, de tres pisos, con un diseño que parecía traído de otra época. Claramente abandonado o a punto de estarlo, pero con una luz encendida en la entrada. Un cartel medio torcido colgaba sobre la puerta. El agua le resbalaba como si no quisiera quedarse. Las palabras ya no se leían del todo.

Hotel del Ánima, interpretó.

Esteban bajó del auto. El viento le empujó la chaqueta contra el cuerpo. Empapado hasta los huesos, cruzó la puerta.

Dentro, el hotel tenía otro aire. Más denso. Más detenido. Como si no supiera que el tiempo seguía allá afuera.

Un hombre lo esperaba tras el mostrador. Alto, delgado, de traje oscuro. Inmóvil, pero no frío.

—Bienvenido al Hotel del Ánima, señor Santucho —dijo, como si lo conociera.

Esteban titubeó.

—¿Cómo sabe mi nombre?

—Aquí los nombres preceden a sus dueños.

No tenía energías para discutir.

—Necesito una habitación. Solo por esta noche. Y... si puede ser en el segundo piso, mejor.

—La 201 está disponible. Vista interna. Muy discreta.

El hombre —Salvatierra, decía la pequeña placa dorada— le entregó una llave metálica, pesada.

—¿Cuánto es?

—Aquí no se cobra con dinero —dijo, con una media sonrisa—. Aunque todo tiene un precio.

Esteban no respondió. Tomó la llave y subió por las escaleras de mármol, que crujían bajo su peso. El segundo piso estaba más oscuro, más húmedo. Las paredes tenían grietas como cicatrices.

La habitación 201 estaba al principio del pasillo. Al abrir, encontró un cuarto austero: una cama individual, una mesita de luz, un perchero, una ventana con cortinas pesadas. Lo suficiente.

Pero lo que más llamó su atención fue el silencio.

Un silencio denso, con una especie de eco interno. Como si incluso sus pensamientos rebotaran contra las paredes.

Se dejó caer sobre la cama, con la ropa todavía mojada. Y durmió.

Despertó a medianoche.

No por un sueño. Por un sonido.

Risas. Apagadas. Como si alguien viera una comedia vieja en un televisor a volumen bajo. Venían desde la habitación 203, justo al lado.

Se levantó, tambaleante. Pegó la oreja a la pared.

Definitivamente era eso: voces. Risas. Un zumbido de estática.

Golpeó la pared con los nudillos.

Nada cambió.

Salió al pasillo. La luz parpadeaba. Golpeó la puerta 203.

—¿Hola? —dijo. Esperó. Nada.

Volvió a su cuarto.

Las risas siguieron hasta el amanecer.

Por la mañana, bajó al vestíbulo. Salvatierra lo esperaba, con una taza de café lista.

—¿Durmió bien?

—Escuché... algo. En la habitación de al lado. ¿Está ocupada la 203?

Salvatierra se limitó a tomar un sorbo de su taza.

—Esa habitación está cerrada. Desde hace años.

—No. Anoche había gente. Ruidos, voces.

—Algunas habitaciones guardan ecos —respondió—. No se asuste. Este hotel recuerda más de lo que debería.

Esteban no respondió. Se llevó el café al comedor y desayunó en silencio.

Esa tarde, escribió una nota en una hoja arrancada de su libreta. “Por favor, bajen el volumen del televisor.”

La deslizó bajo la puerta de la 203.

Al volver por la noche, encontró una respuesta. Una hoja del mismo tipo, con una caligrafía elegante:

“El silencio no es nuestra forma de estar callados.”

Sintió que se le helaban los dedos.

Esa noche no durmió.

Durante los días siguientes, la rutina se volvió un ciclo de insomnio y notas.

Esteban respondía. Las respuestas llegaban. Algunas crípticas. Otras desafiantes.

“¿Por qué insistís en negarnos?”

“Nos conociste antes de nacer.”

“Estamos en lo que callaste.”

Empezó a perder la noción del tiempo.

Una noche, se quedó en el pasillo, observando la puerta 203.

A las 3:33 exactas, la puerta se abrió sola.

Una rendija apenas. Suficiente para ver que dentro no había oscuridad, sino un leve resplandor dorado. Y una silueta.

Una figura humana, de espaldas, que parecía proyectada en una pared, como una sombra sin dueño.

Esteban retrocedió. Cerró la suya con llave. Se acurrucó en la cama como un niño. No lloró. Pero tembló.

A la noche siguiente, se armó de valor.

Volvió a la 203 con la linterna del celular.

—Ya está. Vamos a terminar con esto.

La puerta no estaba cerrada.

La empujó.

Dentro no había muebles. Las paredes estaban cubiertas de espejos.

Docenas. Todos enfrentados entre sí. Ninguno le devolvía su reflejo de forma normal. En cada uno se veía distinto.

Uno mostraba a Esteban de niño. Otro, envejecido. Otro, su cara golpeada. Otro, su rostro sin expresión. Otro más, su cadáver.

Y en todos, los ojos de esos "otros" Esteban lo miraban.

Con lástima. Con odio. Con angustia. Con una sonrisa.

Quiso girar. Salir.

La puerta ya no estaba.

Solo más espejos.

Y en uno de ellos, el Esteban del reflejo alzó una mano. Y le habló sin mover los labios:

“¿Cuál de nosotros sos?”

Cayó de rodillas.

“Yo… yo solo quería…”

—...olvidar —completó otra versión de sí mismo.

Y entonces entendió.

La habitación 203 no estaba al lado de la suya.




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