Relatos del Hotel de las Animas

La lampara del vestibulo (Relato IV)

Relato IV: LA LAMPARA DEL VESTIBULO

“Algunas luces no iluminan el presente: lo exponen.”

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Nélida Bonet llegó al Hotel del Ánima un lunes de octubre, con el viento del sur empujándole la boina y las rodillas un poco más torpes que de costumbre. Llevaba un bolso de cuero lleno de libros, una carpeta con estudios médicos y un cuaderno pequeño, rojo, donde anotaba los sueños que recordaba.

No estaba de vacaciones. Lo sabía. Se acercaba una operación que no podía postergar más —una cirugía cardíaca compleja— y había querido pasar unos días sola, lejos del apartamento de Montevideo, de los sobrinos, de las visitas bienintencionadas. Quería, simplemente, silencio.

La ruta la había llevado a un desvío por caminos de tierra. No supo cómo. Ni por qué no se detuvo antes. Pero ahí estaba.

Cuando vio el hotel, supo que era ese.

Un edificio de tres pisos, antiguo, con balcones de hierro forjado y una fachada que alguna vez había sido blanca. Ahora se veía vencida por el tiempo, con manchas grises y grietas. Y sin embargo… el lugar conservaba una dignidad quieta. Como un viejo profesor jubilado.

Pero fue al entrar cuando el vértigo la tocó.

Ahí, en el vestíbulo, colgando del centro del techo alto, estaba la lámpara.

Era idéntica a la de su sueño. De cristal cortado en formas geométricas extrañas, con pequeñas esferas en la base y un marco de bronce en espiral. La había visto por primera vez a los 27, después de un aborto espontáneo. Luego, cada vez que algo decisivo estaba por ocurrir. En sueños vagos, como faro en un pasillo de hospital, o suspendida sobre la sala de una casa que no reconocía.

La lámpara no debería existir.

Y sin embargo… ahí estaba. Encendida. Inmóvil.

—Bienvenida, señora Bonet —dijo una voz a su derecha.

Era un hombre alto, de traje oscuro, con la piel pálida y una mirada difícil de esquivar. Sonreía sin parecer amable.

—¿Cómo…?

—Aquí los nombres llegan antes que los huéspedes —respondió, como si eso explicara todo—. ¿Desea hospedarse?

—Sí. Solo unos días. Hasta el jueves. Después… tengo que volver a Montevideo.

—¿Prefiere el primer piso?

—Sí. No me llevo bien con las escaleras —bromeó, aunque no del todo.

—La habitación 105 está libre. Vista al patio interior. Silenciosa.

Él le entregó una llave grande, de latón.

—¿Cuánto es?

—Aquí no se cobra con dinero.

Ella asintió, sin sorpresa. Algo en el aire del hotel le había dicho que las reglas eran otras.

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La habitación era sencilla. Una cama firme, una silla de mimbre, una mesita con una lámpara de mesa. Una ventana hacia un pequeño patio donde crecía una higuera retorcida.

Dejó el bolso y volvió al vestíbulo. Se paró bajo la lámpara. No quería tocarla. No aún. Solo verla.

—¿Conocía este lugar? —preguntó Salvatierra, quien parecía flotar entre una aparición y un anfitrión.

—No. Al menos no en la vigilia. Pero soñé con esta lámpara durante años.

—Algunas cosas nos buscan desde lejos —dijo él—. O nos esperan.

—¿Y si no quiero saber lo que tiene que mostrarme?

—Entonces no se siente debajo.

Ella no respondió.

Se sentó.

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Pasaron las horas. Leyó. Escribió. Caminó por los pasillos alfombrados. A veces escuchaba pasos en otros pisos, murmullos. El hotel nunca estaba completamente en silencio, pero era un sonido vivo, como el de un bosque que respira.

Esa noche, bajó al vestíbulo con su cuaderno rojo. Se sentó justo debajo de la lámpara y empezó a escribir.

Primero recuerdos vagos: un viaje a Chile con su primera pareja, una discusión con su hija adolescente, un robo que presenció en una librería.

La lámpara, inmóvil.

Luego escribió una confesión: cómo había mentido en su tesis de doctorado, años atrás, apropiándose de una investigación ajena. Cómo eso la había impulsado profesionalmente.

La lámpara parpadeó.

Nélida se detuvo.

Miró hacia arriba. Nada se movía. Ni el aire. Ni el bronce.

Continuó. Confesó que, después del robo de tesis, nunca más pudo escribir con honestidad. Que se volvió profesora por cobardía. Que evitó la creación porque temía el juicio del espejo.

La lámpara brilló más fuerte. Su luz parecía envolverla.

Lloró un poco. No mucho. Siempre había sido parca para eso.

Luego escribió sobre su hija. A la que no veía desde hacía años. No por una pelea, sino por abandono. Dejó de llamarla un día. Sin razón concreta. Solo… se cansó. Se volvió otra mujer, una más cómoda. La hija —decía— le recordaba lo que no era.

La lámpara se apagó por completo.

Y Nélida se quedó a oscuras.

Pasaron segundos, tal vez minutos. Hasta que la lámpara volvió a encenderse, lentamente, con un brillo suave. Como perdonando.

Salvatierra apareció en el umbral.

—¿Está todo en orden?

—Creo que sí. O casi.

—¿Está buscando algo?

Ella cerró el cuaderno.

—No. Pero estoy dispuesta a encontrarlo.

Él asintió y se fue, sin pisadas.

Durante los días siguientes, Nélida repitió el ritual. Bajaba tras la cena, se sentaba bajo la lámpara y escribía. A veces hablaba en voz alta. Recordaba nombres. Hechos. Lugares que había dejado atrás. Algunos con cariño. Otros con vergüenza.

La lámpara reaccionaba.

Era como si cada recuerdo tuviera su propia intensidad lumínica.

Una noche, Nélida dijo:

—No estoy segura de querer sobrevivir a esta operación.

La lámpara no reaccionó.

—No por miedo. Es que… no sé si hay algo a lo que quiera volver.

La lámpara tembló. Una oscilación sutil, como si dudara con ella.

—Pero si me voy… quiero hacerlo liviana.

Entonces brilló, cálida. Casi maternal.

Nélida sonrió.

—Gracias. Es bueno hablar con alguien que no interrumpe.

La última noche, la lámpara se rompió.

Fue un sonido seco. Un estallido breve. Uno de los cristales cayó al suelo, rebotó y quedó bajo la silla de Nélida.




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