Relatos del Hotel de las Animas

El hombre que bajo por la escalera que no estaba (Relato V)

“Algunas caídas no son errores. Son decisiones que no supimos recordar.”

El sonido del motor se detuvo sin que él tocara la llave. Gaspar Téllez bajó del auto como si despertara. El volante todavía tibio bajo sus palmas, el parabrisas empañado por una humedad que no correspondía a la estación. El camino de tierra había quedado atrás, pero no recordaba haberlo tomado. Tampoco sabía en qué momento había dejado la ciudad.

Solo recordaba haberse levantado al baño. Y después, la puerta.

No la del baño.

Otra.

Y al cruzarla, estaba ahí: frente al Hotel del Ánima.

Un edificio alto, vencido por el tiempo, con tres pisos y un letrero oxidado donde las letras apenas sobrevivían. Un farol colgaba sobre la puerta principal, oscilando con el viento. La luz no era eléctrica. Era otra cosa. Más antigua. Más viva.

Gaspar se rascó la barba mal afeitada. Se ajustó la campera de cuero. Dio tres pasos hacia la entrada, mirando con desconfianza. No se sentía cansado. Ni asustado. Más bien… curioso.

La puerta se abrió sola antes de que tocara el picaporte.

Adentro, el aire olía a madera mojada y a papel viejo. El silencio era tan palpable como la alfombra gruesa que cubría el vestíbulo. Y ahí, detrás del mostrador, como si lo hubiera estado esperando desde hacía décadas, estaba él.

Un hombre alto, delgado, de traje oscuro. La piel tan clara que casi parecía traslúcida. Los ojos de un gris profundo, como la piedra antes de que llueva.

—Bienvenido, señor Téllez —dijo con una leve inclinación de cabeza.

Gaspar frunció el ceño.

—¿Cómo…? ¿Cómo sabe mi nombre?

—Aquí los nombres llegan antes que sus dueños.

Gaspar tragó saliva. Miró a su alrededor.

—No vine a dormir.

—¿Entonces?

Gaspar inspiró hondo.

—Quiero bajar.

Salvatierra (decía la placa dorada sobre el mostrador) ladeó la cabeza apenas.

—Aquí nadie baja. Solo suben.

—Yo... yo no quiero una habitación. No quiero descansar. No vine a eso.

—¿Y a qué vino?

—A buscar algo. O alguien. No lo sé.

—¿Y cree que está abajo?

—Anoche soñé con una escalera. De caracol. Que descendía desde un vestíbulo. No era el de mi casa. Era... este. Estoy seguro.

Salvatierra lo observó en silencio durante largos segundos. Finalmente, abrió un cajón y sacó una linterna negra, antigua. Pesada.

—Si encuentra la escalera… recuerde esto: la oscuridad también tiene memoria.

Gaspar la tomó con manos temblorosas.

—¿Hay algo allá abajo?

—Solo lo que se perdió y no quiso ser hallado.

Los pasillos del Hotel del Ánima parecían multiplicarse de noche.

Gaspar caminó por corredores que olían a encierro, a papel quemado, a perfume barato. Las alfombras cambiaban de color sin aviso. Los cuadros colgados en las paredes mostraban escenas de lugares que nunca había visitado, pero que le provocaban una punzada de nostalgia.

El reloj del vestíbulo marcaba las tres en punto cuando encontró la puerta.

Una que, horas antes, no había estado ahí. Una puerta de madera negra, sin manija, con una aldaba de bronce en forma de espiral.

Gaspar no dudó.

Golpeó.

Nada.

Empujó.

Y la puerta se abrió con un quejido húmedo.

Detrás, comenzaba la escalera.

Exactamente como en su sueño: de caracol, angosta, sin baranda, descendiendo en espiral hacia una negrura compacta. No se veía el final.

Encendió la linterna.

Y bajó.

Los peldaños crujían bajo sus pies. El aire se volvió espeso. El sonido se apagó. Ni su respiración resonaba. Era como si el descenso lo aislara del tiempo.

A los pocos minutos, las paredes empezaron a cambiar.

A la izquierda, una vitrina con juguetes rotos. Un osito sin ojos. Un trompo partido. Una pistola de agua oxidada.

A la derecha, cuadros sin rostro. Cuerpos vestidos, escenarios bien definidos… pero los rostros eran manchas. Como si hubieran sido borrados.

Gaspar sintió que el corazón le latía en las sienes.

Siguió bajando.

Encontró una silla vacía, meciéndose.

Una radio encendida que solo transmitía estática.

Un zapato de niño.

Un retrato en el suelo: un hombre que se parecía demasiado a él, pero más joven. Sin barba. Sonriente.

Gaspar lo levantó. No lo recordaba. Pero supo que era él.

—¿Dónde estuve? —susurró.

Nadie respondió.

Después de lo que pareció una eternidad, la escalera terminó.

Frente a él: un pasillo bajo, con una sola puerta al fondo. De hierro. Fría.

Arriba de la puerta, una frase grabada:

> “Solo lo que aceptaste te dejará subir.”

Gaspar respiró hondo.

No abrió la puerta.

En cambio, se dio vuelta y miró hacia la escalera.

Estaba lista para ascender.

Dio un paso.

Y comprendió.

La escalera ya no subía.

El peldaño superior no estaba. El siguiente tampoco. Se había vuelto un espiral eterno hacia abajo. Como si con cada paso que dio, el camino de regreso se hubiera borrado.

—No… —susurró—. ¡No, no!

Gritó. Golpeó las paredes. Volvió al pasillo. Empujó la puerta de hierro.

Estaba cerrada.

Sin cerradura.

—¡¿Qué se supone que acepte?! —rugió, su voz devuelta por las piedras.

Nadie contestó.

Se sentó en el suelo.

La linterna comenzó a parpadear.

Sacó del bolsillo interno de su campera una foto vieja. No sabía por qué la tenía. Era una imagen arrugada, casi deshecha, pero en ella podía ver un rostro. El de una mujer. Tal vez una esposa. Tal vez su madre. Tal vez…

Pero no recordaba su nombre.

Ni el de ella.

Ni siquiera si la foto era real.

Algo dentro suyo comenzó a quebrarse. No un hueso. Una certeza.

Empezó a hablar en voz alta. A decir todo lo que recordaba. Nombres. Lugares. Sueños. Miedos. Frases sueltas. Canciones. Todo lo que podía.

Como si al nombrarlo, lo hiciera volver.

Pero cada palabra se disolvía en el aire antes de terminar de ser dicha.




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