Relatos del Hotel de las Animas

La habitacion de las 4.44 (Relato VI)

“Algunas horas no marcan el tiempo. Lo abren.”
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El motor de la camioneta se apagó sin aviso.
Ni un chisporroteo. Ni un temblor. Nada. Simplemente murió.
Damián Cruz golpeó el volante, cerró los ojos y soltó un suspiro largo.
La ruta estaba desierta. El atardecer, sucio y sin viento, parecía clavado en el horizonte. Revisó el GPS del tablero: “SIN SEÑAL”.
—Genial —murmuró.
Tomó el celular y se bajó del vehículo. Caminó hacia el costado del camino, buscando altura para ver si cazaba alguna barra. Entonces lo vio.
Apenas a unos metros, entre un conjunto de árboles retorcidos, asomaba la silueta de un edificio de tres pisos. Oscuro, sucio, las ventanas cubiertas de polvo o madera. Un cartel a medio caer se mecía frente a la entrada: Hotel del Ánima.
No supo por qué, pero una parte de él reconoció ese nombre. Como si su memoria se hubiera adelantado.
Empujado por la falta de opciones —y un poco por la extraña calma que lo envolvió al verlo—, Damián cruzó la ruta y se acercó.
La puerta se abrió antes de que tocara el picaporte.
Adentro, la penumbra olía a madera vieja y cera derretida.
Un vestíbulo amplio, con un mostrador antiguo y un reloj de péndulo al fondo. Detrás del mostrador, un hombre alto, delgado, con un traje gris de corte antiguo.
—Buenas tardes, Damián —saludó el hombre con una leve inclinación de cabeza.
El técnico sintió un escalofrío.
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Aquí siempre lo sabemos.
La voz era grave, suave, como un eco que llegaba desde un sitio lejano.
Damián tragó saliva.
—Sólo vine a ver si puedo tener señal… mi auto…
—Se apagó. Sí, lo sé. —El hombre sonrió, y le extendió la mano—. Salvatierra. Administrador.
Damián, sin saber por qué, aceptó el apretón.
—Un café, si me permite. Mientras revisa su teléfono.
El ofrecimiento fue tan natural que el joven solo asintió. Se sentó en uno de los sillones cerca del mostrador. Sacó el celular. Sin señal. Ni siquiera Wi-Fi.
Fue entonces cuando escuchó el tic-tac del reloj.
El péndulo oscilaba.
El sonido llenó la sala, y una campanada única cortó el aire.
4:44
Salvatierra dejó la bandeja con el café sobre la mesa frente a él.
—No debería estar andando.
—¿El reloj?
El administrador asintió.
—Se detuvo la noche que cerramos la habitación.
—¿Cuál habitación?
—La 444.
Damián sintió una presión en el pecho.
Ese número. Esa historia.
Su madre se lo había contado cientos de veces. Lo llamaban el cuento de la tormenta. Cuando ella tenía diez años, viajaron con su abuelo hacia la costa. Una tormenta los obligó a detenerse en un viejo hotel de carretera. Esa noche, su abuelo murió. En la habitación 444.
Murió sin causa aparente. Y su madre… su madre siempre dijo que había visto “algo” salir del espejo antes de que todo ocurriera.
Damián miró a Salvatierra.
—¿Ese número… esa habitación está aquí?
El hombre cruzó las manos sobre el mostrador.
—Estuvo. Durante años. Hasta que decidimos cerrarla. Algunas puertas es mejor que permanezcan selladas.
—¿Por qué?
El administrador sonrió, casi con tristeza.
—Porque cuando se abren, no dejan entrar a la gente. La traen.
Damián sintió que un frío le recorría la espalda.
Bebió un sorbo de café. Estaba tibio, perfecto.
—Mi madre… —empezó a decir, pero se detuvo—. Mi madre me habló de esta habitación.
Salvatierra no se sorprendió.
—Los recuerdos viajan más lejos que las personas.
El joven miró hacia el pasillo lateral. La madera crujía suavemente.
Y entonces, vio la puerta.
Una hoja de roble macizo, con números dorados: 444.
Estaba ahí. Al final del corredor.
Pero cuando volvió a mirar a Salvatierra, el administrador no parecía notarlo.
—No está ahí —dijo, casi en un susurro—. Si la ves… es porque te está buscando.
Damián se levantó.
—¿Qué hay detrás de esa puerta?
—Todo lo que no queremos recordar. Todo lo que espera que lo volvamos a nombrar.
El joven tragó saliva.
—Mi abuelo murió ahí.
—¿Estás seguro?
Damián parpadeó.
—Eso me dijeron…
Salvatierra sostuvo su mirada un largo instante.
—A veces heredamos historias que no nos pertenecen. Y las vivimos como si fueran nuestras.
Damián miró la puerta una vez más.
La aldaba de bronce parecía… moverse.
Llamándolo.
El corredor era largo. Mucho más de lo que parecía desde el vestíbulo. Cada paso de Damián hacía que el suelo vibrara.
Las luces del techo parpadeaban con cada paso.
Al llegar frente a la puerta, sintió que algo le rozaba la nuca.
Se dio vuelta. Nada.
Levantó la mano. La apoyó en la madera.
Fría. Viva.
Respiró hondo.
La puerta se abrió sola.
Adentro, un cuarto sencillo. Una cama, una silla, una cómoda con un espejo.
Y en la silla…
Un hombre.
Damián sintió que el corazón se le detenía.
Era su abuelo.
O… al menos, eso creía.
El hombre lo miraba con unos ojos que no eran suyos. Ni humanos.
—Volviste tarde —dijo el hombre. Su voz sonaba hueca, como arrastrada por un eco sin tiempo.
—¿Quién…? —murmuró Damián.
El hombre sonrió.
—Sabías que ibas a venir. Siempre lo supiste.
Damián negó con la cabeza.
—No… no sé…
—Tu madre lo supo. Y ella te lo dio. La historia. La puerta. El miedo. Lo heredaste. Y ahora… es tuyo.
Damián sintió que el aire se volvía espeso.
—¿Qué quieres?
El hombre se levantó de la silla. Caminó hasta él. Lo tocó en el pecho, justo donde el corazón le latía como un martillo.
—Que lo recuerdes.
El mundo se desvaneció.
Damián se vio a sí mismo.
De niño. Jugando en un campo abierto. Una tormenta se avecinaba. Su madre lo llamaba. Su abuelo lo alzaba en brazos.
Un hotel a la distancia.
El número 444 en una puerta.
Un espejo.
Un rostro.
El suyo. Reflejado en un cristal… treinta años antes de nacer.
Despertó en la habitación.
Solo.
El espejo frente a él mostraba su reflejo.
Pero detrás…
Una niña.
Su madre.
—No abras la puerta, Damián —susurró la niña—. Nunca la abras.
Se dio vuelta.
La puerta estaba cerrada.
De nuevo en el vestíbulo, Salvatierra lo esperaba con una taza de café humeante.
—¿Y bien? —preguntó el administrador.
Damián no respondió.
Se acercó al mostrador.
—¿Qué es este lugar?
Salvatierra sonrió.
—Una puerta. Ni más, ni menos.
El joven asintió.
Salió del hotel.
La camioneta estaba encendida, el motor ronroneando como si nunca se hubiera apagado.
En el asiento del copiloto, un sobre.
Unas fotos.
Su madre. Su abuelo. Y él.
En una fecha escrita a mano: 1975.
Veinte años antes de que naciera.
El reloj del vestíbulo marcó otra vez las 4:44.
Y Salvatierra, alzando la vista hacia la puerta que nadie ve…
…volvió a cerrar la habitación.
Por ahora.




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