Relatos del Hotel de las Animas

El huesped del amanecer (Relato VII)

“Algunas visitas llegan cuando ya nos habíamos ido.”

El amanecer siempre había sido un momento sagrado para Bruno Vázquez.

La hora exacta en que la oscuridad retrocede y las cosas —las verdaderas cosas— muestran su rostro.

Por eso, cuando la niebla cerró la ruta y la brújula de su camioneta dejó de marcar rumbo, supo que la fotografía que buscaba estaba más cerca de lo que pensaba.

Detuvo el vehículo frente a la figura oscura que emergía entre los árboles.

El Hotel del Ánima.

No necesitaba verlo entero para saber dónde estaba.

Esa fachada de madera ajada, los balcones gastados, las ventanas cerradas…

Un lugar que parecía haber estado esperándolo.

Bajó con la cámara al cuello y la mochila al hombro.

La puerta del hotel se abrió sin sonido.

Adentro, un silencio cargado.

El vestíbulo, como congelado en otra época.

Y Salvatierra.

El mismo hombre que parecía ser el alma del lugar, apoyado tras el mostrador.

—¿Pasará la noche, señor Vázquez?

Bruno dudó.

—¿Cómo sabe mi nombre?

El administrador se limitó a sonreír.

—Aquí las historias llegan antes que las personas.

Bruno rió entre dientes.

—Supongo que sí. Si tiene una habitación libre…

—Esta noche, todas están libres —dijo Salvatierra—. Pero no todas abiertas.

El fotógrafo dejó la mochila en el suelo.

—¿Alguna en especial que deba evitar?

El administrador lo miró fijo.

—Evítese a usted mismo.

Bruno parpadeó.

—¿Perdón?

—Suba al primer piso. Habitación 108. No abra a nadie después de medianoche.

El fotógrafo sintió un cosquilleo en la nuca.

—¿Esto es parte de la experiencia del lugar?

Salvatierra sonrió apenas.

—No. Esto es una advertencia.

Bruno recogió su mochila.

—Anotado.

La habitación 108 era sencilla.

Cama doble, espejo antiguo sobre la cómoda, cortinas pesadas.

Y un reloj de aguja en la pared, inmóvil a las 23:48.

Bruno preparó su equipo, descargó las baterías y revisó las fotos que había tomado esa tarde.

Paisajes, árboles, alguna vieja estación de servicio…

Y una imagen que no recordaba haber capturado.

Un claro en el bosque.

Y en el borde, apenas visible… un niño.

De pie.

Mirándolo.

Sintió un escalofrío.

Amplió la imagen.

El rostro del niño estaba borroso, pero sus ojos parecían… saber.

Cerró la laptop.

—Debo estar agotado… —murmuró.

El golpe llegó a las 00:03.

Un par de golpes secos en la puerta.

Bruno se levantó.

—¿Sí?

Silencio.

—¿Quién es?

—¿Puedo quedarme con usted hasta el amanecer? —susurró una voz infantil.

El fotógrafo sintió que el aire se le detenía.

—¿Quién eres?

—Tengo frío.

Bruno se acercó a la puerta. No la abrió.

—¿Dónde están tus padres?

Silencio.

—¿Estás solo?

—Todos estamos solos. —La voz sonaba como una ráfaga.

Bruno giró la traba de la puerta… y se detuvo.

Recordó las palabras de Salvatierra.

No abra a nadie después de medianoche.

Retrocedió.

—Lo siento. No puedo dejarte entrar.

—Pero tú ya me dejaste.

La voz desapareció.

El silencio cayó como un peso.

Bruno apoyó la frente contra la puerta.

No debía abrir.

No debía…

El pomo giró solo.

Bruno saltó hacia atrás.

La puerta se abrió suavemente.

Al otro lado, el pasillo vacío.

O eso pensó.

El niño estaba allí.

Pequeño. Con ropas antiguas. Mirándolo con unos ojos grises, inmóviles.

—¿Puedo quedarme? —repitió el niño.

Bruno sintió que su propia voz se congelaba.

—¿Quién eres?

El niño inclinó la cabeza.

—Soy el que olvidaste.

El fotógrafo intentó moverse, pero no pudo.

—¿Qué significa eso?

El niño dio un paso hacia la habitación.

—Me tomaste una foto. Y después… te fuiste. Me dejaste solo.

Bruno pensó en la imagen. La fotografía.

—Eso fue hoy.

—Eso fue siempre.

El niño avanzó un paso más.

—Siempre fuiste tú. Siempre fui yo. Siempre fuimos nosotros.

Bruno sintió un vértigo.

El reloj marcó las 00:04.

Y el niño… desapareció.

---

El resto de la noche pasó entre sueños rotos y la sombra de la puerta entreabierta.

Bruno no supo si durmió o si simplemente dejó de estar despierto.

Cuando despertó, el amanecer dibujaba la silueta del hotel en tonos grisáceos.

Salió al vestíbulo.

Salvatierra servía café.

—¿Ha dormido bien? —preguntó.

Bruno se frotó la cara.

—¿Quién era el niño?

El administrador se limitó a mirarlo.

—¿Qué niño?

—El que vino anoche a mi habitación.

Salvatierra dejó la taza sobre el mostrador.

—Aquí no recibimos niños. No desde hace muchos años.

Bruno sintió que un frío le recorría la espalda.

—Yo lo vi.

—¿Estás seguro? —preguntó el administrador.

Bruno tragó saliva.

—¿Quién era?

El hombre sostuvo su mirada.

—El huésped del amanecer.

—¿Qué significa eso?

Salvatierra se encogió de hombros.

—Algunas visitas no vienen a vernos a nosotros. Vienen a que las recordemos.

Bruno cerró los ojos.

El niño.

La fotografía.

La sensación de haberlo visto antes.

Y entonces lo comprendió.

Buscó en su mochila.

La fotografía estaba allí.

Pero no era de ayer.

Era vieja.

Amarillenta.

Y su firma estaba en el dorso: B.Vázquez — 2005

Él la había tomado… hacía veinte años.

El niño.

El mismo.

La misma mirada.

La misma pose.

Y en la esquina de la foto… un espejo.

El reflejo de Bruno.

Con veinte años menos.

De pie detrás del niño.

Salvatierra se acercó.

—Algunas imágenes no se toman. Se devuelven.

Bruno sintió que las palabras se clavaban en su mente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.