Reliquias con Alma

Hormigas

Empezó siendo un sonido, paso a ser polvo, y acabó conmigo.

El primer día que las escuché, se estaban comiendo el aislante del techo en una esquina apartada en el último rincón de la casa. Parecía inocente, hasta gracioso.
Se habían metido por una grieta un poco oculta y de a poco se abrieron camino. A veces parecía lluvia, a veces, viento, y en otras ocasiones parecía el retorcerse de una bolsa en la palma de una mano.

Era lento, era constante... Muchas veces las escuchaba solo cuando me acordaba que existían, como si solo hicieran ruido cuando yo se los mandaba. Sucedía en cualquier momento del dia, y recuerdo mas de una noche en donde no me dejaron dormir. Alguna que otra torpe caía sobre mi cara mientras intentaba relajarme en la cama, y allí notaba que ya no estaban solamente en la esquina apartada. Pero no me molestaba, solo estaban en el techo.

Creo que pasaron algunas semanas cuando vi las primeras manchitas en el piso, como nieve en el interior. Parece que estaban intentando hacer un hogar dentro del mío, pero ese polvo parecía un buen regalo. Me gusta la nieve, por lo que lo consideré un bonito presente a cambio de su permanencia, como si me agradecieran por cederles el espacio que necesitaban.

Supongo que tal fue su comodidad, que en otra de esas ocasiones, escuché sus pasitos en las paredes laterales. Por fin alguien aprovechaba ese espacio perdido. Cómo podría culparlas? Yo jamás habría sabido qué poner entre los huecos de los ladrillos. Así mismo, entendí que necesitaban mas espacio, por lo que les dije que podían ocupar lo que necesitaran.

Quizás ese si fue un error, porque nuestra convivencia en la cocina fue un poco complicada en sus inicios.
Ellas me seguían regalando su nieve, pero no siempre la necesitaba en mis almuerzos. Con el tiempo fue mejorando, y realmente no me molestaban. Solo estaban en el techo y las paredes.

Ya en el baño, su laborioso chirriar me daba calma mientras me duchaba, y sentado en el inodoro observaba el techo, intentando adivinar por dónde pasarían sus intrincados túneles, y fantaseando con trabajar con ellas para ayudarlas a terminar mas rápido. Ah... En algunos fines de semana las escuchaba trabajando, miraba su nieve, y me preguntaba de donde sacaban tanta energía; me preguntaba si algún dia terminarían. Al mismo tiempo, me despertaba con terrores nocturnos imaginando que ya no estaban ahí, que ya no tenía que barrer sus livianas y diminutas ofrendas del suelo, y tenía que quedarme en silencio para escuchar con atención que seguían trabajando.

Pasaron unos meses cuando las escuché en mi computadora, qué afortunado! Ellas seguían allí, constantes, chirriando y trabajando. Qué impresionante! Tienen un gran talento para encontrar espacios vacíos. Y después de todo, cómo podría quejarme? Solo estaban en el techo, las paredes y mi computadora.

En verdad, debo admitir que llegó un punto en que no podía diferenciar dónde estaban. Las escuchaba un poco en algunos muebles, en mi lavarropas, en el piso y en el televisor. Pocas veces las veía, como si se acercaran a saludar, y agradecer, por supuesto. Hablando de aprovechar, las vi mas de una vez limpiando restos de comida que se caían del basurero, solo para desaparecer y seguir trabajando.

Los días que debía abandonar la casa eran un poco tristes, porque no las escuchaba. Por el otro lado, me sentía tranquilo sabiendo que estaban cuidando el hogar. Ahora era nuestro hogar. Ellas no me molestaban. Solo estaban en la casa.

Ah! Y cómo olvidar la mejor parte? Hace poco, mientras iba en el tren, escuché el sonido como de un envoltorio de caramelos, cuidadosamente arrugado, en un compás muy familiar. Al principió culpé a algún niño inquieto, pero para mi sorpresa, allí seguía el sonido, y encontré los típicos residuos blanquecinos en mi hombro izquierdo.

Ahora me acompañan a todos lados, chirriando, trabajando, ocupando espacio.

Los siento, los vivo y los respiro.

Ah... Tienen un gran talento para encontrar los lugares vacíos.




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