Reliquias con Alma

El Ave

La cruel entelequia de un pájaro albino
rogando a los gritos que pida perdón,
un leve lamento, un eterno tormento,
me arrastra al infierno sin gloria ni son.
La vida pesada, las alas cortadas
y aquel blanco lienzo, vestigios de un dios;
que un día despacio contó los pedazos
sobrantes de un cosmos, de alguna creación,
que ahora son cuentos, no más que relatos,
simulan retratos de alguna ilusión.

En noche revuelta aquel ser se acongoja,
le llueven recuerdos cual rayo de luz,
y en tal paradoja contempla su mente,
se ve reflejado en su corazón.
Durmiendo tranquilo, soñado despierto,
ignora los lutos de aquel que lloró,
esperando en confianza alguna esperanza,
un abrazo consorte y la vil expiación.

Se vuelve hacia adentro rasgando sus huesos,
carcomen sus ansias por la bella flor,
que crece en el prado, a resguardo del viento y aislada del sol.
Los pétalos bailan, el tallo no crece,
el aire enloquece ante tal inquietud,
y mientras debajo, muy lento y despacio,
nutren sus raices las mismas lombrices
que un día imperiosas limpiaran su dolor.

El dios se despierta y su alma no encuentra,
quizás fue la lluvia, quizás un adiós.
La calma le inunda, secretos le abundan,
no son solo hilos, también el carbón
y dentro del pecho resurge el momento
que en un solo soplo le quitó el amor,
no sabe a certeza la ciencia compleja
que envuelve al orgullo de aferrarse al yo,
y lo sufre en silencio porque le es esquiva,
mas nada le quita lo que ya vivió.

Y el ave agoniza, ya es solo ceniza;
no emite sonido, no halla su voz.
Se pierde en el tiempo, entre tumbas lejanas,
ocultas por rocas más frías que él;
que aquel dios infame, cansado de todo,
al ave contempla y tomando sus plumas
esparce la tinta en espacio solemne,
que impregna su mano de imaginación.




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