Rellenita de amor

Capitulo 10:Día del jucio.

Hanna

Una semana después...

Retoco mis labios viéndome por el espejo retrovisor de la camioneta para luego bajar rápidamente. Me acomodo el chaleco de vestir entallado, de color gris oscuro, que resalta sobre mi camisa blanca. Llevo las mangas prolijamente dobladas hasta los codos junto a un pantalón de la misma tela y color que complementa el conjunto. Calzo unos tacones de punta fina negros y recojo mi cabello en un moño bajo, dejando algunos mechones sueltos para no lucir demasiado rígida.

Veo el auto de mis amigas estacionarse. Bajan y caminamos juntas para cruzar la calle y subir las escaleras del Ministerio Público. Allí, de pie en la entrada, se encuentran el señor Brown y Henry. Ambos posan su mirada sobre mí y, de forma sincronizada, me escanean de arriba abajo. Hay un destello de sorpresa en sus ojos; luego se miran entre ellos como si no pudieran creer que haya cumplido con el código de vestimenta. Mentalmente, les agradezco a las chicas por haberme ayudado a elegirlo.

—Vaya... Hanna, estás perfecta —habla Henry con una pequeña sonrisa.

Durante todos estos días de práctica con él, hemos logrado forjar una pequeña amistad. Henry posa su mirada a mi lado, donde están las chicas. Ve a Ava y luego a Isla, dejando su mirada fija en esta última con una sonrisa que se ensancha. Tengo que morder mi labio inferior para no reírme; el pobre no tiene ninguna chance, ella tira para otro bando. El señor Brown, en cambio, guarda silencio. Solo me observa con el ceño fruncido antes de bajar la vista para consultar el reloj en su muñeca.

—Ellas vienen conmigo —sentencio, señalando a mis amigas.

—Bien, entremos de una vez, ya es hora.

Caminamos detrás de ellos hasta llegar al pasillo de la sala 402. Allí nos espera nuestro abogado defensor, un hombre de avanzada edad enfundado en un traje a medida y armado con un maletín. Tras los saludos de rigor y ajustar los últimos detalles con el señor Brown, escucho unos pasos. Dos hombres caminan hacia nosotros con una expresión de burla y desafío: el dueño de la revista y su abogado.

Somos llamados y cruzamos la puerta adentrándonos a la sala. Veo que ya se encuentran varias personas con tabletas y bolígrafos; entre ellas, algunos de los periodistas que me han acosado como buitres en busca de chisme. Dos oficiales custodian cada esquina del estrado y otros dos se mantienen en las puertas, rectos como estatuas. Isla, Ava y Henry se ubican en la tercera fila, mientras que el señor Brown y yo, junto con el abogado, nos situamos en la mesa frente al estrado. Del otro lado están el dueño de la revista y su defensa.Uno de los oficiales anuncia la llegada del juez y todos nos ponemos de pie por respeto.

—Buenos días. Pueden tomar asiento —anuncia el juez—. Estamos aquí por el caso de demanda del señor Brown y la señorita Martínez contra la revista The Daily Dish por difamación, violación a la privacidad y acoso—El juez le da la palabra a los abogados. Estoy tan sumergida en mis pensamientos, repasando cada palabra que debo decir, que me sobresalto cuando siento un pequeño codazo del señor Brown. Levanto la mirada y noto que todos me están observando.

—Le repito, señorita Martínez: preséntese en el estrado, por favor.—Me levanto y camino hacia el estrado llevando conmigo la carpeta que he traído. Tomo asiento de forma erguida, tratando de calmar mi respiración agitada y mi nerviosismo.

—¿Jura solemnemente decir la verdad y nada más que la verdad?

—Lo juro.

—Señorita Martínez, ¿tiene usted alguna relación personal, más allá de ser una víctima del percance con el señor Brown?

La pregunta me toma por sorpresa. No esperaba que fuera la primera. El silencio se prolonga y todos esperan mi respuesta con atención.

—La respuesta es sí, Su Señoría —respondo con firmeza.
El murmullo estalla de inmediato. Nate aprieta la mandíbula, mirándome con furia antes de cerrar los ojos y negar con la cabeza, dándonos por perdidos.

—¡Ahí lo tienen! —exclama el abogado de la revista, poniéndose de pie y señalándome de forma acusatoria—. ¡La señorita ha admitido que mi cliente no ha mentido!

—¡Silencio! —ordena el juez golpeando el mazo. El estruendo hace que el murmullo se acalle de golpe—. Proceda a explicar su respuesta, señorita.

—Permítame aclararlo, Su Señoría. Mi relación con el señor Brown es personal porque, a diferencia de lo que ha publicado esa revista, yo soy la dueña de la cafetería. Sus mentiras han destrozado la tranquilidad de mi negocio, provocando que algunas personas me agredan verbalmente. Mi único interés es demostrar que han mentido en todo, y aquí tengo las pruebas.

Abro la carpeta y muestro los documentos: el título de propiedad del local, facturas de servicios y los recibos de pago del personal. Un silencio absoluto invade la sala. Nate me mira con una mezcla de enojo e incredulidad. Las chicas sonríen y Henry me observa con asombro y emoción; luego les susurra algo a mis amigas y comienzan a hablar entre ellos.

El juez ordena a un oficial que le entregue la carpeta. Comienza a hojear los documentos y el silencio se vuelve tan denso que puedo oír mi propia respiración. Tras unos segundos, el juez se ajusta las gafas.

—Dada la relevancia de estos documentos, este tribunal necesitará un momento para validar la autenticidad de las pruebas presentadas. Se declara un receso de quince minutos para luego volver y dictar la resolución final.

El juez sale de la sala y un gran murmullo estalla. El dueño de la revista y su abogado salen a toda prisa con caras largas. Me levanto del estrado y camino hacia la salida, adelantándome a Nate y a los demás. Una vez en el pasillo, veo a los demandados discutiendo alterados a lo lejos. Escucho mi nombre y me doy la vuelta para encarar al señor Brown. Está frente a mí, con el semblante completamente furioso.

—¿Qué demonios fue eso, Hanna? —sisea, acercándose tanto que puedo oler su perfume—. Te dijimos que te ciñeras al plan. ¿Desde cuándo tienes una carpeta con pruebas de propiedad? ¿Y por qué no nos habías dicho que eras la dueña y no una simple mesera?




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