Nate.
Cuando las palabras salen de su boca asegurando ser la dueña de la cafetería, me quedo de piedra. Sigo sentado a la mesa con la mente a mil por hora; jamás se me hubiera pasado por la cabeza que ella fuera la propietaria, siempre pensé que era una simple empleada.
Me pongo de pie de un salto, con la mandíbula tensa y los puños cerrados. Camino a pasos largos hacia el pasillo con la intención de enfrentarla y exigirle una explicación.
—¿Qué demonios ha sido eso, Hanna? —suelto en un siseo cuando me encuentro frente a ella—. Tenías que ceñirte al plan, eso fue lo que acordamos. ¿Desde cuándo tienes una carpeta con documentos de propiedad? ¿Y por qué no nos habías dicho que eres la dueña?
La miro fijamente esperando una disculpa, pero ella suelta una pequeña risa burlona, sosteniéndome la mirada con una seguridad que me descoloca.
—No se los dije porque nunca lo preguntaron —responde con seriedad—. Y no me ceñí a su plan porque decidí que ningún empresario prepotente ni una revista de chismes decidirían cuánto valen mi vida y mi cafetería. Además… agradece que no saqué a colación que me atropellaste por tu incompetencia al no seguir las reglas de tránsito.
Sus palabras me dejan asombrado. Caigo en la cuenta de que, a pesar de lo sucedido, ella no ha intentado culparme ante el juez ni sacar provecho. Abro la boca con intención de disculparme, pero antes de que logre decir una palabra, aparece Henry con una gran sonrisa felicitándola. Ella le devuelve el gesto con algo que más que una sonrisa parece una mueca, se disculpa y se aleja hacia donde están sus amigas.
Me quedo totalmente ido al verla caminar. Se ha vestido con un traje formal gris que se ajusta perfectamente a su cuerpo y, aunque no es para nada mi tipo de mujer, no puedo negar que se ve hermosa. Escucho que Henry me habla, pero no le presto atención al ver cómo el abogado defensor de la revista camina hacia Hanna. Algo en su postura llena de arrogancia no me gusta en lo absoluto.
A medida que se acerca, las chicas dejan de sonreír y el ambiente se vuelve pesado. Él se detiene frente a Hanna, demasiado cerca, y veo cómo mueve sus labios diciendo algo que borra la expresión de seguridad que ella tenía hace un momento.
Camino hacia ellos sintiendo una punzada de rabia en el pecho. Me posiciono detrás del abogado, logrando escuchar parte de la conversación. Las amigas de Hanna me ven y les hago una señal para que guarden silencio.
—Señorita Martínez, reconsidérelo. Mi cliente puede triplicar la cifra que le he mencionado si desiste en la petición de la disculpa pública —dice él.
Hanna niega con la cabeza y abre la boca para responder, pero me hago notar tomándola del brazo para colocarla detrás de mí. Ahora soy yo quien queda frente al hombre, haciendo que dé un paso atrás, sorprendido.
—Ya hemos dicho que no queremos su dinero y no vamos a cambiar de parecer —suelto con voz firme—. Me parece muy bajo de su parte venir a presionar a la señorita Martínez. Y lo que me pregunto es: ¿por qué no vino a decirme esto a mí? ¿ Y esperó a que ella estuviera lejos de nuestro abogado para hacer su oferta?
El hombre baja la mirada, asiente sin responder y se marcha. Henry se acerca rápidamente.
—¿Qué ha sucedido? —pregunta y niego con la cabeza, manteniendo el semblante serio mientras noto que él mira con insistencia hacia atrás de mí.
—Quieren que nos retractemos en la solicitud que le hemos hecho al juez de que tengan que pedir una disculpa pública —respondo logrando que ahora se vuelva a mirarme con su ceño fruncido.
Caminamos de vuelta a nuestros sitios mientras le cuento los detalles. Henry está sorprendido, aunque noto que, entre tanto lío, no deja de mirar a una de las amigas de Hanna. De pronto, el oficial anuncia que el receso ha terminado. Entramos en completo silencio; el juez ya está tras el estrado, mirándonos con solemnidad.
—Atención, este tribunal ha validado los documentos —comienza a hablar—. Quedan admitidas las pruebas presentadas por la señorita Martínez. Como lo han solicitado los demandantes, no habrá compensación económica, pero se exige a la revista «The Daily Dich» una rectificación pública y escrita en su próximo lanzamiento, admitiendo la falsedad de sus afirmaciones sobre la vida privada de los demandantes.
El juez sentencia golpeando el mazo. Suelto el aire que no sabía que estaba reteniendo. Miro al abogado y al dueño de la revista: están pálidos. Los murmullos estallan y escucho unos pequeños gritos de emoción de Henry y las amigas de Hanna, lo que me saca una pequeña sonrisa.
Miro a Hanna y ella me devuelve la mirada. Por primera vez me muestra una gran sonrisa cargada de superioridad, de esas que gritan un «te lo dije» sin necesidad de palabras; pero ver cómo sus mejillas se inflan de una forma tan adorable, hace que me resulte imposible tomarme en serio sus aires de grandeza logrando que le devuelva la sonrisa genuinamente.