Hora punta en la cafetería del campus. 17:30.
Me hundo un poco más en la silla de plástico naranja, con el portátil abierto sobre una mesa pegajosa que huele a café recalentado y cruasanes del día anterior. La pantalla muestra el temario de Derecho Procesal: un muro de texto sobre recursos y plazos que me provoca un bostezo antes de leer la primera línea. Afuera, la lluvia fina de octubre empapa los patios de la facultad, y el ruido de las conversaciones estudiantiles llena el aire como un zumbido constante.
Elián irrumpe por la puerta con su chaqueta de cuero chorreando, sacudiéndose el agua como un perro callejero. Lleva una bolsa de McDonald's en una mano y el móvil en la otra, reproduciendo a todo volumen una playlist de reggaetón que hace que varias cabezas se giren.
—Nyra, reina del suspense, ¿sigues viva o te ha engullido el PDF? —grita por encima del ruido, dejando caer la bolsa sobre la mesa y casi volcando mi café.
Levanto la vista, fingiendo indignación.
—Vacílame más y te meto el temario por el culo, Elián. Llevo tres horas aquí y solo he entendido que si no recurres en plazo, te jodes.
Él se ríe, esa risa escandalosa que suena como si estuviera en un concierto, y saca dos hamburguesas envueltas en papel grasiento.
—Tipico de nosotros. Tú con tus leyes y yo con mi moto averiada. Come, que pareces un zombie de exámenes. ¿Qué tal anoche? ¿Sobreviviste al documental de true crime sin llamarme a las tres para analizar el móvil del asesino?
Desenvuelvo la hamburguesa, mordiendo con ganas. El sabor a kétchup y cebolla frita me llena la boca.
—Dormí como una reina ¿Y tú? ¿Arreglaste lo de la cadena o sigues siendo un peligro público?
Elián se encoge de hombros, robándome una patata frita.
—Ni idea. La dejé en el taller esta mañana. El mecánico dijo "mañana listo", que es código para "paga el doble la semana que viene". Pero oye, ¿te acuerdas de la fiesta en casa de Marcos el sábado? Ese tío que se cree un peaky blinder...
Asiento, masticando.
—Sí, el que intentó ligar conmigo recitando artículo 1098 del Código Civil. Un poeta.
Los dos estallamos en carcajadas, y por un momento el temario desaparece. Hablamos de tonterías: el profesor de Penal que siempre llega tarde, la compañera que copia apuntes en TikTok, la crush de Elián que nunca le responde. Es lo de siempre, nuestra rutina de mierdas compartidas que hace que la facultad sea soportable.
20:15. Mi estudio.
Caminamos juntos hasta el bloque de apartamentos cutres donde vivo, un sitio con ascensor averiado y vecinos que gritan por las noches. Elián me acompaña hasta la puerta, como siempre.
—Mañana clase a las nueve, no me falles con el café —le digo, rebuscando las llaves.
—Imposible fallarte, abogada. Descansa, que mañana conquistamos el mundo. O al menos aprobamos el parcial.
Nos despedimos con un choque de puños ridículo, y entro en mi estudio diminuto: cocina americana con fregadero lleno, sofá hundido, escritorio improvisado con libros apilados. Dejo las llaves en el mueble de la entrada —tintineo metálico contra madera— y me quito la chaqueta mojada.
Paso por el salón camino a la ducha. Sobre la mesa del comedor, un jarrón con lirios blancos. El aroma es denso, casi fúnebre. Me paro en seco.
¿Lirios?
Odio los lirios. Me recuerdan al entierro de mi abuelo, el olor a hospital de cuando mi madre trabajaba turnos eternos. Me acerco, con el corazón palpitandome un poco más rápido. Veo una tarjeta blanca apoyada en el cristal, la letra es limpia y redondita.
Para recordarme que la belleza está en los detalles. No todo tiene que ser funcional, Nyra.
Es mi letra. La curva de la 'y', el trazo un poco tembloroso de la 'N'... soy yo. Pero mi memoria es un lienzo en blanco respecto a este momento. Intento visualizarme entrando en la floristería de la esquina, la que tiene los toldos verdes, pero no hay nada. Solo el vacío de las horas de estudio y el sabor del kétchup de la hamburguesa de Elián.
—Estás agotada, Nyra. Eso es todo —susurro para romper el silencio del piso.
Dejo la tarjeta sobre la mesa y, en un arrebato de rechazo, cojo el jarrón y lo meto en el armario de debajo del fregadero, junto a los productos de limpieza. No quiero verlos. No quiero que ese olor me siga por la casa.
Me meto en la ducha y dejo que el agua ardiendo me baje por la espalda. Mañana se lo diré a Elián.
Salgo de la ducha con la piel roja por el agua caliente, pero todavía siento ese escalofrío residual. Me pongo el pijama más viejo que tengo y me obligo a ignorar el armario del fregadero, donde los lirios están encerrados.
Me meto en la cama y el sonido de una sirena lejana, probablemente de alguna ambulancia hacia el hospital de Lewisham, me arrulla hasta que me quedo frita.