Rem-X

Capítulo 2

Mi estudio 7.30

El despertador suena de manera insufrible hasta que decido extender la mano y apagarlo.

Me siento en la cama y me quedo mirando el techo desconchado de mi habitación, intentando recordar qué soñé. Hay una sensación residual de humedad y algo metálico, como si hubiera estado masticando monedas, pero la imagen se escurre entre mis dedos en cuanto intento atraparla. Que rabia me da no recordar lo que sueño.

Me levanto y, al pasar por la cocina, evito mirar el armario bajo el fregadero. El olor de los lirios parece haber traspasado la madera; un aroma dulce y podrido que se mezcla con el de mi café instantáneo.

—Son solo exámenes, Nyra. Exámenes y falta de potasio —me digo, mientras guardo el Código Civil en la mochila.

8:40. Camino a la Facultad.

El aire de octubre en Londres es como una bofetada húmeda. Elián me espera en la esquina de siempre, apoyado en una farola y peleándose con un auricular que parece no querer entrar en su sitio. Lleva una sudadera tres tallas más grande y esa cara de "no he pegado ojo porque me he pasado la noche jugando al ordenador" que tanto le caracteriza.

—¡Abogada! —exclama en cuanto me ve, extendiendo los brazos—. Te he traído un café de la máquina del hall. Está malísimo, sabe a plástico quemado, pero es gratis porque la ranura de las monedas estaba atascada. Un triunfo del proletariado.

Me tiende el vaso de cartón y empezamos a caminar por la acera estrecha que lleva hacia el edificio de Derecho.

—Gracias, Elián. Lo necesito. Ayer... —dudo un segundo, pero necesito soltarlo— ayer pasó algo rarísimo.

Le cuento lo de los lirios. La nota. Mi letra. Elián me escucha mientras esquiva a un grupo de estudiantes de primero que caminan demasiado despacio, y su reacción es la esperada: una carcajada que espanta a un par de palomas.

—Nyra, tu estás delirando. Tu subconsciente te está traicionando. Seguro que los compraste tú en un "trance de estudio" y ahora tu cerebro los ha borrado para dejar sitio a los artículos del Código Penal. Es optimización de espacio.

—No es broma, Elián. Estaba mi letra en la tarjeta y te juro que yo no he escrito eso.

—No lo recordarás, pero ahí lo tienes. Caso cerrado. Si fueras una asesina en serie, te habrías pillado. Deja de rayarte, es tu propia letra, Nyra. Si fuera la de otra persona ahí si preocúpate, simplemente no te acordarás bien y ya.

Caminamos un par de minutos en silencio, mientras el campus empezaba a llenarse de gente. Al cruzar la calle frente al pub que hay justo antes de la entrada de la facultad, señalo el cartel del establecimiento.

—¿Te acuerdas de la que liamos ahí el mes pasado cuando el cartel era todavía rojo? Casi nos echan por tu culpa.

Elián se para en seco. Mira el cartel del pub —un letrero de madera envejecida con letras doradas— y luego me mira a mí con una mueca de confusión absoluta.

—¿Rojo? Nyra, ese cartel lleva siendo verde botella desde que entramos en la carrera. El dueño es irlandés, está obsesionado con el verde.

—Qué dices... —suelto una risa nerviosa—. Lo pintaron de rojo para la Eurocopa y se quedó así hasta la semana pasada, que lo volvieron a cambiar.

Elián me mira con una mezcla de lástima y diversión. Se acerca al cartel y le da un toquecito con los nudillos.

—Nyra, este verde tiene más capas de mugre que mis apuntes de Romano. No se ha pintado en décadas. Te lo juro por mi moto, que es lo único sagrado que tengo. Siempre ha sido verde.

—Elián, me acuerdo perfectamente. Estábamos aquí, llovía, y yo dije que el rojo del cartel combinaba con tu cara de borracho.

—Eso nunca pasó —dice él, volviendo a su tono vacilón, aunque me observa con más atención de la cuenta—. Creo que los apuntes de Administrativo te están haciendo ver visiones. O eso, o te has metido en un universo paralelo.

Él sigue caminando, haciendo una broma sobre si mi café llevaba algo de "suplemento mágico", pero yo me quedo un segundo más mirando el cartel verde. No es solo que el color sea distinto; es que mi recuerdo del rojo es tan vívido que me parece casi imposible estar equivocada.




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