Rem-X

Capítulo 3

Mi estudio. 23:47.

El cursor del portátil parpadea sobre la misma línea de Derecho Procesal desde hace por lo menos veinte minutos. El silencio del estudio solo está roto por el zumbido del frigorífico y algún coche perdido en la calle. Tengo las piernas encogidas sobre el sofá, el pijama viejo lleno de pelotillas y una manta que huele un poco a suavizante barato.

En la mesa baja, la taza de café se ha quedado fría. Ni siquiera recuerdo en qué momento he dejado de beber.

Cierro el portátil. Me arden los ojos y siento esa presión rara detrás de la frente que llevo arrastrando desde hace días. Me paso las manos por la cara, intentando despejarme.

El olor a lirios se cuela desde la cocina, tenue pero constante, como un hilo dulce que no termina de irse. No hace falta mirar el armario bajo el fregadero para saber que están ahí, encerrados con la lejía y el estropajo.

—Mañana los tiro a la mierda —murmuro, aunque sé que llevo diciendo “mañana” desde que aparecieron.

Me levanto del sofá y recojo la taza para llevarla al fregadero. Al pasar junto al armario, freno un segundo. Pongo la mano en el tirador, notando el frío del metal.

Decido no abrirlo.

La idea de ver el jarrón otra vez, las flores cada vez más mustias, me da una dentera que no sé explicar. Prefiero no comprobar en qué punto de pochas están.

Dejo la taza en el fregadero y la lleno de agua sin pensar. El ruido del grifo rompe un poco la tensión. Bebo un sorbo. El agua sabe normal, pero al final, en la lengua, hay un regustillo de metal viejo.

Apago la luz de la cocina y vuelvo al salón. El estudio se queda a media penumbra, iluminado solo por la lámpara del rincón y la luz naranja de la calle colándose por la cortina. El sofá me espera, hundido en el centro como si también estuviera cansado.

Cojo el móvil. Tengo un par de memes de Elián: uno de un esqueleto estudiando, otro de un chico llorando delante de un libro y el texto “yo cada vez que abro Penal”. Le contesto con una foto de mis apuntes llenos de fluorescente y el mensaje:

Si mañana no me presento, reclama mi cuerpo en la biblioteca.

Pienso en decirle lo de los lirios otra vez; escribo el mensaje, pero lo borro antes de enviarlo. Ya ha aguantado bastante chapa hoy.

Me meto en la cama con la sensación de tener la cabeza llena de algodón húmedo. Pongo el despertador a las 7:30, dejo el móvil en la mesilla y apago la luz.

La oscuridad del estudio no es total: se cuela un poco de luz de la calle, lo suficiente para dibujar el contorno del perchero, el rectángulo de la puerta, la sombra del marco del espejo. Todo donde debería estar.

Cierro los ojos.

Tardo más de lo normal en empezar a sentir que me duermo. Mi mente repite escenas como si fuese una lista de reproducción: Elián sacudiéndose la chaqueta en la cafetería, mi letra en la tarjeta, el cartel verde del pub superpuesto con el rojo de mi recuerdo. Una y otra vez, como si el cerebro estuviera intentando decidir qué versión creerse.

No sé en qué momento exacto me quedo dormida.

Hay lluvia. Eso es lo primero. Una lluvia muy fina, como la de esta tarde, pero suena más alto, como si estuviera cayendo sobre metal.

Estoy en la esquina de siempre, frente al pub. El cartel es rojo. Un rojo intenso, recién pintado, brillando bajo las farolas. Las letras doradas parecen húmedas. Elián está a mi lado, riéndose con una pinta en la mano.

—Te pega el color —le digo—. El rojo borracho.

Él se ríe más fuerte.

Parpadeo.

El cartel es verde. Verde botella. Elián sigue ahí, pero ahora tiene el casco de la moto en la mano y la sudadera empapada. No hay pinta.

—Eso nunca pasó, Nyra —dice, y su voz parece un poco más grave de lo normal, como si la estuviera escuchando a través de una pared.

Vuelvo a parpadear.

Rojo.

Verde.

Rojo.

Las dos versiones del cartel se pisan, una encima de la otra, como esas fotos mal impresas donde las figuras salen borrosas. Me duele la vista. El olor a cerveza vieja se mezcla con algo dulce, floral. Lirios.

Miro al suelo. Las baldosas de la acera están cubiertas de pétalos blancos mojados, pegados al cemento, aplastados por mis pasos.

Trago saliva. Me sabe a cobre.

Intento girarme hacia Elián para decirle algo, pero cuando lo miro de reojo, su cara no está del todo enfocada. Es él, pero los rasgos se me escapan, como si fuera un dibujo a medio borrar.

—Despierta, Nyra —dice otra voz, muy cerca, en mi oído. No es la suya. No sé de quién es.

El sabor metálico se hace tan fuerte que me dan arcadas.

Me incorporo en la cama de golpe, con el corazón disparado.

La habitación está a oscuras, salvo por la luz débil de la calle. El techo desconchado. El armario. La puerta del baño entornada. Todo en su sitio.

Respiro hondo. El sabor sigue ahí, pegado a la lengua, como si hubiera estado mordiéndome por dentro.

—Joder… putas pesadillas —susurro.

Busco el móvil a tientas. 4:12. Ni siquiera he llegado a la mitad de la noche. Genial.

Me tumbo otra vez, esta vez boca arriba, mirando la silueta del techo. Intento analizar el sueño como si fuera un caso práctico:

Hecho 1: sueño con el pub.
Hecho 2: en el sueño, el cartel cambia de color igual que en mi cabeza.
Hecho 3: Elián borroso y pétalos en el suelo.
Hecho 4: sabor a metal.

Conclusión: me estoy volviendo loca.

Me giro de lado, hacia la pared. Cierro los ojos, pero ahora estoy demasiado despierta por dentro. Escucho todos los ruidos del edificio amplificados: un golpe seco en el piso de arriba, una tubería que se queja, el clic lejano de un ascensor que nunca funciona en mi bloque.

Por un momento, juraría oír también un crujido en mi cocina. Madera, un mueble que se dilata, algo que cede muy despacio.

—Edificio viejo —me digo, apretando los dientes—. Es el edificio.




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