Centro de salud de la facultad. 11:15.
La sala de espera huele a desinfectante barato y a sudor. Hay una fila de sillas de plástico azul pegadas a la pared, un póster descolorido sobre “Gestión del estrés en época de exámenes” y una planta triste que debería haber muerto hace meses, pero sigue ahí por pura inercia.
Me siento con la mochila en las rodillas, el número de turno arrugado entre los dedos. En la tele pequeña del rincón ponen un canal de noticias sin sonido; unos subtítulos hablan de algo de política que ahora mismo me entra por un oido y me sale por el otro.
Elián está a mi lado, echado hacia atrás en la silla como si estuviera en el sofá de mi casa y no en un centro médico universitario. Juega con el móvil, pero cada poco levanta la vista para mirarme de reojo.
—Te juro que si te diagnostican “estar hasta el coño de la vida”, me apunto yo también —susurra.
—Cállate —respondo, pero se me escapa una sonrisa mínima.
Llaman un nombre. No es el mío. Una chica se levanta arrastrando los pies, con ojeras gemelas a las mías. La puerta blanca se abre y se cierra.
—¿Quieres que entre contigo? —pregunta Elián, bajando la voz.
—No hace falta. No voy a que me hagan una colonoscopia, es solo hablar.
—Por eso mismo, a veces es peor —bromea—. Pero bueno, si la tía se pone pesada, tú le sacas un artículo del Código y la demandas por aburrimiento.
Le doy un codazo suave.
La puerta se abre otra vez.
—Nyra Vale —dice una voz femenina desde dentro.
Me levanto. Las piernas me pesan un poco, pero avanzo igual. Dejo a Elián en la silla, levantando el pulgar a modo de ánimo.
La consulta es pequeña. Una mesa con ordenador, dos sillas delante, camilla en un lateral con papel de un solo uso, un mueble con cajones. En la pared, un póster con una ilustración del cerebro y otro con un esquema del ciclo del sueño. Me taladra la cabeza verlo.
La doctora está sentada frente al ordenador. Tendrá unos cuarenta y pico, coleta baja, gafas en la punta de la nariz y ojeras de ver demasiados alumnos hechos polvo. Levanta la vista y me sonríe, pero no es la sonrisa de anuncio, es una sonrisa cansada, real.
—Hola, Nyra. Siéntate, por favor.
Me siento en la silla, dejando la mochila en el suelo. Cruzo las manos sobre las rodillas para que no se note que me tiemblan un poco.
—¿Qué te trae por aquí? —pregunta ella, girando la pantalla un poco hacia un lado, como para que no me obsesione con lo que escribe.
—Pues… —me aclaro la garganta—. No duermo bien. O duermo, pero me levanto hecha mierda. Y… últimamente tengo como… lagunas. Confundo cosas que han pasado con cosas que creo que he soñado.
La doctora asiente, sin cara de sorpresa.
—Vamos por partes —dice, cogiendo el ratón—. ¿Cuánto tiempo llevas así?
—Unas semanas. Desde que empezó la temporada de parciales, más o menos.
—Vale. ¿Cuántas horas duermes de media?
—Intento siete. Otra cosa es que me sirvan de algo. Me despierto con la sensación de no haber descansado.
—¿Te cuesta conciliar el sueño o te despiertas mucho durante la noche?
—Las dos cosas. Me cuesta dormirme porque me pierdo pensando en mil cosas, y cuando al fin caigo, tengo sueños raros. Me despierto con el corazón a mil, o con… —dudo—. con sabores raros en la boca. Como a metal.
Eso hace que levante un poco las cejas, pero no de terror, sino de interés clínico.
—¿Sabores?
—Sí. Como si hubiera estado masticando una moneda. O un trozo de hierro. No sé. Y a veces tengo recuerdos muy nítidos de cosas que… luego la gente me dice que no han pasado así.
Pienso en el cartel rojo. En los lirios. Decido no entrar en detalles de floristerías y pubs por ahora.
—¿Has tenido mucha carga de estudio últimamente? —pregunta ella—. ¿Trabajas además de estudiar?
—Solo la carrera. Pero es Derecho —respondo, y ella asiente como si eso ya fuera un diagnóstico en sí mismo—. Paso muchas horas con el portátil, la biblioteca, los apuntes.
—¿Café, bebidas energéticas, cosas así?
—Café sí. Energéticas no, que me dan taquicardia.
—¿Alcohol?
—Alguna cerveza, nada exagerado.
La doctora teclea un poco más. Luego se gira de nuevo hacia mí, más de frente.
—¿Has tenido episodios de ansiedad antes? Ataques de pánico, sensación de ahogo, cosas así.
—No ataques como tal. Pero sí estoy más nerviosa de lo normal. Y me rayo mucho con todo, supongo.
—Te voy a tomar la tensión y a hacerte unas pruebas básicas, ¿vale?
Asiento. Me pone el manguito en el brazo, la máquina pita, suelta el aire.
—Alta —murmura—. Nada loco, pero más de lo ideal.
Me enfoca una linterna a los ojos, me pide que la siga con la mirada, me hace apretar sus manos.
Cuando vuelve a sentarse, suspira, pero no de misterio, sino de “esto lo he visto mil veces”.
—A ver, Nyra —empieza, hablando despacio—. Lo que me cuentas encaja bastante con un cuadro de insomnio por ansiedad. Cuando el cuerpo está en modo alerta durante mucho tiempo —exámenes, presión, estrés—, te cuesta entrar en la fase de sueño profundo, sobre todo en la fase REM.
Miro de reojo el póster del ciclo del sueño. REM. Las siglas me producen un escalofrío, pero me obligo a seguir escuchando.
—Cuando no descansas bien y no entras en REM como toca —continúa—, el cerebro empieza a mezclar cosas. Es su manera de intentar procesar lo que no le da tiempo a ordenar. A eso lo llamamos alucinaciones hipnagógicas o hipnopómpicas, según si son al quedarte dormida o al despertarte. Mezclas sueño y realidad, recuerdas cosas a medias, sientes sabores, olores, como si fueran “muy de verdad”.
—¿Y lo del sabor a metal?
—Muy típico cuando hay ansiedad fuerte —asiente—. Entre la liberación de adrenalina, el reflujo, la tensión muscular… muchas personas describen sabores raros, metálicos, como si se hubieran tragado una moneda.