Renacer

Capítulo 2 – Perderlo todo para verlo todo

Perderlo todo… qué expresión tan brutal, tan definitiva. Durante mucho tiempo me resistí a pronunciar esas palabras. Decía que había tenido un tropiezo, que estaba pasando una mala racha, que “ya iba a mejorar”. Era más fácil disfrazar la realidad que mirarla de frente. Pero tarde o temprano uno se queda sin máscaras.

Y yo me quedé sin nada.

El trabajo que me había dado estabilidad durante años desapareció de un día para otro, como si nunca hubiese existido. Una reunión breve, un par de frases frías, y la puerta de salida se cerró detrás de mí. No importaban los desvelos, los sacrificios, la lealtad que había entregado. En el mundo de las empresas, a veces vales hasta que dejas de ser útil, y entonces te conviertes en un número que se borra de una planilla.

Salí a la calle con un sobre en la mano y un nudo en la garganta. Afuera la ciudad seguía su rutina: bocinas, gente corriendo, niños saliendo de la escuela. Me pregunté si alguien podía notar que dentro de mí se había abierto un abismo. Nadie lo notó. Nadie nunca lo nota.

A esa pérdida le siguió otra aún más dolorosa: la persona en la que confiaba, la que pensé que caminaría a mi lado en las buenas y en las malas, decidió que ya no quería estar. Se fue. Así, sin explicaciones largas, sin darme la oportunidad de entender. Simplemente se fue, dejándome con la sensación de que yo no era suficiente.

Fue entonces cuando entendí algo que me costó meses asimilar: perder lo que más amamos no solo duele, también nos desnuda. Nos muestra quiénes somos de verdad, sin los títulos, sin los aplausos, sin los brazos que creíamos eternos. Y lo que vi en mí mismo no me gustó. Descubrí a un hombre vacío, que había depositado toda su identidad en lo que hacía y en quienes lo rodeaban. Cuando ellos se fueron, me quedé frente a un espejo que no devolvía nada.

Las pérdidas se acumulan como una avalancha. No es solo el trabajo o la pareja. Es el efecto dominó: se tambalea la economía, se apagan los sueños, se quiebra la confianza, se seca la esperanza. De pronto, lo que antes parecía sólido se revela como un espejismo. Y ahí estás tú, con las manos vacías, preguntándote cómo seguir adelante.

Pero fue precisamente en esa desnudez donde comencé a ver con claridad. Como si la vida hubiera decidido arrancarme de golpe todas las capas falsas para obligarme a mirar lo esencial.

Perderlo todo me mostró que mi valor no estaba en lo que poseía ni en lo que otros decían de mí. Me mostró que, por más que duela, hay cosas que simplemente no dependen de nuestro control. Y me obligó a preguntarme: si ya no soy “ese trabajo”, si ya no soy “esa relación”, si ya no soy “el que siempre sonríe”, ¿quién soy realmente?

No encontré la respuesta de inmediato. De hecho, al principio solo encontré más vacío. Pero ese vacío tenía un propósito: estaba haciendo espacio para lo nuevo.

En esos días, recordaba las palabras de una persona sabia que una vez me dijo: “Cuando la vida te quita algo, no es un castigo. Es una invitación a mirar lo que estabas ignorando”. Yo no lo entendí en ese momento, pero ahora esas palabras empezaban a cobrar sentido.

Porque perderlo todo no significa que todo se acabe. Significa que tienes la oportunidad de empezar de nuevo, desde un lugar más auténtico.

Sé que, si estás leyendo esto, probablemente estés en medio de tu propia pérdida. Quizás perdiste a alguien que amabas, quizás tu salud, tu estabilidad económica, o esa meta que parecía darle sentido a tu vida. Si es así, déjame decirte algo que aprendí en carne propia: no estás perdiendo todo, estás perdiendo lo que ya no corresponde a tu camino.

En ese momento no lo verás. Yo tampoco lo vi. Creí que la vida me estaba castigando, que estaba pagando un precio injusto. Pero con el tiempo entendí que lo que perdí fue, en realidad, lo que me estaba impidiendo descubrir quién era y hacia dónde podía ir.

Perderlo todo me enseñó a ver lo invisible: la fortaleza que nunca pensé tener, la fe que había olvidado, el amor propio que había descuidado. Todo eso estaba dentro de mí, esperando a ser despertado. Pero necesitaba un golpe fuerte para abrir los ojos.

Hoy, cuando miro hacia atrás, no agradezco la pérdida por el dolor que trajo, pero sí por la claridad que me regaló. Fue como limpiar un vidrio sucio: al principio me cegó la luz, me dolió, pero después descubrí un horizonte que nunca había notado.

Así es como funciona el renacer: empieza con un derrumbe, con la caída de todo lo que dabas por seguro. Y aunque parezca el final, es apenas el inicio de la reconstrucción más importante: la de ti mismo.




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