El silencio puede ser un refugio o una tortura. Todo depende del momento de tu vida en el que lo experimentes. Para mí, en aquella etapa oscura, el silencio era un enemigo implacable.
Durante el día, el ruido de la ciudad me distraía: autos, conversaciones, televisores encendidos en los bares, gente corriendo con prisa. Era como si ese bullicio externo me ayudara a no escuchar lo que pasaba dentro de mí. Pero cuando llegaba la noche y la casa quedaba en calma, la verdadera batalla comenzaba.
Me acostaba en la cama, apagaba la luz, y ahí estaba: un silencio pesado, espeso, que parecía tener vida propia. No era la ausencia de sonido, era un grito interior que se amplificaba cuanto más intentaba ignorarlo.
Ese silencio me recordaba todo lo que había perdido. Me lanzaba imágenes, recuerdos, reproches. Era como si una voz invisible me dijera: “Mira lo que eras y lo que eres ahora. ¿Valió la pena tanto esfuerzo? ¿De qué te sirvió confiar? ¿Qué sentido tiene seguir?”
No tenía respuestas. Y entonces el silencio se convertía en eco de mi propio vacío. Podía escuchar mis latidos acelerados, mi respiración entrecortada, hasta el crujido de los muebles en la oscuridad. Todo se volvía exagerado, como si el mundo me estuviera diciendo que estaba solo. Absolutamente solo.
Con el tiempo descubrí que no era el único. Muchas personas viven rodeadas de ruido, de pantallas, de conversaciones superficiales, precisamente para evitar enfrentarse a ese silencio. Porque el silencio nos muestra lo que tratamos de esconder: la tristeza, la culpa, la rabia, el miedo.
En mi caso, el silencio me obligó a ver heridas que había enterrado por años. Viejos recuerdos que nunca había sanado, promesas rotas que nunca había perdonado, palabras que nunca me animé a decir. Todo volvía en la oscuridad de la noche, amplificado, insoportable.
Al principio creí que enloquecería. Había noches en que me levantaba, encendía la televisión solo para escuchar voces ajenas, aunque no entendiera lo que decían. Otras veces ponía música fuerte, como si un par de acordes pudieran callar el estruendo interno. Pero nada funcionaba por mucho tiempo. El silencio siempre regresaba, más fuerte que antes.
Fue entonces cuando entendí que huir no servía de nada. Que la única manera de silenciar esa tormenta era escucharla. Y escucharme.
Esa fue una de las lecciones más duras de mi vida: el silencio no desaparece hasta que lo atraviesas.
Empecé con pasos pequeños. Una noche, en lugar de encender la televisión, decidí quedarme en la cama y simplemente respirar. Sentía el corazón golpear con fuerza, la ansiedad treparme por el pecho. Me costaba muchísimo, pero seguí. Poco a poco, ese silencio que antes me asfixiaba comenzó a mostrarme algo diferente.
Me mostró mi miedo al abandono. Me mostró que había vivido demasiado tiempo buscando la aprobación de los demás. Me mostró que nunca me había detenido a preguntarme qué quería yo, de verdad.
Dolía. Dolía como una herida recién abierta. Pero también, en ese dolor, había un extraño alivio: al fin estaba viendo la verdad.
El silencio, que antes parecía un castigo, se fue transformando en maestro. Aprendí que no hay crecimiento sin escucharnos, aunque lo que descubramos no nos guste. Aprendí que dentro de ese vacío hay respuestas que no encontraremos en ningún otro lugar.
Hoy lo sé: el silencio grita, pero no para destruirnos. Grita para despertarnos.
Si estás leyendo esto y también huyes de tus noches en calma, si buscas llenar cada minuto con distracciones para no enfrentar lo que sientes, quiero decirte algo que a mí me costó años aprender: no temas al silencio. Sí, te confrontará con tus heridas. Sí, al principio parecerá insoportable. Pero en ese mismo silencio está la llave de tu renacimiento.
Porque cuando aprendes a escuchar lo que duele, también aprendes a sanar. Y cuando sanas, el silencio deja de ser un grito y se convierte en paz.
Hoy, después de haberlo atravesado, agradezco esas noches interminables. Porque fue allí, en el silencio que grita, donde comencé a escuchar la voz más importante de todas: la mía.
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Editado: 29.11.2025