Hay momentos en la vida en los que parece que todo está en pausa, como si el tiempo avanzara para los demás pero no para ti. Yo vivía así: atrapado en un limbo entre lo que había perdido y lo que no sabía cómo construir.
Hasta que un día entendí algo: quedarse en ese lugar de parálisis también era una decisión. Y era una decisión que me estaba matando lentamente.
Ese día no hubo fuegos artificiales ni revelaciones místicas. No me desperté iluminado ni escuché voces desde el cielo. Simplemente, después de tantas noches en vela, me miré en el espejo y me cansé. Me cansé de llorar, de quejarme, de culpar a otros o a la vida. Me cansé de ser víctima de mi propia historia.
Y ahí comprendí: no podía cambiar lo que había pasado, pero sí podía decidir qué hacer con lo que me quedaba.
Ese fue el poder de una decisión.
Puede sonar simple, pero no lo es. Tomar la decisión de levantarse, aunque todo en ti grite que no tiene sentido, es uno de los actos más valientes que existen. Porque no se trata de tener fuerzas, sino de elegir moverte aunque no las tengas.
Recuerdo que lo primero que hice fue algo pequeño: salir a caminar. No tenía rumbo ni ganas, pero me puse los zapatos y salí. El aire frío en el rostro, el sonido de mis pasos en la vereda… parecía insignificante, pero en mi interior algo cambió. Era la primera vez, en mucho tiempo, que yo estaba eligiendo dar un paso, literal y simbólicamente.
Ese gesto mínimo me mostró que las grandes transformaciones no empiezan con acciones heroicas, sino con pequeñas decisiones sostenidas en el tiempo.
Decidir comer mejor en lugar de seguir castigando mi cuerpo. Decidir hablar con alguien de confianza en lugar de seguir guardando todo. Decidir leer un libro inspirador en lugar de hundirme en noticias negativas. Decidir levantarme de la cama aunque quisiera quedarme allí para siempre.
Cada decisión era un ladrillo en la reconstrucción de mi vida.
Con el tiempo descubrí algo maravilloso: cuando decides de verdad, la vida empieza a responder. Aparecen oportunidades que antes no veías, personas que te tienden la mano, ideas que parecían dormidas. No porque el mundo cambie mágicamente, sino porque tu mirada cambia.
Antes veía solo obstáculos; ahora empezaba a ver posibilidades. Antes me definía por lo que había perdido; ahora me enfocaba en lo que podía crear.
Eso es el poder de una decisión: no necesitas tener todo resuelto, no necesitas sentirte fuerte. Solo necesitas elegir, aquí y ahora, dar el primer paso.
Quizás pienses: ¿y si me equivoco? Te lo aseguro: más daño hace no decidir nunca que tomar un camino y aprender en el trayecto.
Yo me equivoqué muchas veces después de esa primera decisión. Tomé atajos que no llevaron a nada, confié en personas que no debí, caí en viejos hábitos que juraba haber dejado atrás. Pero cada error fue una lección, cada caída me enseñó a levantarme más rápido. Nada de eso hubiera sucedido si me hubiera quedado quieto, paralizado por el miedo.
Hoy lo sé: la vida se abre para quienes se atreven a elegir.
Si en este momento sientes que no puedes más, que tu dolor te supera, que nada tiene sentido, quiero decirte algo con todo mi corazón: no esperes a tenerlo todo claro. No esperes a sentirte listo. No esperes a que la herida deje de doler. Decide. Decide levantarte, aunque sea solo para dar un paso pequeño.
Ese paso será el comienzo de tu renacimiento.
Porque al final, lo que nos salva no es la suerte, ni el destino, ni la ayuda externa. Lo que nos salva es la fuerza interior que despertamos cuando, en medio del abismo, elegimos decir: aquí no termina mi historia.
Ese es el verdadero poder de una decisión.
#144 en Paranormal
#55 en Mística
#1742 en Otros
#31 en No ficción
autoayuda, motivacion, superacin personal amor propio reflexin
Editado: 29.11.2025