Uno de los errores más comunes que cometí en mi proceso de renacer fue creer que sanar significaba borrar el pasado. Pensaba que, si algún día lograba “superar” lo que había vivido, entonces las heridas desaparecerían y nunca más dolerían.
Pero la vida me enseñó otra cosa: sanar no es olvidar.
Las cicatrices siempre quedan. Y eso no es algo malo. Una cicatriz no es una marca de derrota, sino un testimonio de que sobreviviste.
Al principio me costaba aceptar esto. Me desesperaba pensar que siempre iba a recordar la traición, la pérdida, la soledad. Me decía: “Si sigo sintiendo dolor cuando lo recuerdo, entonces nunca voy a estar bien”.
Lo que no entendía era que el problema no estaba en recordar, sino en cómo recordaba.
Cuando recordaba con rabia, la herida sangraba de nuevo. Cuando recordaba con culpa, me condenaba. Cuando recordaba con tristeza, me hundía. Pero con el tiempo, y con un trabajo profundo de aceptación, empecé a recordar de una manera diferente.
Empecé a ver mi pasado no como un castigo, sino como un maestro.
La traición me enseñó a poner límites y a valorar la honestidad. La pérdida me enseñó a soltar lo que no depende de mí. La soledad me enseñó a conocerme de verdad. Cada golpe, aunque me partió en pedazos, me reveló una parte de mi fortaleza que no conocía.
Sanar fue aprender a mirar mis heridas sin que me definieran. Fue entender que podía sentir dolor y, aun así, seguir avanzando. Fue aceptar que lo que pasó no podía cambiarse, pero sí podía transformarme.
Hoy lo sé: sanar no es hacer que el recuerdo desaparezca, es lograr que el recuerdo ya no controle tu presente.
Es como caminar con una cicatriz en la piel: la ves, la tocas, sabes que está allí, pero ya no duele al rozarla. Te recuerda que hubo un momento de dolor, pero también que lo superaste.
En ese proceso aprendí que no hay que avergonzarse de nuestras heridas. Durante mucho tiempo escondí mi dolor, como si mostrarlo fuera señal de debilidad. Pero descubrí que compartirlo con quienes realmente saben escuchar es un acto de valentía.
La vulnerabilidad no nos hace menos fuertes; nos conecta con los demás. Porque todos, en algún momento, hemos cargado con cicatrices invisibles.
Si estás leyendo esto y tienes heridas abiertas, quiero decirte algo: no te obligues a olvidar. No pelees contra la memoria. En lugar de eso, aprende a darle un nuevo significado. Pregúntate: ¿qué me enseñó esta experiencia? ¿Qué descubrí de mí gracias a esto?
La respuesta no borrará el dolor, pero lo transformará.
Sanar no es olvidar, porque olvidar sería perder también lo aprendido. Y lo que aprendiste es lo que te hará más fuerte, más consciente, más humano.
Hoy abrazo mis cicatrices como parte de mi historia. No las muestro con orgullo vacío, sino con gratitud. Porque sin ellas no sería quien soy. Porque gracias a ellas entendí que incluso en lo más oscuro hay lecciones que nos preparan para la luz.
La herida no se va. El recuerdo no desaparece. Pero el poder que tenía sobre mí sí se disolvió. Y esa, créeme, es una de las mayores libertades que se pueden alcanzar.
Sanar no es olvidar. Sanar es recordar sin dolor.
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Editado: 29.11.2025