Renacer

Capítulo 9 – La fe en medio del abismo

Cuando la vida se quiebra, lo primero que suele tambalear es la fe. No hablo solo de la fe religiosa, sino de esa confianza básica en que las cosas, de alguna manera, tienen sentido. En mi caso, hubo noches en que dudé de todo: de Dios, de mí mismo, del futuro, incluso de la vida misma.

Recuerdo mirar el techo a oscuras y sentir un vacío insoportable. Me preguntaba: ¿para qué seguir? ¿De qué sirve luchar si todo se desmorona una y otra vez?

Ese abismo interior me hacía creer que la fe era una ilusión ingenua. Pero lo que descubrí con el tiempo es que la fe no es una certeza absoluta; es una decisión.

La fe no significa tener todas las respuestas. Significa elegir creer aun cuando no las tienes. Significa dar un paso en la oscuridad confiando en que el suelo estará allí para sostenerte.

Un día, cansado de mis propias preguntas, me animé a orar de la forma más sincera que pude. No recé con frases elaboradas ni fórmulas aprendidas; simplemente dije: “Dios, si estás ahí, dame una señal de que no estoy solo”.

Y aunque no cayó un rayo del cielo ni escuché una voz poderosa, sentí una calma suave, como un susurro en el corazón que me decía: “aún hay camino”. Fue una experiencia sencilla, pero suficiente para darme un poco de fuerza.

Desde entonces, entendí que la fe no siempre se manifiesta en grandes milagros, sino en pequeños gestos que nos recuerdan que la vida sigue hablándonos. Puede ser una palabra oportuna, una canción que llega en el momento justo, una persona que aparece inesperadamente, un amanecer después de una noche interminable.

La fe me enseñó a resistir cuando la lógica decía que todo estaba perdido. Me sostuvo cuando no tenía fuerzas propias. Fue como un hilo invisible que me mantenía en pie en medio del caos.

Con el tiempo, también comprendí que la fe es como un músculo: se fortalece con el uso. Al principio cuesta, porque la mente llena de dudas grita más fuerte. Pero mientras más eliges confiar, aunque sea un poco cada día, más fácil se vuelve escuchar esa voz interior que te dice: no te rindas.

Sé que tal vez en este momento la palabra “fe” te incomoda o te parece inalcanzable. Yo estuve allí. Lo único que puedo decirte es que no necesitas una fe perfecta, basta con una fe pequeña, del tamaño de una chispa. Esa chispa, con el tiempo, puede encender una hoguera.

La fe en medio del abismo no borra el dolor, pero te recuerda que no eres solo tu dolor. Te abre la posibilidad de un mañana diferente, incluso cuando el presente es insoportable.

Hoy, cuando vuelvo a mirar mis momentos más oscuros, reconozco que no salí de ellos solo con mis fuerzas. Hubo algo más grande que me sostuvo, una fuerza que no siempre puedo explicar con palabras, pero que sé que estuvo allí.

Y cada vez que la vida vuelve a desafiarme, me aferro a esa certeza: aun en el abismo, hay un hilo invisible que me conecta con la vida, con Dios, con la esperanza.

La fe no es la ausencia de dudas. Es la decisión de seguir adelante a pesar de ellas.

Y ese simple acto de confiar, aunque tiemble tu corazón, es el inicio de un renacer más profundo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.