Renacer

I - DOS ALMAS

Las gotas de lluvia repiqueteaban en la ventana, las flamas de las velas iluminaban la estancia; de pronto, una emoción de inquietud ensombreció el aire.

—Es demasiado peligroso, majestad. Hemos ocultado el secreto desde hace años; hacer una búsqueda por una visión alertará a todo el continente —el consejero daba vueltas en la habitación, nervioso—. Lo pondría en peligro a usted también, además, no pongo en duda sus habilidades, mi señor, pero… —titubea—, no ha tenido una visión desde hace años, pudo solo haber sido un sueño muy vívido.

—No fue un sueño vívido. Estoy seguro de lo que vi —el monarca se despojó de su pesada capa—. Si tenemos éxito en la búsqueda, podremos regenerarlo y devolverle el aspecto que debió mantener. Con ese éxito, estaríamos en armonía de nuevo.

—Sí, pero su padre…

—Ese hombre fue un egoísta —interrumpió con brusquedad—. Es tiempo de cambiar las cosas, todo el continente está dividido. Hay que remediarlo.

—Casi todo el continente le pertenece a usted, los únicos reinos desvinculados de la soberanía Karnak son los Daarak y los elementales al otro lado del río.

—Entonces tendremos que hacer una alianza.

—¿Cómo planea hacer una alianza con unos pueblos que tienen más de tres décadas en guerra con su territorio? Su padre les declaró la guerra a los Daarak y a los elementales —el consejero tomó una bocanada de aire—. Los elementales son prácticamente salvajes y el rey de Dayr es un obstinado vengativo.

—Hiram es ambicioso. Solo debemos ofrecerle algo valioso y lo tendremos de aliado. Mi padre tuvo el juicio nublado demasiado tiempo, por una tontería.

—Hiram es un obstinado, majestad, su padre ha intentado invadir su territorio y hasta nos culpa de la muerte de su esposa. Recordemos que su padre, que en paz descanse, orquestó un ataque donde la mujer y su hija resultaron afectadas; la chica sobrevivió, pero su madre no corrió con la misma suerte.

—Esas fueron acciones suyas, no mías.

—Está jugando con fuego, mi señor —advirtió el consejero.

—Ya estoy acostumbrado —el monarca sonríe—. Y lo disfruto demasiado.




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