Renacer

II - AZIZA

—Una vez más, princesa, debe canalizar el poder y soltarlo cuando esté lista.

—Lo intento, Jamal —suspiro con frustración.

Lo intento una vez más y empiezo a sentir que el calor me recorre todo el cuerpo. La línea de fuego se desplaza desde la punta de los dedos de mis pies y sube hasta la punta de los dedos de mis manos. Siento el poder condensado y lo contengo unos segundos; acto seguido, suelto tres bolas de fuego que dan justo en el blanco improvisado que fabricó Jamal con los troncos de algunos árboles.

Los troncos empiezan a incendiarse, giro de inmediato y siento la fluidez del agua subiendo por mi cuerpo y suelto una línea de agua que apaga las llamas. Tomo un respiro y alzo ambas manos para levantar una ráfaga de aire que logro elevar; luego ordeno que empiece a girar hasta convertirlo en un huracán de pequeñas dimensiones. Cierro los ojos y llamo al cielo, mientras escucho unos rayos crepitar y comienzo a canalizar los elementos para unificar todo. Un relámpago estalla y, antes de que se estrelle en el suelo, lo controlo para dirigirlo al blanco, que se rompe en pedazos en el instante en que el relámpago lo toca.

Bajo los brazos poco a poco, disipando el huracán y las nubes grises formadas en el cielo. Noto mi respiración pesada y mis brazos agarrotados, los dedos me cosquillean y mi corazón se agita desbocado.

—Impresionante, ya domina los elementos y el clima —Jamal me mira orgulloso—. Debemos parar, seguir entrenando es un riesgo, puede desgastarse.

—Pero todavía podemos practicar, aún hay buena luz del día.

—Estamos lejos, princesa, debemos volver o sospecharán.

—Tienes razón. Vamos —frunzo los labios y suspiro.

Moví un poco los hombros para relajarme, extrañamente me sentía tensa. Di media vuelta, a unos pasos estaban mi yegua y el caballo de mi acompañante. De pronto ambos empiezan a relinchar, y sus cascos golpean el suelo.

—Princesa, no haga eso —escucho a Jamal preocupado detrás de mí.

—¿Hacer qué? —lo miro extrañada—. No estoy haciendo nada, Jamal.

—El clima —mira al cielo y yo sigo su mirada. En el acto noto que está gris, muy gris—. Lo que sea que esté intentando, no lo haga.

—Por los dioses. ¡No estoy haciendo nada! —exclamo y el movimiento de mi mano levanta una fugaz ráfaga de viento.

Un relámpago suena y se estrella cerca de nosotros y me pongo alerta. Vuelvo a mirar el cielo y las nubes forman una especie de remolino relampagueante. Nunca había visto algo así, ni siquiera cuando hago los cambios drásticos en el clima durante los entrenamientos.

—Hacía siglos que no veía esto… —Jamal farfulla palabras que no logro entender—. ¡Debemos irnos ahora!

Sigo observando el cielo cuando toma mi brazo y me hace correr hacia los caballos. Los montamos de un salto y estos empiezan a correr. Siento que el bosque nos cierra el camino de regreso, pero Jamal, con un sutil gesto de sus dedos, lo despeja.

Jamal puede controlar la Tierra, en sus años como guardia ha aprendido a canalizar otros elementos como el Agua y el Fuego. Él es originario de Alepia, una de las fronteras y civilizaciones principales de los elementales, estos son seres inmortales como nosotros que pueden manejar los cuatro elementos: Agua, Aire, Fuego y Tierra.

Jamal continúa limpiando la senda al tiempo que nos desplazamos por el bosque hasta llegar al claro que limita con la comarca. Los caballos relinchan, agradecidos, por dejar el bosque atrás y correr con facilidad a casa. A los minutos logro visualizar las torres del castillo, estamos cerca.

«¿Qué era eso en el cielo? ¿Canalicé sin saberlo? No, no. Eso sería imposible a menos que…».

—¡Cuidado! —Jamal me alerta y mi yegua se encabrita, me aferro a las bridas para no caer. Jamal levanta la tierra cubierta de pasto marchito, logrando estabilizar nuestro camino.

«Espera. ¿Marchito? El claro siempre ha permanecido de un verde vibrante y ahora…»

—¿Qué está pasando? —suelto mientras aminoro el galope de la yegua—. ¿Estás viendo?

—Sí, princesa.

El claro que hace unas horas era verde y lleno de flores de diversos colores. Ahora estaba seco, marchito, gris y agrietado. «¿Qué está pasando? Me pregunté de nuevo, primero el cielo y ahora esto».

Desmonto de mi yegua y, al pisar el suelo, el pasto se quiebra bajo las suelas de mis zapatos. Muevo una mano para intentar hacer que reverdezca. Nada.

—No puedo hacer que se regenere, Jamal —la voz me tiembla y un sabor agrio me inunda la boca.

—Esto es raro —afirma—, intente canalizar los cuatro elementos.

—Pero dijiste…

—Sé lo que dije. Hágalo.

Abro la boca para replicar, pero al final no lo hago.

Cierro los ojos y me concentro para ejecutar la orden. Primero siento el fluir del agua bordeándome por la izquierda y el suave ardor del fuego por la derecha, una suave brisa sacude mi cabello y unifico ambos elementos en un pequeño remolino.

—Lo está haciendo muy bien, princesa. Ahora fusione todo y dispérselo en una suave llovizna, mientras sacude la tierra.




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