Renacer

III - ALIANZA DE TRONOS

Dejé a mi yegua con un palafrenero que nos esperaba en el patio y entré rápidamente al castillo. En cuanto entro al vestíbulo, mi doncella me recibe con una expresión alterada.

—Princesa, su majestad la está buscando —me comunica con manos temblorosas, al tiempo que me quita la capa—, y no está con el mejor de los ánimos.

—Dime cuándo lo está —solté, intentando alivianar el ambiente, y en el acto me dirijo a la sala del trono. Mis pasos resuenan en la estancia, un mal presagio me invade. «Eso es malo, muy malo». Al cruzar las grandes puertas del salón del trono, mi corazón se aceleró aún más. Los guardias apostados a ambos lados de la puerta me dedicaron reverencia y abrieron las puertas para que yo pasara.

Al entrar, veo a mi padre sentado en el trono tallado de oro y piedras preciosas, tenía el entrecejo pronunciado y daba ligeros golpeteos con los dedos en el reposabrazos. A su lado, mi hermano está de pie con los brazos cruzados, al verme, se tensa y su mirada se oscurece.

—¿Me llamabas, padre? —me detengo frente a él.

—No te di permiso para hablar —su voz truena en la estancia—. Tampoco recuerdo haberte otorgado permiso de salir del castillo, niña insolente.

Abro la boca, pero de inmediato la vuelvo a cerrar, no es prudente responderle.

—A partir de ahora tienes prohibido salir del castillo. Tus escapadas, para lo que llamas entrenar, están prohibidas también, es una pérdida de tiempo.

—Pero, padre…

—¡Silencio! No te di permiso de interrumpirme —sentencia—. Eres una pérdida de tiempo, no sirves más que para servirle a un esposo.

Aprieto los labios y hago una profunda inhalación.

—Mañana tendremos unos invitados, espero que te comportes como una dama —anuncia mientras se acomoda la pesada corona en su cabeza—. Seguirás el protocolo correctamente, te quedarás callada y ni se te ocurra salir con tus tonterías.

—Si te preocupa mi presencia, no tengo problemas en quedarme en mis aposentos, padre —aprieto mis labios y cierro mis puños en un gesto nervioso.

—Es lo que más quiero, verte me repugna —su gesto de asco es evidente—. Pero, lamentablemente, debes estar presente, servirás para algo después de todo.

—No entiendo. Si soy una molestia para ti, no tengo ningún problema en estar encerrada en mi habitación. No hay necesidad de hacer todo este espectáculo sin sentido.

Veo cómo se levanta, y en menos de un segundo siento los estragos del golpe picando mi piel.

—Niña insolente —escupe en mi cara.

Siento mi mejilla arder, me pican la punta de los dedos de la mano.

—Padre, creo que deberías… —balbucea mi hermano.

—Tú no te metas, Ali. Tu hermana necesita modales, y si no los aprendió por las buenas, lo hará por las malas —su mano toma mi rostro y la presión me lastima. No espero más e intento apartar sus dedos que queman. Veo un gesto de dolor en su rostro y me suelta de golpe; le he quemado—. ¿Te atreves a usar tus poderes conmigo?

En ese momento siento que mi piel arde, suelto un grito de dolor. Me invade la sensación de un incendio dentro de mí. La sangre se me convierte en un magma hirviente que me carboniza los huesos. Grito cuando una fuerza me obliga a ponerme de rodillas.

—Padre, esto está sobrepasando la situación, si la lastimas, no podrás continuar con tu cometido.

El ardor se va disipando poco a poco y logro respirar. Escucho cómo gruñe de frustración.

—Mañana vendrá el nuevo soberano de Hamman. Firmaremos un tratado de paz entre las naciones —anuncia mientras se gira indiferente para sentarse nuevamente en el trono.

Me levanto con las rodillas temblorosas y la respiración agitada.

—Sigo sin entender. ¿Qué tengo que ver con los tratados políticos? —jadeo, intentando estabilizar mi respiración.

—El nuevo soberano está dispuesto a negociar y, como soy tan brillante, para asegurarme de que el hijo bastardo de un insolente no me engañe, puedo usar a mi insolente hija, que por fin puede servir para algo.

—¿Qué? —jadeé y temí lo peor.

—Te casarás con el rey Karim en una semana —sonríe como si no acabara de ofrecer a su hija a los lobos.




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