Renacer

IV - REMINISICENCIAS

Aziza

La realidad me deja paralizada. ¿Casarme con el hijo de alguien que estuvo décadas atacando a mi pueblo? ¿Casarme con el hijo de quien orquestó un ataque donde mi madre murió y estuvo a punto de aniquilarme a mí también? ¿Casarme con el hijo de alguien que sometió a la nación entera por pura ambición y poder? Mis hombros están a punto de fracturarse por la presión que siento y mi cabeza da vueltas.

«Grita… hazlo», me ordena una voz distorsionada que resuena en mi mente, pero que no logro identificar.

—No puedes decirlo en serio, padre. ¡Asesinaron a mamá! —me arden los ojos, pero me niego a llorar.

—Lo harás y no quiero seguir escuchando quejas —su mano impacta con el reposabrazos y el estallido me irrita los oídos.

—¿¡Estás escuchando, al menos, hermano!? ¡Mataron a nuestra madre y tú estás allí parado y no haces nada! —grito, llena de furia.

«Eso, pelea. Quieres hacerlo, vamos, ¡pelea!».

—No puedo objetar en una situación que nos podría favorecer, Aziza —se encoge de hombros—. Sería lo mejor, nuestro pueblo ya ha sufrido muchos ataques.

—¡Asesinaron a nuestra madre! —siento que mi pecho arde de la frustración.

—Fue el difunto rey Masen quien lo hizo. Nos sorprendió cuando recibimos la carta de audiencia de Karim —explicó—. Ya es pasado, Aziza.

—¿Son capaces de olvidar todo el daño que nos hicieron solo por un poco de poder? —la amargura de su descaro me invadió el paladar.

—Cállate. ¿Qué sabrás tú de cómo gobernar una nación? —mi padre hizo un gesto de burla—. Fuera de mi vista.

—¡No quieres gobernar la nación! ¡Quieres venganza y me usarás como un pedazo de carnada! —todo en mí arde. Siento la corriente de poder en mis brazos y, sin poder controlarlo, suelto una ráfaga de fuego directo contra mi padre, que lo bloquea con un insignificante movimiento de dedos.

La furia centellea en sus ojos, y una fuerza descomunal me postra ante él. Grito del dolor ante un ardor en todo el cuerpo que me hace desfallecer.

—La próxima vez que intentes algo como eso, acompañarás a tu madre en su tumba —escupe con desprecio—. Llévensela y enciérrenla en sus aposentos.

La furia y el dolor no me abandonaron cuando dos guardias me arrastraban por las escaleras para conducirme a mis aposentos. Al llegar, abrieron la puerta y me soltaron, trastabillé, pero logré recuperar el equilibrio. Una vez dentro de la habitación, cerraron las puertas y escuché el seguro. Me encerraron.

¿Cómo pueden aceptar ese Tratado como si nuestra madre no importara? ¿Qué haría mamá en estas circunstancias? ¿Lo permitiría? ¿Permitiría que me casaran como si mi vida no importara?, me pregunto sin moverme, con la mirada fija en la puerta cerrada.

Minutos después me recuesto en la cama y cierro los ojos; las lágrimas no tardan en llegar y suelto todo. Frustración, dolor, tristeza e inquietud forman un vórtice en mi interior y su potencia me lacera. Giro y me acurruco en la cama, sin siquiera darme cuenta, caigo en un sueño intranquilo.

***

Humo y oscuridad me recibieron con los brazos abiertos. Estoy en un salón de paredes color burdeos. En los extremos de las columnas cuelgan estandartes del mismo color con detalles dorados y un fénix en el centro. No lo reconocí.

El olor a quemado inunda mis fosas nasales. No estoy en mi habitación. El entorno no era más que humo y fuego en todas partes, escuchaba gritos y alaridos de agonía. ¿Qué ocurre?

—¡Layla! —gritan con nerviosismo y miedo.

«Esa voz… la conozco».

—Aquí… —la voz de la mujer suena débil—. No… no… puedo.

Jadea y le cuesta respirar, la veo tendida en el suelo. Observo una herida que no logro identificar cómo se la hicieron, me acerco a ayudarla. No obstante, al tocarla, mis manos traspasan su piel, como si fuera una ilusión óptica. No puedo tocarla. No me ve. ¿Qué clase de sueño es este?

Escucho el crujir de la madera y, en un segundo, un hombre carga en brazos a la mujer. Avanza zigzagueando para no quemarse, de sus manos brotan hilos de agua que ayudan a liberarle el camino, sin perder más tiempo. Los sigo fuera de la habitación. Mis pies rozan el suelo; me deslizo a su lado, invisible.

—Resiste, por favor, resiste —suplica el hombre entre murmullos, desesperados.

—Ti…tienes que sacarlos de aquí a ambos. Y ella… —le cuesta hablar, su mirada se pierde entre el humo y la oscuridad.

—Ya están a salvo, pero debo sacarte de aquí. Te necesito conmigo, cariño. Solo aguanta un poco más, por nosotros, por favor —pesadas lágrimas se deslizan por su rostro y se pierden en su barba apenas salpicada de algunas hebras plateadas; veo su rostro borroso.

—Vete —suelta apenas audible la mujer—. Ella te necesitará.

—¡No voy a dejarte aquí! —grita—. Vienes conmigo o moriré contigo.

—No hay tiempo, moriré. Usaron una daga de hierro y sauce —musita, refiriéndose a su herida.

—No.

—Vete, vete. Hazlo por nuestros hijos, por favor.




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