Aziza
Unos toques en la puerta me despiertan del sueño profundo. Abro los ojos, desorientada, miro a mi alrededor, aún es oscuro, debe ser plena madrugada. Me estiro y logro ponerme de pie y caminar a la puerta, sigue cerrada.
—La puerta sigue cerrada —digo con la voz rasposa.
—Princesa —la voz de Jamal—, alístese, buscaré las llaves.
No digo nada y arrastro mis pies hasta el vestidor, me deshago del camisón y lo sustituyo por mi chaqueta y mis pantalones de entrenamiento, ambos hechos de cuero. Me pongo las botas y me ato el cabello en una coleta alta, me estoy enganchando la capa cuando unos ligeros toques vuelven a sonar. Me acerco y logro abrirla, Jamal me espera tras ella.
—Vamos.
—Papá me prohibió salir del castillo —musité cerrando la puerta tras de mí.
—Esa es la cuestión, princesa. No saldremos del castillo—, una sonrisa cómplice se asomó en su rostro.
—¿Cómo? —frunzo el ceño— ¿no vamos a entrenar?
—Hoy será un entrenamiento diferente. Vamos.
Empezamos a caminar, bajamos las escaleras y cruzamos el pasillo que conecta con la biblioteca del palacio, Jamal me deja pasar primero. Una vez que estamos adentro, cierra la puerta y comenzamos a recorrer los diversos pasillos con siglos de historia de nuestra tierra, llenos de acontecimientos. Jamal se desplaza con fluidez y nos alejamos entrando en un oscuro pasaje.
—¿Vamos a escribir algún pergamino de historia o algo así? —bromeé cuando choqué con su espalda, al detenerse ante una puerta que no recuerdo haber visto antes.
—Algo así —musita mientras abre la puerta—, pero no cualquier historia.
Chasquea los dedos y las antorchas se encienden en menos de un segundo, toda la estancia se ilumina y puedo ver las estanterías llenas de polvo y telarañas; nadie había pisado este lugar en siglos.
—¿Dónde estamos?
Inspecciono mi alrededor y puedo ver al final un gran escritorio con pergaminos y frascos de tinta que, supongo, deben de estar secos; además de plumas con punta muy gastada y libros apilados llenos de polvo. Hay cuatro filas de estanterías ordenadas de manera alfabética. Jamal se adentra por un pasillo y saca varios libros que deja en el escritorio, luego regresa y toma unos pergaminos con el sello de cera desprendido.
—Este lugar era de su madre, aquí se la pasaba la mayor parte del tiempo—, dice con nostalgia—. Su padre no le permitía interceder en su forma de gobernar la nación, sé que no la recuerda mucho, pero era como usted; tiene su gentileza y su fuerza, es como ella —sonríe débilmente con nostalgia.
—¿Estos libros y pergaminos eran de ella?
—Todos y cada uno de ellos —Jamal toma un libro y lo abre—. Ella estaba segura de que la mejor forma de gobernar era conocer cada una de sus raíces e inicios.
—Pero ya conozco la historia, Jamal…
—No toda la historia —me interrumpió—. Hubo más, mucho tiempo antes de la invasión y soberanía Karnak.
—¿Qué?
—Sí —tomó una bocanada de aire antes de proseguir—. Hace muchos siglos, el territorio estaba dividido, pero todos le servían a una Corona.
—¿Cómo así?
—Antes, los elementales tenían su propio territorio, al igual que los alquimistas, portadores, curanderos y sanadores y los daematis. Todos estaban en distintas regiones del territorio, pero seguían a la Corona de los Absolutos. Eran fantásticos; hicieron muchas maravillas, gobernaban en armonía, tenían el balance perfecto.
—¿Eran? ¿Qué les pasó? —nunca había escuchado nada de ellos, muchas dudas brotaron en mi cabeza.
—Los Absolutos eran unos inmortales poco comunes. Tenían un flujo de descendientes escaso, pues el poder que albergaban era demasiado, muchas madres fallecieron con sus hijos aun antes de nacer. Muchos bebés en el vientre de sus madres no controlaban sus habilidades, en los casos más ligeros, las quemaban, otras veces les dañaban la mente; pocos descendientes sobrevivieron —hizo una pausa y señaló el libro, mostraba a una pareja y a una niña.
»Ellos fueron los últimos; la reina Haifa Atwan, el rey Walid Assawad y la princesa Layla —los señala a cada uno—. Hubo otra generación antes de esta, pero esos registros desaparecieron, tu madre pasó años buscándolos, pero jamás los encontró».
—¿Y todos murieron? —observo el dibujo, el rey sostenía a la princesa en brazos y esta lo abrazaba, luego su madre, la reina, los abrazaba a ambos.
—Sí, los reyes murieron cuando estaban a punto de gobernar un séptimo siglo, los grandes poderes conllevan responsabilidades enormes. Luego, la princesa para ese tiempo ya estaba casada con un joven rico de buena familia, Zaid Auad, y al morir sus padres, la única heredera al trono era ella, así que, con su esposo, tomó el poder.
—Pasaron dos siglos, ambos gobernaban en armonía —sigue—, como le comenté, engendrar un hijo es complicado, según esto, tuvo varios abortos. Su esposo buscaba con desesperación un heredero; así que la engañó, tuvo un hijo con una de sus doncellas. La princesa cayó en una tristeza profunda al enterarse, pero terminó criando al bebé que Zaid tuvo con la sirvienta. A los años, Zaid fue a las fronteras, estaban empezando las disputas entre los habitantes, muchos ya no querían seguir a un líder. Así que fue a intentar calmar los levantamientos de rebeldía, ¿adivine quién fue uno de los líderes de ese movimiento?