Renacer

VII - ENCUENTRO

Aziza

Tengo el corazón desbocado, los nervios me invaden desde la punta de los dedos de mis pies hasta la última hebra de mi cabello. No me sorprendería ver mañana su ejército desplegado en cada rincón de Dayr. Le he lanzado una bola de fuego a un sanguinario soberano que ha seguido los pasos de su padre.

Mi hermano charla con él mientras caminan delante de mí, mi cabeza es un torbellino de pensamientos, y al cerrar los ojos veo hilos enredados en mi mente. Camino despacio al sentir un mareo, siento que mi cabeza pesa y una neblina densa me nubla cada pensamiento.

«Respira, respira», me digo a mí misma.

Escucho un murmullo y una risita, sacudo la cabeza y continúo caminando; froto mis brazos, que de pronto los siento fríos. Suelto un suspiro y veo cómo ambos charlan con naturalidad. ¿Se le olvidó todo lo que su padre nos hizo y lo que sigue haciendo? Veo a sus hombres moviéndose libremente por nuestra propiedad, y en respuesta mi cuerpo se tensa.

Qué raro…

Al llegar a la puerta principal, Ali lo invita a pasar primero y luego a mí. Mi hermano pasó por mi lado y continuó la conversación con él hasta llegar al comedor, allí nos esperaba mi padre saboreando una copa de vino con gesto arrogante.

—Vaya, ¿disfrutaron el paseo? —dice con tranquilidad, «vaya hipócrita»—. Ya van a servir la comida, tomen asiento.

Ali le indica al invitado que tome asiento al lado de mi padre, que se encuentra en la cabecera del gran comedor. Todos toman asiento y yo soy la última en hacerlo, dejo una silla de separación con mi hermano y lo único que hago es mantener mi vista en el plato vacío. Luego, escucho el sonido de la campana, indicándole al servicio que empiece a servir la mesa.

A los minutos la mesa ya se encontraba llena: lomo de res, arroz con frutos secos, ensaladas, cremas y distintos platos con frutas picadas, uvas y cerezas. La mesa está repleta de todo tipo de manjares y dulces. Inevitablemente, cierro los puños.

—¿No comes, Aziza? —la voz de mi padre me saca del trance y me lanza una advertencia con un gesto que me hace arder la piel.

—No.

—Deberías comer algo —la voz de Karim hace estragos en mi piel.

—No tengo hambre —digo sin más.

«Mentirosa».

Esa voz, otra vez, parpadeo. Ya debo de estar enloqueciendo.

—Deben de ser los nervios por la boda. Quizás solo está haciendo una de esas cosas que hacen las mujeres para verse bien con los vestidos —soltó mi padre con cinismo.

—Vaya, supongo que será un evento privado porque, nuestros recursos están un poco escasos —digo con molestia—. Subiste los impuestos de nuestro pueblo para esta cena de lujo, ¿no, padre?

Mi padre me dedica una mirada venenosa.

—Karim pagará todo, no hay de qué preocuparse —interviene Ali, y me dedica una mirada de advertencia.

—Qué irónica es la vida —rio sin una pizca de humor—. Vienes a realizar una gran celebración en un pueblo al que tú y tu padre se dedicaron a atacar, incluso, sacrificando a nuestra gente —miro al invitado, y él me devuelve una mirada profunda, pero no logro intuir lo que está pensando.

—No seas grosera, Aziza —dice mi padre entre dientes, intentando controlar su enojo.

—Creo que no es conveniente alterar las aguas —la voz varonil resuena en mi cabeza y me sobresalta de nuevo.

—No estoy siendo grosera, estoy diciendo la verdad, ¿o tu padre no nos declaró la guerra y asesinó a gente inocente por más de tres décadas, Karim? —escupo.

—Sí, pero tú lo dijiste; mi padre —me mira y sus ojos calan en toda mi mente—. Desde que tomé las riendas, les he ordenado a mis soldados no atacar a mis aliados.

—¿Ahora somos tus aliados? —rio con sarcasmo—. ¿También vas a ir más allá del río y te casarás con otra para así poder realizar alianzas?

—Suficiente —mi padre da un golpe en la mesa y toda la vajilla salta—. No es de tu incumbencia lo que se hará o no, aquí tú no tienes ni voz ni voto —gritó molesto—. Lárgate.

—Soy yo a quien lanzaste como carnada y ¿no puedo decir lo que pienso? —lo miro furiosa—. Claro, como siempre haces lo que te conviene —miro a Ali y su mirada oscurecida me advierte que no continúe hablando—. Y tú, como de costumbre, estás de su parte —suelto con desprecio y me levanto de la silla.

Tan rápido como puedo voy a los establos, ordeno que ensillen a mi yegua y tan pronto está lista, me monto y le doy rienda suelta a su galope.

***

En pocos minutos me encuentro galopando al borde de un arroyo, mi yegua sacude su crin y se detiene a tomar agua. Yo suelto un suspiro y siento todo el peso de mis palabras caer sobre mis hombros.

«Tú lo dijiste; mi padre». Sus palabras calan mi mente.

Tiene razón y me frustra que la tenga. Desde que el rey Masen falleció, ya no hubo más ataques ni guerra entre nosotros, incluso antes de la propuesta de la alianza. Sin embargo, algo no encaja en esta alianza repentina. Si ya estábamos en paz, ¿por qué ahora salen con este pacto? ¿Cuál es el objetivo de este trato? ¿Y por qué, entre todas las mujeres del reino, soy yo quien se tiene que casar con él?




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