Renacer

VIII - KARIM

Karim

—¿Está seguro de esto, majestad? —Bahir me saca de mis pensamientos y me giro a mirarlo.

—Sí —mi voz sale firme mientras me ajusto la capa—. Debemos ser cautelosos.

—Se está arriesgando demasiado, mi rey. Creo que… —Bahir me lanza una mirada de preocupación.

—Sé lo que hago. Eres mi consejero, pero soy yo el que toma las decisiones —mi voz firme hace que baje la cabeza—. Debo irme. Quiero llegar antes del atardecer.

Dicho esto, salgo dejándolo atrás y doy indicaciones mientras estoy ausente.

—No quiero juntas con el Consejo de Guerra hasta que yo regrese, dile a Walid que no descuide el grupo de soldados en Alepia. Si vuelvo a recibir una misiva de que los rebeldes de Hasakah volvieron a robar parte de su armería, los enviaré como cena a los leones —doy órdenes mientras me voy a la puerta principal—. Recuerda los registros que te pedí, los quiero en mi escritorio cuando regrese —Bahir asiente mientras me sigue el ritmo—. Tampoco olvides dejar todo preparado, tengo previsto regresar con ella.

—Sí, su majestad.

Salimos, Bahir me abre la puerta del carruaje y subo. Al cerrar la puerta, suena una palmada; en un momento ya estoy alejándome del palacio.

***

Luego de unas horas de viaje siento el cuello entumecido. Lo estiro para liberar un poco la tensión, y unos momentos después puedo ver el palacio de Dayr.

«Hay una diferencia entre solo decir y hacer Ali». Su voz hace eco en mi mente y su enojo arde en mi sangre. Suspiro, cierro los ojos y hago un pequeño muro mental para dejarle privacidad.

Pasados unos minutos, el carruaje se detiene y uno de mis guardias abre la puerta, de inmediato me dedica una reverencia y se aparta para dejarme salir. La guardia se ordena en posición de protección y se reacomodan mientras avanzo hasta las escaleras principales del palacio. Dos guardias me respaldan y otros dos están a mis costados.

Observo a un hombre parado en el centro de la entrada, debe de ser el hijo mayor. Me detengo frente a él y este hace un gesto con la cabeza.

—Bienvenido —musita y se hace a un lado—. Soy Ali Daarak. Primogénito de Hiram Daarak y su heredero—.

—Reverencia —lo miro con firmeza y veo cómo se le oscurece la mirada—. Soy tu soberano, reverencia —exijo con rudeza y él tensa la mandíbula, pero al final lo hace—. Mejor.

Camino y lo dejo atrás, ingresando en el palacio. Me recibe el piso de mármol, unas paredes marfil y columnas con detalles en oro. Hay una gran escalera en medio del recibidor y cuatro puertas; dos en la izquierda y dos en la derecha.

—No tengo todo el día, busca a Hiram —detengo mis pasos y giro para mirarlo.

—Está en una reunión con…

—No pregunté qué está haciendo, te ordené que lo buscaras —lo interrumpo levantando una mano—. No estoy aquí para perder el tiempo.

—Sí, majestad —veo cómo se aleja apretando los dientes.

Pasan unos minutos y escucho unos pasos acercarse, me doy vuelta y me los encuentro frente a frente.

—Vaya, llegaste rápido —Hiram sonríe y noto el tono de burla en su voz.

—No deberías de estar sorprendido, fuiste tú quien me envió veinte misivas pidiendo que la boda se realizara esta semana —su sonrisa se borra.

—No puedes quejarte. Me necesitas para poder tener control en mi frontera.

—No necesito a nadie —lo corto—. No voy a perder tiempo jugando al gato y al ratón.

—A tu padre le encantaba ese juego.

—Masen Karnak ya murió. Ahora soy quien toma las decisiones —la firmeza de mi voz lo hace encogerse un poco.

—Ali, busca a tu hermana —Hiram mira a su primogénito, que le devuelve la mirada y afirma imperceptiblemente.

Ali se aleja y Hiram se vuelve hacia mí.

—Se te preparó una habitación en el segundo piso, puedes ir instalándote —dice entre dientes. Hace una seña a una doncella, que atiende presurosa.

No respondo y la sigo. Subo las escaleras y la doncella me indica el camino, al llegar, abre la puerta, me dedica una reverencia y me deja pasar. Al ingresar, observo una enorme cama con dosel y cuatro postes, en el centro de la habitación. Al frente también hay una chimenea que se encuentra apagada, además de un tocador a un costado. Tiene una ventana con vista al jardín principal.

Me acerco a esta y retiro las cortinas que me obstaculizan la vista. En ese momento mis ojos se deleitan con su imagen a unos pocos metros de mí. Lleva el cabello suelto y un poco alborotado, quizás por la brisa del exterior, una larga capa azul oscuro me dificulta ver con detenimiento su atuendo. Sus dedos rozan las flores y veo cómo sus hombros se elevan al inspirar aire y luego relajarse al soltarlo. Su cabello castaño danza con la brisa y veo una ligera sonrisa en sus labios que me calienta el corazón.

«Es la perfección hecha realidad…».

La urgencia de verla más de cerca y escuchar su voz me inunda. Me ajusto la capa y me encamino a buscarla. Cierro la puerta y bajo las escaleras en un parpadeo. Busco el camino a los jardines y la desesperación me nubla el sentido de la orientación, cruzo una puerta que da a un jardín, veo a mi alrededor y no la encuentro.




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