Doblo la camisa blanca de Colton sobre la mesa del cuarto de lavado. Lo hago sin pensar, después de ocho años de matrimonio podría hacer esto con los ojos cerrados.
Tomo su pantalón y siento algo en el bolsillo. Un papel. No suelo revisar sus cosas. De hecho, casi nunca lo hago. Pero esta vez lo saco.
Es un recibo de un restaurante italiano. Bellissimo. El mismo lugar donde Colton me propuso matrimonio hace nueve años. Sonrío por un segundo. Tal vez está planeando algo para nuestro aniversario. Sin embargo, no sonrisa se congela cuando veo la fecha.
Martes pasado. 8:30 PM.
Ese día Colton llegó a casa a las once de la noche. Me dijo que tuvo una reunión de emergencia en la agencia.
Miro el recibo con más atención. Dos copas de vino Merlot, ravioles de langosta, tiramisú para dos. Total: $185 dólares.
Mucho más de lo que le pedí hace tres semanas para comprarle zapatos nuevos a Noah. Los suyos tienen un agujero en la suela. Me dijo que estaba exagerando, que el niño podía usar los zapatos viejos un tiempo más.
"Es solo un agujero pequeño, Emma. No seas dramática. Los niños no necesitan zapatos nuevos cada mes"
Pero para ravioles de langosta sí hay dinero.
Mis manos comienzan a temblar.
—¡Mami! —el grito de Mía me sobresalta—. ¡Noah me empujó!
—¡No es cierto! Ella me quitó mi pelota.
Guardo la boleta rápidamente en mi bolsillo y salgo del cuarto. Los encuentro en la sala, Noah con lágrimas en los ojos y Mía con los brazos cruzados.
—¿Qué pasó aquí?
Ambos comienzan a hablar al mismo tiempo. Los escucho a medias. Mi mente sigue en ese recibo. En esa mentira.
—Está bien, está bien —los interrumpo con suavidad—. ¿Qué les parece si hacemos galletas? Esas de chispas de chocolate que tanto les gustan.
Sus caritas se iluminan. Así de fácil es hacerlos felices. Con amor, con atención, con tiempo.
Cosas que su padre nunca les da.
Nos instalamos en la cocina. Mientras mezclo la masa, los niños hablan emocionados sobre sus días. Los escucho, los abrazo. Les doy toda mi atención. Porque si no lo hago yo, nadie más lo hará.
Colton nunca pregunta por sus días, nunca asiste a sus eventos escolares, nunca los ayuda con la tarea. Siempre está demasiado ocupado, demasiado cansado.
"Son responsabilidad tuya, Emma. Yo trabajo para mantenerlos. Tú te encargas de criarlos", me dijo una vez cuando le pedí que los llevara al parque. Como si ser padre fuera solo pagar cuentas.
.
.
Las galletas están en el horno cuando escucho el auto de Colton.
Mi estómago se contrae. La puerta se abre bruscamente.
—¡Papá! —gritan Mia y Noah, corriendo hacia él.
Colton los esquiva, caminando directo hacia la escalera—. No se les ocurra tocarme con esas manos sucias —dice sin mirarlos—. Acabo de comprarme esta camisa.
Veo cómo la felicidad se borra de sus rostros. Como Noah baja la cabeza, como los ojitos de Mia se llenan de lágrimas.
—Hijos, las galletas ya casi están listas —digo rápidamente, tratando de cambiar el tema—. ¿Por qué no van a lavarse las manos?
Asienten en silencio y se van. Colton se afloja la corbata y sube, sin saludarme, igual que siempre.
Veinte minutos después nos sentamos a la mesa a cenar. Los niños están callados, todavía dolidos por el rechazo de su padre. Yo apreto los dientes con rabia, con impotencia, con ganas de gritarle y sacar lo que llevo dentro. Me contengo, no puedo hacerlo frente a los niños.
Colton entra con el teléfono en la mano. Ni siquiera levanta la vista.
—Papá, hoy la maestra me... —comienza Noah tímidamente.
—No ahora, Noah. Estoy cansado —lo interrumpe—. Emma, ¿Puedes hacer que los niños coman en silencio? Necesito paz.
Noah baja la mirada a su plato. Mia juega con su tenedor sin comer.
Mis puños se cierran tan fuerte debajo de la mesa, que las uñas se entierran en mi piel. Inhalo y exhalo, buscando mantener la paz.
—Noah, ¿Por qué no me cuentas qué te dijo la maestra? —digo con voz suave, ignorando a Colton.
Mi hijo me mira y habla en voz baja. Yo lo escucho con toda mi atención, asintiendo, sonriendo.
Colton resopla molesto y se levanta de la mesa—. Subiré a trabajar. No me interrumpan.
Se va con su plato, dejándonos solos.
Honestamente, es mejor así.
Más tarde, cuando los niños están dormidos, subo las escaleras con cuidado. La luz del estudio de Colton está encendida. Escucho su voz. Está hablando por teléfono, casi susurrando. Me detengo en el pasillo, conteniendo la respiración.
"No, ella no sospecha nada... Sí, mañana podemos vernos... Te extraño también..."
Una risa salió de su maldita boca traicionera.
"Tengo que colgar. Nos vemos mañana, preciosa."
Me alejo rápidamente antes de que salga y me encuentre ahí parada. Entro a nuestra habitación. Me siento en la cama, las manos me tiemblan fuertemente. Ya no hay duda.
Mi esposo me está engañando, y por el tono de voz que usó, por ese ‘te extraño’.….. no es solo una aventura casual. Es algo más.
Me acuesto sin cambiarme, sin lavarme los dientes, sin hacer nada. Me quedo mirando el techo en la oscuridad. Cuando entra al cuarto, no digo nada. Finjo estar dormida. Se acuesta del otro lado de la cama, dándome la espalda. Como todas las noches desde hace meses.
En menos de cinco minutos está roncando. Yo, en cambio, no puedo dormir.
Estoy pensando, analizando y decidiendo.
Porque hay algo que tengo muy claro; no voy a quedarme de brazos cruzados mientras me es infiel. Necesito pruebas, necesito saber con quién, desde cuándo, y con todas las respuestas en mano…Tomaré una decisión.
La decisión que cambiará mi vida para siempre.
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Editado: 18.02.2026