Emma
El lunes llegó más rápido de lo que esperaba.
Me desperté a las seis y media de la mañana con el corazón acelerado. Amelia y los niños todavía dormían, así que me moví en silencio.
Me metí al baño, frente al espejo, mi reflejo me devolvió la mirada de una mujer que casi no reconocía, una que había perdido hace años atrás.
El cambio en el salón de belleza había sido solo el comienzo. Lo que veía ahora en mis ojos era determinación. Había fuerza, había una Emma que estaba dispuesta a luchar.
Me maquillé con cuidado. No demasiado, pero lo suficiente para sentirme segura. Mi cabello caía en ondas suaves sobre mis hombros. Me puse uno de los conjuntos nuevos; pantalones negros y una blusa blanca sencilla pero elegante. Encima llevaría el uniforme de la empresa, pero quería sentirme bien debajo.
Me miré una última vez antes de salir y respiré profundo—. Puedes hacer esto, Emma —me dije en voz alta—. Por Mia, por Noah, por ti.
Entré de puntillas a la habitación donde dormían mis hijos. Me acerqué y besé sus frentes cuidando de no despertarlos.
—Los amo —susurré—. Todo esto es por ustedes.
Salí de la habitación y encontré a Amelia despierta en la cocina, preparando café.
—No tenías que levantarte.
—Quería despedirte —sonrió y me pasó una taza de café—. Primer día, es importante.
Tomé la taza, agradeciéndole con la mirada—. Yo llevaré a los niños al colegio—añadió—. No te preocupes por nada. Solo concéntrate en tu primer día.
—Gracias, Ami. No sé qué haría sin ti.
Me abrazó fuerte—. Vas a ser increíble. Ahora ve, o llegarás tarde.
El viaje en autobús fue más largo de lo que recordaba. Llegué al centro de la ciudad media hora antes de mi hora de entrada.
Me detuve frente aedificio de Blackwood Construction.
Los nervios me atacaron con fuerza ¿De verdad iba a hacer esto? ¿De verdad podía? Necesitaba un momento, algo para calmar los nervios antes de entrar.
Al otro lado de la calle, vi una pequeña cafetería. Crucé la calle y entré.
Me formé en la fila, revisando el menú en la pared, un capuchino sonaba bien.
De pronto escuché una conversación, que sin querer, llamó mi atención. Dos hombres detrás de mí.
—Entonces, ¿Qué pasó con Victoria? —preguntó uno de ellos—. Me dijo que te había pedido tu número.
Luego, una voz más grave, respondió—. Ya te dije que no me interesa, Eduard. No estoy buscando nada.
Algo en su tono me hizo prestar más atención. No era rechazo arrogante. Era... dolor.
—Amigo —suspiró—. Ya han pasado cinco años. Es hora de que vuelvas a querer.
Cinco años. Mi mente procesó esa información automáticamente.
—Lo sé. Pero no a cualquiera, y no ahora.
—¿Y cuándo?
Hubo una pausa, larga. Podía sentir el peso del silencio incluso sin verlos.
—No lo sé, Eduard. Ya déjame tranquilo —había frustración en su tono—. No puedo aún. Aún estoy herido, no puedo olvidarla.
—No se trata de olvidarla. Ella siempre estará en tu corazón. Es solo que ahora amarás a alguien más. No puedes vivir en soledad, eres joven.
Había tanto cuidado en esas palabras. Tanta preocupación. Este Eduard claramente era un buen amigo.
—Lo sé —el hombre soltó un suspiro pesado—. Solo que aún no es momento. Cuando encuentre a la mujer indicada, serás el primero en saberlo.
La fila avanzó, ya era mi turno.
—Buenos días, ¿Qué te sirvo?
—Un capuchino, por favor, mediano.
Mientras pagaba, mi mente seguía con la conversación que acababa de escuchar. Cinco años, cinco años sin estar con nadie porque aún amaba a alguien que ya no estaba.
Parte de mí quería voltear, ver quiénes eran esos hombres. Sin embargo, no lo hice. No era asunto mío. Solo eran dos extraños en una cafetería. Aun así, pensé en ese hombre desconocido. En cómo el dolor podía paralizar a una persona. En cómo el amor perdido podía convertirse en una prisión.
Cinco años era mucho tiempo para vivir en el pasado.
Pobre hombre, pensé. Debe haber amado profundamente para seguir tan roto después de tanto tiempo. Me sentí extrañamente triste por alguien que ni siquiera había visto.
—¡Capuchino mediano para Emma! —gritó el barista.
Tomé mi café, le di un último vistazo a la cafetería sin buscar a nadie en particular, y salí.
Era hora de empezar mi nueva vida.
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Ya en el vestíbulo de la empresa me acerqué tímidamente al mostrador.
—Buenos días —dije a la recepcionista—. Soy Emma Mitchell. Es mi primer día con la empresa de limpieza CleanPro.
La mujer me sonrió amablemente y revisó su computadora—. Ah sí, te esperan en el sótano, nivel -1. Ahí está el área de personal de servicio. Toma el elevador del fondo.
Asentí y seguí sus indicaciones. Bajé al sótano y encontré un pasillo largo con varias puertas.
Una de ellas tenía un letrero: CleanPro - Personal.
Toqué y entré.
Una mujer mayor, de unos cincuenta años, estaba organizando uniformes en estantes. Levantó la vista cuando entré—. ¿Emma Mitchell? —preguntó.
—Sí, señora.
—Soy Leah, supervisora de CleanPro. Harper me habló de ti —me extendió la mano—. Bienvenida.
—Gracias, señora Leah..
—Solo Leah está bien —sonrió—. Vamos a darte tu uniforme y te explicaré tus responsabilidades.
Me entregó un conjunto: pantalón y polo azul marino con el logo de CleanPro bordado. Me cambié en un pequeño vestidor y guardé mi ropa en un locker que me asignaron.
Cuando salí, Leah ya tenía preparado un carrito con todos los productos de limpieza.
—Estarás a cargo de los pisos dieciocho, diecinueve y veinte —explicó—. Son las oficinas ejecutivas. Salas de conferencias, y oficinas individuales. El horario es de ocho de la mañana a tres de la tarde.
—¿Alguna instrucción especial? —consulté.
—Sí. El piso veinte es la oficina del CEO, el señor Blackwood. Es muy... particular con su espacio. No toques papeles en su escritorio, no muevas nada de lugar. Solo limpia superficies y pisos. No le gusta que lo miren detalladamente, él…es un caso especial. Hace unos años perdió a su esposa, y desde ese momento evita el contacto con las mujeres. No le digas nada, ni le preguntes nada.
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Editado: 10.03.2026