Renacer en el amor

Piso veinte

Emma
El piso dieciocho estaba impecable.

Pasé las siguientes dos horas limpiando cada oficina, cada sala de conferencias, cada rincón. El trabajo era demandante pero satisfactorio. Había algo reconfortante en ver los espacios transformarse bajo mis manos.
Cuando terminé, subí al piso diecinueve. Más de lo mismo. Escritorios, ventanas, pisos de mármol que necesitaban brillar.

Para las doce del día, solo me faltaba un piso.

El veinte.

El piso del CEO.

Los nervios me atacaron con fuerza mientras el elevador subía. Leah había sido muy clara: el señor Blackwood era particular. No le gustaba el contacto con las mujeres.

"Debo ser invisible", "Entro, limpio, salgo. Esa es la regla."

Al fondo del pasillo había una recepción. Una mujer de unos cuarenta años, impecablemente vestida, levantó la vista cuando me acerqué con mi carrito.

—Hola —dije tímidamente—. Soy Emma, de CleanPro. Vengo a limpiar.

La mujer me sonrió con calidez—. Ah, sí. Soy Margaret, la asistente del señor Blackwood —me miró con simpatía—. Primer día, ¿Verdad?

—¿Se nota?

Ella rió suavemente—. Un poco. No te preocupes. El señor Blackwood salió a una reunión hace una hora. Probablemente no regrese hasta después del almuerzo.

El alivio me inundó como una ola—. Gracias a Dios —suspiré.

Margaret sonrió con complicidad.

—Todos se ponen nerviosos la primera vez. Pero es un buen hombre. Solo... necesita su espacio.

—Entiendo. Bueno, empezaré entonces.

—Adelante. Su oficina está al fondo.

Caminé por el pasillo con mi carrito hasta llegar a la puerta.

Respiré profundo y la abrí.

La oficina era impresionante. Ventanales con vista a toda la ciudad. Un escritorio de caoba, y estantes llenos de libros.

Pero había algo más. Una calidez inesperada en los detalles. Una manta de lana doblada sobre el sofá de cuero, una planta pequeña en la ventana que alguien cuidaba con esmero, una foto enmarcada en el escritorio que desde aquí no podía ver bien.

Este lugar decía mucho de su dueño. Exitoso, sí, y también... solo.

Me recordé a mí misma que no era asunto mío. Estaba aquí para trabajar, nada más.
Sin embargo la oficina estaba vacía. Margaret había dicho que el señor Blackwood no volvería hasta después del almuerzo. Tenía tiempo de sobra.

Me relajé un poco.

Saqué mi teléfono, puse una canción y me puse mis auriculares. La música hacía que el trabajo pasara más rápido.

Comencé a limpiar al ritmo de la canción. Una balada suave que me encantaba. Sin pensar, empecé a tararear. Luego a cantar bajito.

"Y aunque duela, voy a intentarlo otra vez..."

Me moví al ritmo mientras pasaba el paño por el escritorio, cuidando de no mover ningún papel. Mis caderas se balanceaban suavemente. Era un momento para mí, nadie miraba, nadie juzgaba.
No estaba el desgraciado de Colton para mirarme como una loca por querer bailar, o con vergüenza si le decía que quería ir a algún club nocturno.

Ahora me siento, me siento... libre.

"Porque merezco volver a amar..."

Cerré los ojos mientras limpiaba los estantes, dejando que la música me envolviera. Di un pequeño giro, y sonreí para mí misma.

De imprevisto, lo escuché. Un carraspeo.

Después, una voz profunda:

—Disculpe.

Me congelé. Cada músculo de mi cuerpo se tensó.

Esa voz, la conocía. La había escuchado antes. En la cafetería. Era profunda, cansada, con un toque de algo que no podía identificar; dolor, tal vez.

Me quité los auriculares con manos temblorosas y me giré lentamente.

Y ahí estaba él…El señor Blackwood.

El CEO, el viudo. El hombre de la cafetería.

Alto. Impresionantemente alto. Debía medir más de uno ochenta. Cabello oscuro con algunas canas en las sienes que lo hacían ver distinguido. Mandíbula angular. Ojos... Dios, sus ojos. Eran de un tono azulado intenso, como el mar antes de una tormenta.

Vestía un traje que probablemente costaba más que tres meses de mi sueldo. Pero lo que más me impactó no fue su apariencia.

Fue la forma en que me miraba...




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