Emma se giró lentamente, con los auriculares todavía puestos.
Y lo vio.
Ahí, parado en la puerta, observándola.
James Blackwood.
Los ojos de Emma se abrieron como platos. Su corazón dio un vuelco tan violento que pensó que se le saldría del pecho. Se arrancó los auriculares de un tirón, la música se detuvo abruptamente.
—Disculpe —dijo él, dandose cuenta de la reacción de ella, dió un paso hacia adelante—. No quise asustarla.
—Curioso baile, señorita —añadió, y había algo innegablemente cálido en su tono—. Canta muy bien, además.
La humillación golpeó a Emma como una ola helada. Él la había visto, bailando, cantando.
Haciendo el ridículo en su oficina.
De pronto, como un relámpago, recordó las palabras de Leah esa misma mañana.
No debía mirarlo directamente, no debía hacerle preguntas, ni entablar conversación con él.
El pánico le apretó la garganta.
—Señor —las palabras salieron atropelladas mientras bajaba la cabeza, clavando la mirada en el piso—. Discúlpeme. Estoy casi terminando.
Era su primer día. Su primer maldito día. ¿Y si se había ofendido? ¿Y si la despedía? Necesitaba este trabajo, sus hijos dependían de ella.
—Me iré de inmediato —agarró su carrito con manos temblorosas.
Intentó pasar por su lado, manteniéndose lo más lejos posible, con la cabeza aún baja como una niña regañada.
Pero sucedió algo inaudito, sorprendente…
Su mano la detuvo. Los dedos de James se cerraron suavemente alrededor del brazo de Emma.
Y el mundo se detuvo.
.
.
.
James no entendía qué lo había hecho actuar. La vio intentando escapar, con la cabeza gacha, claramente asustada de él, y algo en su interior reaccionó de forma rápida; no pensó, no razonó. Su mano simplemente se movió.
Sus dedos rodearon el brazo de ella.
Y ahí, como si el tiempo fuera más lento, James se dio cuenta de lo que acababa de hacer.
Miró su propia mano; cómo sus dedos rodeaban el brazo de esa mujer. Piel contra piel.
Llevaba cinco años evitando tocar a las mujeres. Desde que Catherine exhaló su último aliento en esa cama de hospital, el simple roce de una mano femenina le provocaba un rechazo casi físico. Una incomodidad que no podía explicar pero que tampoco podía ignorar.
Había perdido la cuenta de cuántas mujeres lo habían intentado. Colegas con miradas compasivas, clientas con sonrisas coquetas, amigas de amigos con intenciones “bien intencionadas”. Todas con el mismo toque casual en el brazo, en el hombro, en la mano.
Y cada vez, cada maldita vez, sentía lo mismo; rechazo, incomodidad, urgencia por alejarse.
Sin embargo ahora, tocando a esta mujer que ni siquiera conocía...
No sintió rechazo.
Sintió calidez.
.
.
.
Un escalofrío recorrió la espalda de Emma.
Desde el punto exacto donde los dedos de él tocaban su brazo, una corriente eléctrica descendió por su columna vertebral, ramificándose hasta las puntas de sus dedos, hasta la raíz de su cabello. Su piel se erizó completa, cada vello de su cuerpo poniéndose de punta.
No pudo evitarlo, levantó la mirada.
Sus ojos se encontraron.
Grises. Sus ojos eran de un gris azulado profundo, del color del mar en invierno. Estaban rodeados de líneas de cansancio, de ojeras que hablaban de noches sin dormir. Pero en ese momento, mientras la miraba, había algo más en ellos.
Algo que hizo que el aire se le atascara en la garganta.
Emma sintió el calor subir por su cuello, invadir sus mejillas, extenderse hasta las puntas de sus orejas. Sabía que se estaba sonrojando, podía sentir cómo su cara ardía, probablemente roja como un tomate.
Pero no podía apartar la mirada.
Y él tampoco.
Por un segundo, quizás más, el tiempo se suspendió. No había nada más que esos ojos mirándola como si pudieran ver directamente dentro de su alma. Como si pudieran leer cada pensamiento, cada miedo, cada esperanza secreta que guardaba.
—No se vaya —dijo James, y su voz sonaba diferente ahora—. No tiene por qué hacerlo.
Una pequeña sonrisa apareció en la comisura de sus labios. Una sonrisa que transformó completamente su rostro, haciéndolo parecer años más joven.
—No soy un ogro.
Emma no pudo evitarlo, sonrió.
Fue una sonrisa pequeña, tímida, pero absolutamente genuina. Y cuando James la vio, algo cambió en su expresión. Sus rasgos se suavizaron. El gris de sus ojos se volvió más claro.
Intentó liberar su brazo con cuidado, con suavidad, sin brusquedad.
James la soltó inmediatamente, casi demasiado rápido, como si de pronto tomara consciencia de que la estaba tocando.
Ella bajó la mirada otra vez, incapaz de sostenerla.
—Señor —su voz salió apenas como un susurro, casi inaudible—, volveré cuando ya no esté.
Y antes de que él pudiera decir algo más, antes de que ella pudiera hacer algo aún más estúpido, Emma salió de esa oficina con pasos apresurados.
Sus piernas temblaban. Su corazón latía tan fuerte que podía escuchar cada latido resonando en sus oídos. Sus manos, aferradas al carrito de limpieza, no dejaban de temblar.
Lo que más la asustaba, lo que verdaderamente la aterrorizaba, era que todavía podía sentir el calor de su mano en su brazo.
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Editado: 10.03.2026