Renacer en el amor

Después del encuentro

Emma apenas recordaba cómo había llegado al elevador de servicio.

Sus manos aferraban el carrito de limpieza con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. Bajó al sótano, al nivel -1, donde estaba el área de personal de CleanPro.

Todavía podía sentirlo. El calor de su mano en su brazo, la intensidad de esos ojos grises azulados, esa voz profunda diciéndole que no era un ogro.

Sacudió la cabeza, tratando de aclarar sus pensamientos.

Cuando entró al cuarto de personal, Leah estaba organizando productos de limpieza en los estantes. Levantó la vista y frunció el ceño al verla.

—¿Tan rápido? —preguntó sorprendida, mirando su reloj—. Apenas llevas dos horas arriba.

Emma tragó saliva.

—Sí, lo que pasa es que no terminé el piso veinte. El dieciocho y el diecinueve sí los dejé listos, pero en el veinte... Me encontré con el CEO.

El sonido de algo cayendo hizo que ambas mujeres voltearan.

Cerca de ahí, junto a los casilleros, se encontraba Agatha. Una mujer de unos treinta y cinco años, cabello negro recogido en un moño perfecto, maquillaje impecable incluso bajo el uniforme de limpieza. Había dejado caer una botella de limpiador al suelo.

Sus ojos, delineados con precisión, se clavaron en Emma con una frialdad que la hizo sentir incómoda.

Agatha llevaba cuatro años trabajando en Blackwood Construction. Cuatro años limpiando los pisos ejecutivos, buscando cualquier excusa para cruzarse con James Blackwood. Cuatro años de sonrisas cuidadosamente fabricadas, de “casuales” encuentros en el elevador.

Y en todo ese tiempo, él nunca le dió más que un saludo cortés y distante.

Ahora escuchaba a esta mujer nueva, esta Emma, mencionar al CEO con tanta naturalidad.

Leah, ajena a la tensión, se acercó a la rubia con preocupación evidente.

—Espera, espera, ¿Te encontraste con el señor Blackwood? ¿Y después? ¿Qué pasó? ¿Te dijo algo?

Emma negó con la cabeza rápidamente.

—No, bueno, sí. Yo estaba en su oficina limpiando. Margaret me dijo que él había salido a una reunión y que no volvería hasta la tarde, pero se equivocaron. Él llegó temprano y... me encontró ahí.

—¿Y? —Leah la miraba con los ojos muy abiertos.

—Pues nada. Él me vio, dijo algo, yo me disculpé y me fui. Salí de inmediato de la oficina.

Leah se cruzó de brazos, su expresión se volvió seria.

—Tengo que advertirte algo. La última empleada que se encontró con él a solas y habló con él... la despidieron.

El corazón de Emma se detuvo.

—¿Qué?

—Al parecer se insinuóz o al menos eso fue lo que dijeron —la mujer bajó la voz—. El señor Blackwood no tolera ese tipo de comportamiento. Es muy estricto con mantener distancia profesional.

Los ojos de la rubia se abrieron como platos—. No, no, no. Yo no me insinué. Para nada. Él simplemente estaba ahí, yo solo... —se detuvo, dudando.

—¿Solo qué?

Emma respiró profundo—. Él me tomó del brazo. Pero yo salí inmediatamente de la oficina. Te lo juro, Leah. No hice nada inapropiado.

—¡Espera! ¡¿Cómo dijiste?! ¿Él te tomó del brazo?

—Sí, pero solo por un segundo. Yo intentaba salir y él...

—¿Y qué más? —Leah se acercó más—. ¿Qué más pasó?

—Nada. Me habló un poco. Me dijo que no tenía que irme, que no era un ogro, y ya. Eso fue todo…yo me fui.

Leah la miraba como si le hubiera crecido una segunda cabeza.

—¿En serio? No te puedo creer ¿James Blackwood te tocó? ¿Te habló? ¿Te pidió que te quedaras?

Ella asintió, confundida por la reacción de Leah.

—Sí, ¿Por qué? ¿Es tan raro?

—¿Raro? Emma, ese hombre no le habla a nadie del personal, a nadie. Y definitivamente no toca a las mujeres. Jamás, ni siquiera les da la mano —la miró de arriba abajo, como evaluándola—. Tal vez tú le gustaste. Ay siiii, le gustaste.

—No digas tonterías —Emma sintió calor en las mejillas—. Solo fue... un encuentro extraño, nada más.

Desde los casilleros, Agatha apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas se enterraron en las palmas de sus manos. El dolor físico no era nada comparado con la rabia que sentía.

Observó a Emma con ojos críticos. Cabello rubio con ondas naturales. Piel clara, ojos verdes. Sí, era bonita, tenía que admitirlo. Pero no era espectacular. No llevaba maquillaje elaborado como ella, no se vestía con ese cuidado meticuloso que ponía en su apariencia cada día.

¿Qué tenía esta mujer que ella no tuviera?

¿Por qué James Blackwood la había tocado a ella y no a Agatha, que había pasado cuatro años tratando de captar su atención?

La injusticia le quemaba en el pecho.

Se acercó, manteniendo una expresión neutral, que ocultaba el volcán que amenazaba con estallar.

Leah, notando su presencia, se volteó.

—Ah, Agatha. No te vi ahí.

—Estaba organizando mi casillero —respondió con voz suave, casi dulce—. No quise interrumpir.

Sus ojos se posaron en Emma. Una mirada que parecía amistosa en la superficie, pero que llevaba algo frío debajo.

—Así que tú eres la nueva. Emma, ¿Verdad?

—Sí —extendió la mano—. Mucho gusto.

Agatha estrechó su mano brevemente, con un apretón que fue un poco más fuerte de lo necesario.

—Igualmente. Bienvenida a Blackwood.

Leah miró su reloj.

—Bueno, Emma, ¿Entonces no terminaste el piso veinte?

—No. Después de que el CEO llegó, me vine para acá inmediatamente. No sabía qué hacer.

—Mira, espera una media hora. Si quieres, puedes ir a la cafetería, tomar un café. Espera media hora y después vuelve a terminar el piso veinte. Tal vez el señor Blackwood solo fue a buscar unos papeles para su reunión y ya se fue.

Emma asintió, aliviada de tener un plan.

—Sí, está bien, gracias.

Salió del cuarto de personal rumbo a la cafetería, sin notar la mirada que Agatha le clavaba en la espalda.

Una mirada llena de resentimiento, y envidia.

Cuando se fue, Agatha se acercó a Leah.




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