Treinta minutos nunca habían pasado tan lento.
Emma se quedó sentada en la cafetería, mirando su café enfriarse sin realmente beberlo. Sus pensamientos eran un torbellino caótico que no podía ordenar.
La mano de James en su brazo, esos ojos grises mirándola, esa voz diciéndole que no era un ogro.
Sacudió la cabeza. Tenía que concentrarse. Necesitaba este trabajo, no podía permitirse pensar en el CEO como... como nada más que su jefe.
Miró su reloj. Treinta y dos minutos, ya era hora.
Tomó su carrito de limpieza y se dirigió de vuelta al piso veinte. Con cada piso que subía el elevador, su corazón latía más rápido.
Cuando las puertas se abrieron, el pasillo estaba tranquilo, silencioso. Caminó hasta la oficina del CEO, rezando internamente para que ya se hubiera ido a su reunión.
Tocó la puerta suavemente. Nada se escuchó.
Respiró aliviada y empujó la puerta para abrirla.
Y ahí estaba él.
James Blackwood estaba sentado en su escritorio, revisando unos documentos con el ceño fruncido. Levantó la vista cuando ella entró.
El corazón de Emma se detuvo.
—Disculpe, señor —dijo rápidamente, bajando la mirada al piso—. Pensé que había terminado. Solo quería terminar de limpiar. Puedo volver más tarde si...
—La cancelé —dijo James.
Emma levantó la vista por un segundo, sorprendida, antes de volver a bajarla.
—Oh. Yo... lo siento. No quise interrumpir. Me voy ahora mismo.
—No te vayas.
Las palabras la detuvieron en seco.
James se levantó de su asiento. El sonido de la silla moviéndose hizo que Emma se tensara, podía escuchar sus pasos acercándose. Mantuvo la mirada fija en el suelo. En sus zapatos negros de vestir perfectamente lustrados.
No podía mirarlo. Si lo miraba, si veía esos ojos grises otra vez...
—Emma.
La forma en que dijo su nombre hizo que algo en su estómago se apretara.
Y de pronto sintió su mano. Suave pero firme bajo su mentón, levantándole el rostro.
No tuvo más opción que mirarlo.
Sus ojos se encontraron, grises. Profundos. Viéndola con una intensidad que le robó el aliento.
—La cancelé —repitió James, su voz más baja ahora, casi íntima.
Emma tragó saliva con dificultad. Podía sentir el calor de sus dedos bajo su barbilla. Podía oler su colonia, algo caro y masculino que le hacía perder el sentido.
—¿Por qué? —susurró, incapaz de hablar más fuerte.
James la soltó, pero no retrocedió. Metió la mano en su bolsillo y sacó algo; su identificación.
—Porque tengo algo que devolverte.
Emma parpadeó, observando la tarjeta que él sostenía, su foto, su nombre.
—Yo... —tomó la identificación con dedos temblorosos—. No sabía que la había perdido. Gracias.
La guardó rápidamente en el bolsillo de su uniforme, necesitando hacer algo con las manos que no fuera temblar.
Pero cuando levantó la vista, James seguía ahí, contemplándola.
No de forma inapropiada, no de forma lasciva. Sino con algo en sus ojos que no podía identificar; curiosidad, tal vez. Interés, algo que hacía que su piel se erizara y su pulso se acelerara.
Emma se puso nerviosa. Él no dejaba de mirarla.
¿Tenía algo en la cara? ¿Se había maquillado mal esa mañana? ¿Tenía comida entre los dientes? ¿Se veía mal?
Se pasó la mano por el cabello inconscientemente, tratando de arreglárselo. Y pensó en algo que la hizo sentir aún más ridícula.
James Blackwood era... increíblemente guapo. Tendría que estar ciega para no notarlo. El cabello oscuro perfectamente peinado. La mandíbula angular, esos ojos, ese cuerpo alto y atlético bajo el traje de diseñador.
Y aquí estaba ella, con un uniforme de limpieza, sin maquillaje elaborado, probablemente oliendo a productos de higiene.
¿Por qué la miraba así?
La incomodidad se volvió insoportable. Necesitaba romper este momento, necesitaba decir algo.
—Señor Blackwood, no me despida, por favor.
James frunció el ceño, confundido.
—¿Por qué lo haría?
Emma apretó las manos a los costados—. Señor, quiero que sepa que yo no tengo ninguna intención con usted.
—¿Por qué dices eso? —él ladeó la cabeza ligeramente.
—Bueno, he sabido que las empleadas que hablan con usted son despedidas —las palabras salieron rápidas—. Yo lo lamento mucho, señor. Soy nueva, no sabía las reglas. Yo realmente necesito este empleo. Tengo dos hijos que mantener y no puedo perder este trabajo. Por favor, no me despida.
Algo cambió en la expresión de James, se suavizó. Dio un paso más cerca, ahora estaban a menos de un metro de distancia.
—No lo haría —declaró con firmeza—. No tengo por qué.
—¿De verdad?
—De verdad.
Una sonrisa temblorosa apareció en los labios de Emma.
—Muchas gracias, señor. Se lo agradezco mucho. Ahora me iré y lo dejaré trabajar—se dio la vuelta, dirigiéndose hacia la puerta.
—Emma.
Ella se giró lentamente.
—Dime James. No señor.
La rubia negó con la cabeza inmediatamente—. Eso no es correcto. No puedo hacer eso.
—Yo te doy permiso.
Ella asintió lentamente y se giró otra vez para irse.
—Espera.
Esta vez se giró más rápido, su corazón latiendo desbocado. Él estaba aún más cerca ahora.
—¿Sí?
James metió las manos en los bolsillos, como si estuviera nervioso.
¿James Blackwood nervioso? Imposible.
—Permíteme invitarte a un café.
—No, no, no. No es correcto, señor. Yo... —negó una y otra vez con la cabeza—. Estoy casada.
James se quedó completamente quieto. Algo se apagó en sus ojos.
—¿Casada? —preguntó.
Emma se dio cuenta demasiado tarde de lo que acababa de decir.
—Sí, o sea, no. Me voy a divorciar. Estoy en proceso de divorcio. Pero técnicamente todavía estoy casada, legalmente. Aunque ya no vivo con mi esposo. Bueno, pronto ex esposo. Es complicado.
Estaba divagando, lo sabía, pero no podía parar.
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Editado: 27.03.2026