James soltó las manos de Emma con cuidado, consciente de que Margaret estaba mirando.
—¿Estás bien? —preguntó.
Ella asintió, pero James podía ver que no lo estaba.
—Emma... —hizo una pausa—. ¿Quieres ese café ahora? Creo que te vendría bien algo para calmarte.
Ella lo miró, sorprendida.
—Yo... sí. Te lo debo. Por defenderme.
—No me debes nada —James sonrió ligeramente—. Pero me gustaría que me acompañaras.
—Está bien—asintió lentamente.
James se dirigió al elevador y presionó el botón.
—Vamos. Conozco un lugar tranquilo cerca de aquí.
Bajaron al estacionamiento. Él le hizo una seña al valet. Un minuto después, un auto negro elegante se detuvo frente a ellos. Un Mercedes-Benz.
El valet salió y le entregó las llaves a James. Él abrió la puerta del pasajero para Emma.
Ella dudó por un segundo, consciente de que esto cruzaba todas las líneas profesionales que se había prometido no cruzar. Pero después de todo lo que acababa de pasar, necesitaba esto.
Subió al auto, y miró por la ventana mientras James conducía por las calles del centro.
Esperaba que en cualquier momento se detuviera frente a alguna cafetería elegante. De esas con paredes de mármol, mesas de cristal, y camareros con uniformes impecables. El tipo de lugar al que un CEO multimillonario llevaría a alguien.
Pero James siguió conduciendo.
Dejaron atrás los edificios altos y las calles llenas de oficinas. Doblaron en una zona más residencial, más tranquila. Las tiendas eran pequeñas, familiares.
El vehículo se estacionó frente a un edificio de dos pisos con fachada de ladrillo. No había ningún letrero llamativo. Solo un pequeño cartel de madera que decía “Cafetería Doña Marta” con letras pintadas a mano.
Emma parpadeó, confundida.
—Llegamos.
—¿Aquí? —ella no pudo ocultar su sorpresa.
James sonrió, y había algo cálido en esa sonrisa.
—Aquí.
Salieron del auto. Emma lo siguió hasta la puerta de entrada. Él la abrió y le hizo un gesto para que pasara primero.
El interior era... acogedor.
No había mármol ni cristal. Las paredes estaban pintadas de un amarillo suave. Había fotos enmarcadas por todas partes, fotos de familias, de niños, de momentos felices. Las mesas eran de madera antigua, cada una cubierta con manteles de tela a cuadros. En las esquinas había plantas en macetas de cerámica pintada a mano. Las lámparas colgaban del techo con pantallas de tela.
Olía a café recién hecho, a pan horneado, a canela.
Y detrás del mostrador había dos personas mayores. Un hombre de unos setenta años con bigote blanco y delantal, y una mujer de cabello gris recogido en un moño, limpiando una taza con un paño.
Emma se quedó parada en la entrada, mirando todo con asombro.
No pensó que los gustos de James Blackwood fueran... así.
Se giró hacia él.
—No pensé que tus gustos fueran así —dijo honestamente.
James metió las manos en los bolsillos, y sonrió tímidamente.
—Bueno, hay otras cosas que no sabes de mí. Y me gustaría que pudieras conocerme…conocernos.
Emma sintió el calor subir a sus mejillas.
—Señor... yo no sé si esto es correcto —bajó la voz—. No quiero que esto se malinterprete. Acepté este café porque usted me defendió cuando no debía haberlo hecho. Porque causé problemas que no debía haber causado. Pero no quiero que las demás personas piensen que...
James dio un paso más cerca. No invasivo, pero cerca.
—Emma, mira —su voz era suave, sincera—. No te voy a mentir. Hace mucho tiempo que no he tenido ninguna relación con ninguna mujer. Mucho tiempo.
Hizo una pausa, eligiendo sus palabras con cuidado.
—Pero por extraño que te suene o te parezca, contigo sí quiero tomar un café. Contigo quiero conversar. En plan amigos —añadió rápidamente—. No quiero invadirte. Sé que estás en pleno proceso de divorcio. Solo quiero conocer a mi empleada, eso es todo. Piensa que yo soy tu jefe, tú mi empleada, y estamos... compartiendo un café.
Emma lo miró, procesando sus palabras.
—Es que eso es peor. Eso es más incómodo para mí. Un jefe y su empleada tomando café juntos.
James soltó una pequeña risa—. Bueno, entonces olvida eso. Tú eres mi amiga, yo tu amigo, y estamos conociéndonos. ¿Mejor así?
Emma no pudo evitar sonreír.
—Bueno, está bien. Amigos.
—¡James!
La voz vino desde el mostrador. El hombre mayor dejo lo que estaba haciendo y caminaba hacia ellos con los brazos abiertos.
—Don Roberto —James sonrió ampliamente y se dejó abrazar por el anciano.
—Tanto tiempo, muchacho. Pensamos que te habías olvidado de nosotros.
—Nunca podría olvidarme de ustedes.
La mujer mayor también se acercó, limpiándose las manos en el delantal.
—James, hijo. Qué alegría verte.
—Doña Marta —la abrazó también, con cariño genuino.
Entonces ambos ancianos notaron a Emma. Sus ojos se iluminaron con sorpresa.
—¿Y quién es esta joven tan bonita? —preguntó Doña Marta.
—Ella es mi amiga. Se llama Emma. Quise traerla aquí.
Don Roberto y Doña Marta se miraron entre sí, y en ese intercambio de miradas, Emma vio algo. Sorpresa, alegría y esperanza.
Don Roberto fue el primero en sonreír.
—Bienvenida, Emma. Es un placer conocerte.
—El placer es mío —la rubia extendió la mano, pero Doña Marta la ignoró y la abrazó.
—Aquí nos abrazamos, hija.
Emma se rio, dejándose abrazar.
—Vengan, vengan —la anciana los guió hacia el interior—. Tenemos la mejor mesa para ustedes.
Los llevó al fondo del local, donde había una puerta de vidrio que daba a una pequeña terraza.
Emma salió y se quedó sin aliento.
La terraza daba a un área verde. No era grande, pero era hermoso. Un parque pequeño con árboles frondosos, pasto verde, flores silvestres creciendo en las orillas. El cielo se veía azul y despejado.
Se podía escuchar el canto de los pájaros. El susurro del viento entre las hojas, el correr de una fuente de agua.
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Editado: 27.03.2026