Agatha observó desde la ventana del segundo piso cómo Emma subía al Mercedes negro de James Blackwood.
Vio cómo él le abría la puerta. Cómo ella dudaba antes de entrar, cómo él rodeaba el auto para subirse al asiento del conductor.
Y luego los vio partir juntos. Una sonrisa lenta y cruel apareció en los labios de Agatha.
Perfecto.
Sacó su teléfono y tomó una foto rápida del auto alejándose. Bajó las escaleras con pasos apresurados. En el nivel menos uno, donde estaban los casilleros del personal, encontró exactamente lo que buscaba.
Tres empleadas de limpieza tomando su descanso.
—Chicas, no van a creer lo que acabo de ver —se acercó con expresión de falsa sorpresa.
Las tres voltearon.
—¿Qué pasó? —preguntó una de ellas, Clara, siempre hambrienta de chismes.
—La nueva. Emma —Agatha bajó la voz, como compartiendo un secreto—. La acabo de ver subirse al auto del señor Blackwood. Su auto personal.
—¿Qué? —Clara se inclinó hacia adelante—. ¿Estás segura?
—Completamente. Los vi con mis propios ojos. Él le abrió la puerta, ella subió, y se fueron juntos.
—Pero... ¿Por qué? —preguntó otra empleada, Olga.
Agatha se encogió de hombros, plantando la semilla.
—No lo sé. Pero es raro, ¿no? Ella lleva muy poco trabajando aquí. Y ya se va en el auto privado del CEO.
Las miradas se intercambiaron. Agatha podía ver la duda en sus rostros.
—Tal vez solo la llevó a algún lado —dijo Olga, tratando de ser razonable.
—Tal vez —Agatha asintió—. O tal vez... ya saben. No sería la primera vez que una empleada trata de llegar alto de esa forma.
Clara resopló—. ¿En serio? ¿Crees que ella...?
—No estoy diciendo nada —levantó las manos—. Solo digo lo que vi. Ustedes saquen sus propias conclusiones.
Y con eso, se fue. Sabía exactamente lo que pasaría después. Clara no podía quedarse callada ni aunque le pagaran. Para el final del día, todo el edificio lo sabría.
Y tenía razón.
.
.
Emma llegó al trabajo al día siguiente sintiéndose... diferente.
Casi feliz. No podía dejar de pensar en la tarde anterior, en la cafetería de Don Roberto y Doña Marta, en las tortugas, en la conversación con James, en cómo la había mirado.
Entró al edificio con una pequeña sonrisa en los labios.
Sin embargo, algo estaba mal. Lo notó de inmediato. En el elevador, dos empleadas que normalmente la saludaban, la miraron y luego se voltearon, susurrando entre ellas.
Emma frunció el ceño, confundida.
Bajó al sótano para guardar sus cosas en el casillero. Había varias mujeres ahí. Cuando entró, las conversaciones se detuvieron abruptamente.
Todas la miraron.
—Buenos días —dijo Emma, incómoda.
Algunas murmuraron respuestas, las demás simplemente se fueron.
Ella sintió un nudo en el estómago.
¿Qué estaba pasando?
Subió a comenzar su turno. En el piso dieciocho, pasó junto a una secretaria que siempre era amable con ella. Esta vez, la mujer la miró de arriba abajo con algo que parecía... desprecio.
Emma aceleró el paso, el corazón le latía más rápido.
Algo definitivamente estaba mal.
Terminó el piso dieciocho rápido. Necesitaba hablar con Leah, preguntarle qué pasaba.
Estaba bajando cuando escuchó voces en el pasillo del piso diecinueve.
—...no me sorprende. Siempre hay mujeres así.
—No lleva nada y ya se metió en la cama del jefe.
—Apuesto que por eso le dieron el piso veinte. Ya sabes, privilegios especiales.
Risas.
Emma se quedó paralizada detrás de la esquina. Claramente hablaban de ella.
Sintió como si le hubieran echado agua helada encima.
—Pobrecita, seguro pensó que nadie se daría cuenta.
—Clara dijo que los vio subirse juntos a su auto.
—Qué descarada.
Emma sintió náuseas.
Retrocedió lentamente, sin hacer ruido, y corrió hacia el elevador.
No podía respirar. No podía pensar.
Bajó al sótano, directamente al baño. Se encerró en un cubículo y se dejó caer contra la pared, temblando.
¿Cómo? ¿Cómo se habían enterado?
Ella había tenido tanto cuidado. Le había pedido a James que la dejara lejos del edificio justamente para evitar esto.
Pero alguien los había visto, y ahora todos pensaban que ella... que ella estaba...
Sintió lágrimas en sus ojos pero las contuvo.
No iba a llorar, no les iba a dar esa satisfacción.
Salió del baño con la cabeza en alto. Tenía que terminar su turno. Necesitaba este trabajo.
No obstante, al llegar a su casillero, se encontró con Clara esperándola.
Y Clara no estaba sola.
—Emma —la mujer se cruzó de brazos—. ¿Podemos hablar?
—Estoy ocupada.
—Será rápido —Claea dio un paso adelante—. Solo queremos saber... ¿Es cierto?
—¿Qué cosa?
—Que te estás acostando con el jefe.
Emma sintió como si le hubieran abofeteado—. ¿Qué? No. Por supuesto que no.
—Entonces, ¿Por qué te subiste a su auto ayer? —ladeó la cabeza—. Varias personas los vieron.
—Eso no es asunto tuyo.
—Ah, así que sí es cierto.
—¡No! —Emma alzó la voz—. No es lo que piensas. Él solo me llevó a tomar un café. Como amigos, eso es todo.
Las chismosas se rieron.
—¿Amigos? ¿El CEO y una empleada de limpieza? Por favor, no somos estúpidas.
—Piensa lo que quieras —Emma agarró sus cosas—. No te debo explicaciones.
Se fue de ahí con pasos firmes, pero por dentro se estaba desmoronando.
.
.
James se encontraba en su oficina revisando contratos cuando Margaret tocó la puerta.
—Adelante.
Margaret entró, y él notó de inmediato que algo andaba mal. Su asistente tenía una expresión tensa.
—Señor Blackwood, necesito hablar con usted sobre algo... delicado.
James dejó los documentos.
—¿Qué pasa, Margaret?
Ella cerró la puerta—. Hay un rumor circulando en el edificio. Sobre usted y Emma Mitchell.
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Editado: 27.03.2026