Renacer en el amor

¿Rendirse?

Treinta minutos después, la sala de conferencias principal estaba llena.

Empleados de todos los departamentos se acomodaban dentro, confundidos, murmurando entre ellos.

Emma permanecía al fondo, tratando de hacerse invisible. Había recibido el mensaje de la reunión de emergencia como todos los demás.

Su estómago estaba hecho un nudo.

Las puertas se abrieron y James entró.

No se veía como el CEO profesional y controlado de siempre. Se veía furioso.

El silencio cayó sobre la sala instantáneamente.

Él caminó al frente, mirando a cada persona.

—Me han llegado informes —su voz era fría como el hielo— de que hay un rumor circulando en este edificio. Un rumor sobre mí y sobre una de nuestras empleadas, Emma Mitchell.

Emma sintió que todos los ojos se volvían hacia ella. En ese preciso momento quiso desaparecer.

—Quiero dejar algo absolutamente claro —continuó—. Emma Mitchell es una empleada ejemplar. Trabaja duro, cumple con sus responsabilidades, y cualquier rumor sobre ella o sobre mí es completamente FALSO.

Su voz subió de volumen en la última palabra.

—No voy a tolerar este tipo de comportamiento en mi empresa. No voy a tolerar que se difame a ninguno de mis empleados, sea quien sea. Quien haya comenzado este rumor, quien lo haya difundido, está cometiendo una falta grave.

Hizo una pausa, dejando que sus palabras resonaran.

—Si descubro quién es responsable de esto, será despedido inmediatamente. Sin aviso previo, y sobre todo sin indemnización.

Miró alrededor de la sala, buscando alguna reacción, alguna señal de culpa.

Agatha, escondida entre la multitud, mantuvo su expresión perfectamente neutral.

Nadie dijo nada, nadie confesó.

—Emma Mitchell merece respeto. Como todos ustedes y, espero que de ahora en adelante, actúen como profesionales. ¿Quedó claro?

Murmullos de asentimiento.

—He dicho, ¿Quedó claro?

—Sí, señor —respondieron al unísono.

—Bien. Pueden retirarse.

La gente comenzó a salir, evitando mirarse entre sí.

Emma fue una de las primeras en irse, prácticamente corriendo hacia el elevador.

James la vio marcharse y sintió su corazón encogerse.

¡Maldición!

.

.

.

Emma pasó el resto del día evitando a James.

Cuando lo veía en el pasillo, cambiaba de dirección. Cuando él entraba al piso veinte, ella encontraba excusas para irse a otro piso.

No podía verlo, no podía hablar con él. Porque si lo hacía, el rumor se volvería real.

James lo intentó tres veces.

La primera vez, la vio en el pasillo y caminó hacia ella. Emma literalmente dio media vuelta y se metió al baño de mujeres.

La segunda vez, la llamó por su nombre, ella fingió no escuchar y siguió caminando.

La tercera vez, tocó la puerta del cuarto de suministros donde ella estaba. Emma esperó en silencio hasta que se fue.

Finalmente, desesperado, James le pidió a Margaret que interviniera.

La mujer bajó al sótano y encontró a Emma guardando sus cosas al final de su turno.

—Emma, el señor Blackwood necesita verte en su oficina.

La aludida negó con la cabeza—. Dile que estoy ocupada.

—Emma —Margaret bajó la voz—, no es una petición. Es una orden, y lo está pidiendo en privado para que nadie más las oiga…por favor.

Emma cerró los ojos, no tenía opción.

—Está bien.

Subió al piso veinte con pasos lentos, como si caminara hacia su ejecución.

Margaret no estaba en su escritorio. El pasillo estaba vacío.

Tocó la puerta de la oficina de James.

—Adelante.

Entró y cerró la puerta detrás de ella.

Él estaba parado junto a la ventana, mirando la ciudad. Se giró cuando ella entró.

—Emma.

—Señor Blackwood.

—James, por favor.

Ella no respondió. Se quedó junto a la puerta, lista para escapar.

James se acercó lentamente—. Emma, lamento mucho lo que pasó hoy. El rumor, la forma en que te trataron. Nada de eso debió pasar.

—No es su culpa.

—Pero sí lo es. Si no te hubiera invitado...

—Por favor, no —levantó una mano—. No quiero hablar de eso.

—Emma, escúchame —dio un paso más cerca—. No te preocupes de nada. Simplemente ignóralos, y si alguien te hace algo, si alguien te dice algo, me lo dices a mí. Yo me encargaré.

Emma lo miró, y había dolor en sus ojos.

—No puedo —confesó.

—¿No puedes qué?

—No podemos seguir hablando. No podemos... esto. Lo que sea que sea esto.

James sintió pánico.

—Emma...

—No quiero ser su amiga, no puedo…perdóneme.

—Espera, por favor...

Pero Emma ya estaba abriendo la puerta.

—Adiós, señor Blackwood.

Y se fue.

James se quedó parado en medio de su oficina, mirando la puerta cerrada. Por primera vez en años, sintió algo parecido al pánico verdadero.

.

.

El resto del día pasó en una niebla.

James no pudo concentrarse en nada. Firmó documentos sin leerlos, respondió correos con respuestas de una sola palabra. En una llamada de conferencia, tuvo que pedir que le repitieran la pregunta tres veces.

A las cinco de la tarde, tenía una reunión con Eduard.

Su amigo entró a la oficina hablando sobre cifras de inversión, sobre proyecciones trimestrales, sobre una nueva adquisición potencial.

James lo miraba pero no lo escuchaba.

—...y entonces pensé que podríamos diversificar hacia el sector tecnológico. ¿Qué opinas, James?

Se hizo un silencio.

—¿James?

Él parpadeó—. ¿Qué?

Eduard dejó los papeles sobre el escritorio y se cruzó de brazos.

—No has escuchado una palabra de lo que he dicho en los últimos diez minutos.

—Lo siento.

Eduard se sentó frente a él, estudiándolo.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Viejo, te conozco. ¿Qué está pasando?

James se pasó las manos por la cara—. ¿Escuchaste sobre el rumor?

—¿El de Emma? Sí, me llegó.




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