Los días pasaron con una lentitud dolorosa.
James lo intentó. Dios sabe que lo intentó.
El lunes, esperó a Emma en el pasillo del piso veinte. Cuando ella salió del elevador y lo vio, dio media vuelta y bajó por las escaleras.
El martes, le envió un mensaje a través de Margaret. Emma respondió con un frío “Gracias, pero no es necesario”
El miércoles, tocó la puerta del cuarto de suministros donde sabía que ella estaba. Emma esperó en silencio hasta que se fue. El jueves, la encontró en la cafetería. Se acercó con dos tazas de café. Emma lo vio venir, dejó su almuerzo a medias, y se fue.
El viernes, James se rindió, o al menos, dejó de intentar acercarse directamente.
Pero no dejó de buscarla.
.
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La semana siguiente fue diferente.
James no la persiguió. No la esperó en pasillos, no le mandó mensajes.
Pero la observaba.
No podía evitarlo.
Cada mañana, a las ocho en punto, Emma entraba al edificio. James había ajustado su horario para llegar a las siete y media. Desde la ventana de su oficina en el piso veinte, podía ver la entrada principal.
La veía llegar, siempre puntual, siempre con el cabello recogido en una cola de caballo. Siempre con ese uniforme azul que la hacía ver hermosa de todas formas.
A las una, bajaba a la cafetería. Se sentaba en la misma mesa, la del rincón junto a la ventana que daba al pequeño jardín interior del edificio, comía sola. Siempre traía su almuerzo de casa en un táper de plástico.
James empezó a bajar también a la misma hora. Se sentaba en el otro extremo de la cafetería, escondido detrás de un documento que fingía leer. Solo para verla.
La veía masticar despacio, perdida en sus pensamientos. A veces sacaba su teléfono y miraba fotos. James no podía ver qué fotos, pero la veía sonreír. Una sonrisa pequeña, probablemente de sus hijos.
Después la veía empujando su carrito de limpieza hacia el elevador de servicio. El carrito era casi tan grande como ella, sin embargo, lo manejaba con facilidad.
Subía al piso dieciocho primero, luego al diecinueve. Finalmente, al veinte.
James siempre se aseguraba de no estar en su oficina cuando ella llegaba. Se inventaba reuniones, llamadas importantes, cualquier excusa para estar ausente. Porque si estaba ahí, no podría evitar hablarle y ella había dejado claro que no quería eso.
Pero a veces, volvía temprano. A propósito, solo para verla de lejos.
La veía limpiar las ventanas, aspirar las alfombras, sacudir el polvo de los estantes, cuidadosa de no mover ningún objeto importante…y cada vez que la veía, sentía esa opresión en el pecho. Ese anhelo de acercarse, de hablar con ella, de escuchar su voz.
A las tres, terminaba su turno. James la observaba salir del edificio desde su ventana, la veía caminar hacia la parada del autobús, esperar y subir.
Y luego ella desaparecía.
Él se quedaba ahí, sintiendo ese vacío que se hacía más grande cada día.
.
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Fue un martes cuando Eduard lo encontró.
James estaba en la cafetería. Once y diez de la mañana. Emma en su mesa del rincón. James en la suya, escondido detrás de un par de hojas.
Eduard se sentó frente a él sin pedir permiso.
—Ajá.
James bajó el documento.
—¿Qué?
Su amigo señaló con la cabeza hacia Emma.
—La estás mirando, otra vez.
—No sé de qué hablas.
—Por favor. Llevas días seguidos viniendo a la cafetería a las once en punto. Tú que siempre almuerzas en tu oficina.
James no respondió.
Eduard se inclinó hacia adelante, bajando la voz.
—Si sigues así, vas a terminar obsesionado.
—Puede ser —admitió con un suspiro—. Pero amigo, de verdad no sé qué pasó. No sé cómo explicártelo. No puedo dejar de buscarla con los ojos.
—¿Y qué sabes de ella? Aparte de que trabaja aquí.
—Está divorciándose. Tiene dos hijos. Su postre favorito es el pastel de zanahoria.
Eduard alzó una ceja—. ¿Pastel de zanahoria?
—Lo descubrí cuando fuimos a la cafetería de Doña Marta.
—Espera, espera —levantó una mano—. Retrocede. ¿Tiene hijos?
—Sí. Una niña de cinco y un niño de siete.
—¿Y por qué no me lo dijiste antes?
James se encogió de hombros.
—No pensé que fuera relevante.
Eduard soltó una risa incrédula.
—¿No relevante? James, ¿Cómo crees que puedes acercarte a ella?
—No tengo idea. Por eso estoy aquí sentado como un acosador.
—La mejor manera de acercarte a ella y que te quiera en su vida es a través de sus hijos.
James lo miró fijamente.
—¿Cómo?
—Piénsalo —se acomodó en su silla—. Ella es madre. Sus hijos son su prioridad. Si quieres que te deje entrar en su vida, tiene que ver que eres alguien confiable. Alguien amable, alguien con quien sus hijos estarían seguros.
James procesó las palabras lentamente.
—Claro. ¿Cómo no lo pensé antes?
—Porque estás demasiado ocupado espiándola desde lejos.
James ignoró el comentario—. ¿Pero cómo? No puedo simplemente acercarme a sus hijos. Eso sería... raro.
Eduard sonrió, y él reconoció esa sonrisa. Era la sonrisa de cuando tenía una idea brillante.
—¿Qué?
—Organiza algo, un evento. Algo donde los empleados puedan traer a sus familias.
—¿Un evento corporativo con niños?
—No un evento corporativo —Eduard negó con la cabeza—. Algo divertido, para los niños ¿Sabes qué? El Día del Niño es en dos semanas.
James parpadeó—. ¿Y?
—Organiza una fiesta. Un día en un parque. Juegos inflables, animadores, comida, regalos. Invita a todos los empleados. Los que tienen hijos, que los traigan.
—¿Una fiesta infantil?
—Una fiesta infantil —asintió—. Piénsalo. Ambiente relajado, fuera de la oficina. Emma tendría que traer a sus hijos. Tú podrías conocerlos, interactuar con ellos. Demostrarle que no eres solo su jefe. Que eres... alguien en quien puede confiar.
Él castaño se quedó en silencio, considerándolo. No era una mala idea, de hecho, era brillante.
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Editado: 27.03.2026