Emma se despertó con los nervios revoloteando en su estómago como mariposas enloquecidas.
Era ridículo, pues solo era una fiesta. Una fiesta infantil organizada por su jefe. Nada especial, nada de qué ponerse nerviosa.
Pero sus manos temblaban mientras trataba de peinarse frente al espejo.
—Mami, ¿Ya es hora? —Mía apareció en la puerta del baño, aún en pijama, con los ojos brillantes de emoción.
Emma miró su reloj. Siete de la mañana. La fiesta empezaba a las once.
—Todavía faltan cuatro horas, mi amor.
—¡Eso es mucho tiempo! —Mia se dejó caer dramáticamente contra el marco de la puerta.
Emma no pudo evitar sonreír. Hace tanto que no veía a su hija así de emocionada por algo.
—Ve a desayunar. Después te ayudo a arreglarte.
Mia salió corriendo, gritando: —¡Noah! ¡Mami dice que ya casi es hora!
La rubia escuchó la voz adormilada de su hijo desde su habitación: —Mía, son las siete de la mañana.
—¡Pero es el día de la fiesta!
Emma sacudió la cabeza, sonriendo a pesar de sus nervios. Se miró en el espejo. Había elegido un vestido casual de verano, azul claro con pequeñas flores blancas. Nada elegante, nada llamativo. Solo... bonito.
¿Por qué le importaba tanto cómo se veía?
Sabía la respuesta, y eso la ponía aún más nerviosa.
.
.
Cuando llegaron al Parque Central a las once menos diez, Emma se quedó sin aliento.
Las fotos no le hicieron justicia.
El área de eventos estaba transformada en un país de las maravillas infantil. Arcos gigantes de globos de colores decoraban la entrada. Pancartas brillantes colgaban entre los árboles. Mesas decoradas con manteles coloridos estaban dispuestas por todas partes.
Y los juegos inflables.
Dios, los juegos inflables eran enormes.
Un castillo de tres pisos de altura dominaba el centro del área. A su lado, un tobogán gigante con forma de dragón. Una pista de obstáculos serpenteaba a lo largo. Todo en colores brillantes que hacían que el lugar pareciera sacado de un cuento de hadas.
—¡MAMI! —Mia gritó, jalando su mano—. ¡MIRA! ¡ES ENORME!
Noah, normalmente más reservado, tenía los ojos como platos.
—¿Podemos ir? ¿Ahora?
Emma los sujetó—. Esperen. Primero tengo que registrarlos.
Caminaron a la entrada donde había una mesa con varias empleadas tomando nombres.
—Emma Mitchell, y dos niños.
La chica marcó algo en su lista.
—Mia y Noah, ¿Verdad?
—Sí.
Les entregó tres pulseras de colores—. Verde para los adultos, amarillo para los niños. Hay comida, juegos y regalos…disfruten.
Tan pronto como les puso las pulseras a Mia y Noah, ambos salieron corriendo en dirección a los juegos inflables, uniéndose a la multitud de niños que ya estaban ahí.
Emma se quedó parada, sintiéndose extrañamente sola entre tanta gente.
Miró alrededor. Había empleados por todas partes, la mayoría con sus familias. Conversando, riendo, relajados.
Y de pronto lo vio.
James estaba cerca del castillo inflable, hablando con uno de los animadores. Vestía ropa casual, jeans oscuros y una camisa blanca de manga larga arremangada hasta los codos. Se veía... diferente y increíblemente guapo.
Como si sintiera su mirada, James volteó.
Sus ojos se encontraron.
Emma sintió su corazón dar un salto. Rápidamente desvió la mirada y se dirigió a una de las mesas vacías, fingiendo buscar algo en su bolso.
"Ignóralo", se dijo a sí misma. "Viniste por los niños. Solo por los niños."
Pero podía sentir su presencia incluso sin mirarlo.
.
.
James la había visto en el momento en que llegó.
No podía no verla.
Ese vestido azul con flores. Su cabello suelto por primera vez desde que la conocía, cayendo en ondas suaves sobre sus hombros. La forma en que sonreía mientras hablaba con sus hijos.
Era hermosa.
Había querido acercarse inmediatamente. Saludarla, preguntarle cómo estaba.
Pero se contuvo.
Organizó todo esto para demostrarle que era más que solo su jefe. Para que lo viera en un contexto diferente, para conocer a sus hijos.
No podía arruinarlo siendo demasiado ansioso.
Así que se obligó a mantenerse ocupado. Revisando que todo funcionara, hablando con los empleados, asegurándose de que la comida llegara a tiempo.
Sin embargo, sus ojos seguían buscándola.
La vio sentarse sola en una mesa, sacar su teléfono y mirar hacia donde sus hijos jugaban con una sonrisa. Luego la vio levantarse y alejarse hacia el área de juegos.
James esperó cinco minutos antes de seguirla discretamente.
Emma caminaba entre los diferentes juegos, buscando a Mía y Noah con la mirada.
Los encontró fácilmente. Mía estaba en el castillo inflable, saltando con otros niños. Noah en la pista de obstáculos, tratando de subir un muro inflable.
Sonrió; lucían felices. Eso era lo que importaba.
Decidió darles su espacio. Exploró el área, admirando la cantidad de detalles que James había puesto en esto.
Pintacaritas, donde una artista maquillaba a los niños con diseños elaborados. También un mago haciendo trucos para un grupo de niños fascinados. Artistas de globoflexia creando espadas y flores de globos.
Era perfecto…demasiado perfecto.
.
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En otra parte, había un juego de estilo carnavalesco, que era de lanzar pelotas a botellas apiladas en forma de pirámide.
Varios niños lo intentaban, y la mayoría fallaban.
Llegó el turno de una pequeña niña, de cabello castaño en coletas, con un vestido rosa con volantes.
Mía.
Ella estaba muy concentrada con la lengua asomando ligeramente entre los labios. Lanzó la pelota, y falló. La bola rebotó contra el borde de una botella sin derribarla.
Mía hizo un puchero. El empleado encargado del juego le dio otra pelota.
La pequeña lanzó otra vez, esta vez ni siquiera tocó las botellas.
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Editado: 04.04.2026