Renacer en el amor

Él comienzo de algo nuevo

La fiesta terminó a las seis de la tarde.

El sol comenzaba a descender en el horizonte. Los empleados recogían sus cosas, empacaban los juguetes y regalos de sus hijos, despidiéndose unos de otros.

Emma buscaba a Mia y Noah entre la multitud dispersándose. Los encontró cerca de la estación de pintacaritas, ambos con las caras pintadas. Mía tenía una mariposa enorme en una mejilla. Noah tenía un tigre.

—Es hora de irnos, niños.

Mía hizo un puchero—. ¿Ya? ¿No podemos quedarnos un poquito más?

—Ya cerraron todo, mi amor. Mira, ya casi no hay nadie.

Noah bostezó, claramente agotado pero feliz—. Está bien. Fue el mejor día de mi vida.

La rubia sintió su corazón derretirse—. Me alegro mucho.

Comenzaron a caminar hacia la salida. Emma cargaba el unicornio gigante de Mia, mientras Mia cargaba su set de arte y Noah su bolsa de libros.

—¿Emma?

Ella se giró. James caminaba hacia ellos, con las manos en los bolsillos.

—¿Se van ya?

—Sí. Tenemos que tomar el autobús antes de que oscurezca mucho.

James frunció el ceño—. ¿El autobús? —miró a los niños cargados de cosas—. No, déjame llevarlos.

Emma abrió la boca para negarse.

—¡SÍ! —Mía gritó antes de que Emma pudiera hablar—. ¡Por favor, mami!

Noah, más tímido, asintió con entusiasmo.

Emma miró a James, quien sonreía sin disimulo alguno.

—De verdad, no es molestia. Ya está oscureciendo y llevan muchas cosas.

Ella sabía que debería decir que no. Sabía que subir a su auto otra vez, especialmente con sus hijos, complicaba aún más las cosas.

Pero los ojos suplicantes de Mía y la sonrisa esperanzada de Noah la derritieron.

—Está bien —suspiró—. Gracias.

.

.

El Mercedes estaba estacionado en el área VIP. James abrió las puertas traseras para los niños. Emma los ayudó a abrocharse los cinturones mientras él guardaba todas sus cosas en el maletero.

—¿A dónde vamos? —preguntó, mirándola.

Emma le dio la dirección del departamento de Amelia. El trayecto fue sorprendentemente cómodo.

Mía hablaba sin parar desde el asiento trasero sobre todo lo que había hecho en la fiesta. El castillo inflable, las pintacaritas, el mago, el pastel.

Noah ocasionalmente añadía comentarios sobre sus nuevos libros.

James escuchaba, hacía preguntas, se reía con las anécdotas de Mia. Y Emma lo observaba, sintiendo algo crecer en su pecho.

Veinte minutos después, llegaron al edificio de Amelia.

—Es aquí.

James se estacionó y apagó el motor.

Emma respiró profundo—. Gracias. Por todo, por la fiesta, por traernos.

Él la miró, y había una intensidad en sus ojos que hizo que su respiración se atascara.

—De nada.

Bajaron sus cosas, y antes de que ella abriera la puerta, se volteó y le dijo:

—¿Quieres... quieres subir? A tomar un café o algo. Digo, esta es la casa de mi hermana, pero... estás bienvenido.

James parpadeó, sorprendido—. Yo...

—¡SÍ! —Mía terminó por abrir la puerta—. ¡Ven, James! ¡Te voy a mostrar mi cuarto!

—Tengo más libros arriba. Puedes verlos si quieres—se sumó Noah.

Ambos niños tomaron sus manos, una cada uno, y comenzaron a jalarlo.

James miró a Emma por encima del hombro, con una expresión divertida y sorprendida.

Ella se rió, tapándose la boca.

No había vuelta atrás ahora.

.

.

Amelia abrió la puerta al segundo toque.

Sus ojos se agrandaron cuando vio a ese hombre parado ahí, siendo jalado por Mia y Noah.

—Hola. Tú debes ser James.

Él extendió la mano que Noah acababa de soltar—. James Blackwood. Mucho gusto.

—Amelia. La hermana de Emma —estrechó su mano con una sonrisa que Emma conocía muy bien. La sonrisa de “tenemos mucho de qué hablar después”.

—Tía Amelia, James nos trajo a casa. ¡Y me ganó este unicornio enorme! ¿Lo ves?

—Lo veo, mi amor. Es hermoso.

Amelia se hizo a un lado.

—Pasen, pasen. No se queden en la puerta.

El departamento de Amelia era pequeño pero acogedor. Muebles cómodos, fotos familiares en las paredes, juguetes de los niños esparcidos por aquí y allá.

—¿Té? ¿Café? —Amelia ofreció.

—Yo me encargo —Emma dijo rápidamente—. Tú descansa.

Amelia captó la indirecta inmediatamente.

—Ah, sí. De hecho, estoy un poco cansada. Creo que me voy a recostar un rato —miró a los niños—. ¿Por qué no van a cambiarse de ropa? Y pueden jugar con sus regalos nuevos.

Mía y Noah no necesitaron que se lo dijeran dos veces. Corrieron a su habitación.

La castaña le guiñó un ojo a Emma antes de desaparecer a su propia habitación.

Emma y James se quedaron solos en la sala.

—Siéntate, por favor —señaló el sofá—. Voy a preparar té.

—¿Necesitas ayuda?

—No, está bien. Solo... ponte cómodo.

En ese momento escapó a la cocina, necesitando un momento para respirar.

James Blackwood estaba en el departamento de su hermana. Sentado en el sofá, esperándola.

Esto era real. Estaba pasando de verdad.

Puso agua a hervir con manos temblorosas.

.

.

Diez minutos después, regresó con dos tazas de té humeante.

James miraba las fotos en la pared. Fotos de Emma con Mia y Noah. De Amelia con los niños, de toda la familia junta.

—Son hermosas —susurró cuando ella se acercó.

—Gracias —le entregó una taza y se sentó en el otro extremo del sofá, dejando un espacio prudente entre ellos.

Él se sentó también, tomando un sorbo de té.

—James —Emma comenzó—, quiero darte las gracias, enserio. Por lo amable que fuiste hoy, por lo cariñoso que fuiste con mis hijos.

James negó con la cabeza—. No tienes que agradecerme. Son niños increíbles. Mia es... llena de vida, y Noah es tan inteligente, tan observador. Son cariñosos y lindos. A pesar de que tienen personalidades completamente diferentes, son... especiales.

Emma sintió lágrimas empañando su mirada—. Lo son.




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