James
Llegué a mi casa esa noche del sábado y me quedé sentado en mi auto durante diez minutos sin poder moverme.
No podía procesar todo lo que había pasado. Cerré los ojos y lo ocurrido volvió a mí.
Mía con esos ojos verdes brillando de frustración en el juego de bolos. La forma en que se iluminó cuando derribé las botellas como me abrazó, pequeña y confiada, como si me conociera de toda la vida.
Noah, tímido pero valiente, invitándome a ver al mago. La forma en que habló sobre los libros con esa inteligencia que te hace olvidar que solo tiene siete años.
Y Emma.
Dios, Emma.
La vi llegar al parque esa mañana y algo en mi pecho se apretó tanto que casi no podía respirar.
No llevaba su uniforme de trabajo. Llevaba ese vestido floreado. Su cabello suelto, cayendo en ondas sobre sus hombros. Un toque ligero de maquillaje que resaltaba esos ojos verdes que me persiguen hasta en sueños.
Era hermosa. No, más que hermosa.
Era deslumbrante.
Y cuando la vi con sus hijos, riéndose con Mía, abrazando a Noah, con esa ternura y fuerza que solo las madres tienen, sentí algo que no había sentido en cinco años.
Anhelo.
No solo por ella…por todo. Por esa familia, por esos momentos simples de risas y abrazos, por ser parte de algo así.
Abrí los ojos y miré mi casa a través del parabrisas…grande, vacía, silenciosa.
Siempre había sido suficiente. Después de Catherine, había sido incluso un alivio. No tener que llenar el silencio, no tener que fingir que estaba bien.
Pero ahora, después de pasar el día rodeado de risas de niños y la sonrisa de Emma, mi casa se sentía... muerta.
Entré finalmente. Dejé mis llaves en la mesita de la entrada, me quité los zapatos. Me senté en el sofá de mi sala, en la oscuridad, pensando.
¿Cómo podía alguien no valorar lo que Emma tiene? ¿Cómo podía su esposo, haberla engañado? ¿Haberla lastimado?
¿Cómo podía no ver a esos niños increíbles? Mía con su energía desbordante y su corazón enorme. Noah con su inteligencia y su manera de observar el mundo.
Pasé una tarde con ellos y ya no puedo imaginar no volver a verlos.
¿Cómo es posible que su propio padre pueda?
Me llevé las manos a la cara, frotándome los ojos. Quiero volver a verlos, a todos, a Emma, a Mía, a Noah. Quiero sentarme en ese sofá del departamento de Amelia y tomar té con Emma mientras los niños juegan.
Quiero que Mía me muestre sus pinturas, hablar de libros con Noah.
Quiero...quiero una familia.
Y ese pensamiento me golpeó como un puñetazo. Porque significa algo importante, algo que me ha estado aterrorizando desde que conocí a Emma.
Significa que estoy listo para seguir adelante.
No para olvidar a Catherine, nunca podría olvidarla, nunca querría hacerlo.
Pero sí para vivir de nuevo, para amar de nuevo.
Me levanté y caminé hacia mi habitación. En la mesita de noche, está la foto enmarcada. Catherine, sonriendo en nuestro día de boda.
La tomé con cuidado.
—Conocí a alguien —le dije en voz baja—. Se llama Emma, y tiene dos hijos. Y creo... creo que podría amarla.
Esperé. No sé qué esperaba. ¿Culpa? ¿Dolor?
Sin embargo, lo que sentí fue... paz.
Como si Catherine estuviera ahí, sonriéndome, diciéndome que está bien. Que ella quiere que sea feliz.
Dejé la foto en su lugar y me acosté.
Por primera vez en cinco años, no soñé con Catherine muriendo en esa cama de hospital. Soñé con Emma sonriendo, con Mía abrazándome, con Noah mostrándome un libro.
Soñé con un futuro.
.
.
El lunes por la mañana llegué a la oficina más temprano de lo usual.
Las seis y media, una hora antes de que Emma llegara.
Necesitaba estar ahí cuando ella entrara. Necesitaba verla.
Me quedé en mi oficina, revisando correos que no me importaban, firmando documentos sin leerlos realmente.
A las siete y cuarenta y cinco bajé al lobby, tarde me di cuenta que llevaba el maletín en la mano. Y al salir del elevador, la vi.
Llevaba su uniforme de trabajo, sí. Pero algo era diferente. Se había maquillado. Solo un toque, pero suficiente para resaltar sus ojos. Su cabello estaba peinado con más cuidado, cayendo en ondas.
Y cuando nuestros ojos se encontraron, sentí como si alguien me hubiera dado un puñetazo en el pecho.
No podía respirar.
Ella se detuvo también, a medio paso.
Nos miramos, y luego, lentamente, ambos sonreímos.
Sentí mariposas en mi estómago…mariposas.
Yo, un hombre de treinta y ocho años, CEO de una empresa multimillonaria, sintiendo mariposas como un adolescente.
Y no me importó.
Emma bajó la mirada primero, sonrojándose, y se dirigió a los elevadores.
La dejé ir, pero la sonrisa no desapareció de mi rostro en toda la mañana.
.
.
A las once bajé a la cafetería. Ya no me escondía detrás de un informe. Ya no fingía no verla.
Emma estaba en su mesa de siempre, la del rincón junto a la ventana. Cuando me vio entrar, se tensó ligeramente. Pero luego sonrió.
Le devolví la sonrisa y me senté en una mesa al otro lado de la cafetería. No demasiado cerca, no quería incomodarla.
Pero la miraba y ella me miraba. Y ambos sonreíamos como tontos.
Noté que algunos empleados nos observaban, vi los murmullos, las miradas curiosas…decidí que no me importaba.
No me importaba lo que pensaran, no me importaban los rumores. Tengo un objetivo en mente, uno solo.
Conocer a Emma, de verdad, completamente. Nada ni nadie va a detenerme.
Por la tarde comencé a planear. Ella llegaría al piso veinte alrededor de las doce y media, como siempre.
Necesitaba estar a solas con ella, sin interrupciones, sin otros empleados cerca.
Llamé a Margaret a mi oficina.
—Margaret, necesito que organices una reunión.
—¿Con quién, señor?
—Con todos los ejecutivos del piso veinte. En la sala de conferencias del piso quince.
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Editado: 15.04.2026