Renacer en el amor

Un día perfecto

El sábado amaneció con un cielo despejado y brillante, como si hasta el clima conspirara para que ese día fuese perfecto.

Emma se despertó a las siete de la mañana con mariposas en el estómago. Había dormido mal, dando vueltas toda la noche, nerviosa y emocionada en partes iguales.

Hoy era el día, la cita, con James y con sus hijos.

Se levantó y fue directo a la habitación de Mía y Noah. Todavía dormían, acurrucados en sus camas. Se veían tan pequeños, tan inocentes. Sintió un nudo en la garganta, estaba a punto de presentarles formalmente a un hombre como alguien importante en su vida. Alguien que podría quedarse, o irse.

¿Hacía lo correcto?

De pronto recordó la sonrisa de Mía cuando hablaba de James. La forma en que Noah había dicho “me agrada, es diferente a papá” y entendió que sí, que esto era correcto.

—Niños —dijo suavemente, acariciando sus cabezas—. Despierten, hoy es el día.

Mía abrió los ojos inmediatamente y se sentó de golpe—. ¿Ya es hora? ¿Ya vamos a ver a James?

Emma se rió.

—Aún no, mi amor. Viene a recogernos a las diez. Pero tenemos que desayunar y arreglarnos.

Noah se frotó los ojos—. ¿A dónde vamos a ir?

—No lo sé. Es una sorpresa.

En las siguientes dos horas Emma preparó el desayuno mientras Mia cambiaba de outfit cada cinco minutos, y Noah insistía en llevar su libro de “El Principito” por si acaso.

Amelia observaba todo desde el sofá, sonriendo con complicidad—. Estás nerviosa —le dijo a Emma cuando pasó corriendo hacia el baño por quinta vez.

—No estoy nerviosa.

—Acabas de ponerte el rímel en la mejilla.

La rubia se miró en el espejo y maldijo en voz baja. Amelia se rio.

Cuando quedaban cinco minutos para la hora, Emma estaba lista, con un vestido sencillo pero bonito, azul marino. Cabello suelto en ondas y maquillaje natural.

Mía llevaba su vestido favorito, el rosa con volantes. Noah, jeans y una camisa de superhéroes.

El timbre sonó exactamente a las diez.

Emma respiró profundo y abrió la puerta.

James estaba ahí, y ella se quedó sin aliento.

No llevaba su traje de siempre. Vestía jeans oscuros y una camisa blanca de manga larga arremangada hasta los codos. Se veía... normal, increíblemente apuesto. En sus manos llevaba flores. Un ramo de lirios blancos.

—Hola —dijo con una sonrisa un poco tímida.

—Hola —respondió, sintiendo sus mejillas sonrojadas.

—¡JAMES! —Mía salió corriendo y se lanzó a sus brazos.

James se rió, casi dejando caer las flores, Pero logró atraparla— Hola, pequeña. ¿Lista para nuestra aventura?

—¡Sí! ¿A dónde vamos?

—Es una sorpresa.

Noah se acercó más tímidamente, pero James lo saludó con un choque de puños que hizo sonreír al niño—. ¿Trajiste tu libro?

Noah asintió, mostrándoselo.

—Excelente. Tal vez después podemos leer un poco juntos.

Los ojos del niño se iluminaron.

James se enderezó y le entregó las flores a Emma—. Para ti.

Ella las tomó, se sintió como una adolescente en su primera cita—. Son hermosas, gracias.

Amelia apareció detrás de Emma.

—Vayan, diviértanse, pásenla muy bien.

El Mercedes estaba estacionado afuera. Cuando todos estuvieron dentro, James arrancó el motor.

—¿Listos?

—¡SÍ! —gritó la pequeña.

Él sonrió y comenzó a manejar. Mía hablaba sin parar desde el asiento trasero. Preguntando a dónde iban, comentando sobre cada edificio que pasaban, cantando canciones.

Noah estaba más callado, mirando por la ventana, pero Emma podía ver una pequeña sonrisa en sus labios.

James escuchaba todo. Respondía las preguntas de Mia, se reía con sus comentarios, le preguntaba a Noah qué veía por la ventana.

Emma los observaba. Esto, esto era lo que siempre quiso. Esto era lo que Colton nunca le había dado.

Después de treinta minutos, James se estacionó frente a un edificio

Emma leyó el letrero “Acuario Nacional”

—¿El acuario?

—Pensé que a los niños les gustaría. ¿Está bien?

—¿Que sí está bien? Es perfecto.

Mía ya estaba tratando de quitarse el cinturón de seguridad—. ¡QUIERO VER LOS PECES! ¡QUIERO VER LOS TIBURONES!

Noah, también se veía emocionado—. ¿Tienen pingüinos?

—Tienen pingüinos —James le confirmó.

Entraron al acuario, que era impresionante. Techos altos, tanques enormes, luz azul por todas partes.

Mia corrió hacia el primer tanque, presionando su carita contra el vidrio.

—¡Mami! ¡Mira! ¡Hay un pez naranja gigante!

Emma se acercó, pero sintió una mano en su espalda baja. James, la guiaba suavemente.

Pasaron las siguientes dos horas explorando. Vieron medusas flotando como fantasmas luminosos. Rayas deslizándose por el fondo. Un pulpo escondiéndose en una cueva.

Cuando llegaron al túnel de tiburones, Mia se aferró a la mano de James.

—¿Me van a comer?

James se agachó a su altura.

—No. Estás completamente segura. Mira, el vidrio es muy, muy grueso.

Golpeó el vidrio suavemente para demostrárselo.

Mia lo miró con ojos grandes.

—¿Estás seguro?

—Completamente. Y además, yo estoy aquí. No voy a dejar que nada te pase.

Mia sonrió y se relajó, pero no soltó su mano.

Caminaron por el túnel con Mia agarrada de James con una mano y Emma con la otra. Noah iba del otro lado de Emma, leyendo cada cartel informativo con atención.

Emma miró a James por encima de las cabezas de los niños. Él la estaba mirando también.

Y sonrieron. Esa sonrisa que decía 'esto es increíble, ¿verdad?'.

Cuando llegaron al área de pingüinos, Noah se quedó parado frente al tanque durante quince minutos, observando cada movimiento.

James se sentó en un banco cercano con Emma mientras Mia corría entre los tanques cercanos.

—Gracias por esto.

—No tienes que agradecerme. Me estoy divirtiendo.

—¿Enserio?

—Sí. Mira a Noah, parece encantado.




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