El domingo amaneció con los rayos del sol que se filtraban por las cortinas del departamento de Amelia.
Emma abrió los ojos lentamente, sintiendo algo diferente. Algo cálido y esperanzador que no sintió en años.
Se quedó acostada por un momento, reviviendo cada segundo del día anterior. La sonrisa de James cuando llegó con las flores, La mano de Mia aferrándose a la suya en el túnel de tiburones, Noah diciéndole “Sé que tú eres bueno, con nosotros y con mamá”. El momento en el parque cuando James le dijo que quería ser alguien que se quedara.
Emma se llevó los dedos a los labios, sonriendo como una tonta.
Un grito desde la habitación de los niños la sacó de sus pensamientos.
—¡MAMI! ¡YA ME DESPERTÉ!
Ella se rió y se levantó. Al entrar a la habitación, Mía ya estaba sentada en su cama, con el peluche de tortuga que James le había comprado apretado contra su pecho.
—Buenos días, mi amor.
—Mami, ayer fue el mejor día de mi vida.
—¿Sí?
—Sí. James es muy amable y divertido, y me compró a Shelly.
—¿Shelly?
Mía levantó la tortuga—. Le puse nombre. Shelly la tortuga.
Emma se sentó en la cama y abrazó a su hija—. Me alegro mucho, bebé.
Noah apareció en la puerta, todavía en pijama, con su libro nuevo bajo el brazo.
—Mamá, ¿Cuándo vamos a volver a ver a James?
—No lo sé, cariño. Pronto, espero.
—¿Hoy? —Mía preguntó esperanzada.
—No creo que hoy, mi amor. James tiene sus propias cosas que hacer.
La niña hizo un puchero, pero asintió.
El resto de la mañana desayunaron, vieron dibujos animados, Mía jugaba con Shelly, y Noah leía su libro nuevo en el sofá.
Emma ayudó a Amelia con los platos.
—Te ves feliz —comentó su hermana, secando un plato.
—Lo estoy—confesó sin temor.
—Bien. Te lo mereces…¿Entonces? ¿Qué pasa ahora con ustedes?
—No lo sé. Ayer fue... perfecto. Pero no hablamos de qué somos oficialmente.
—¿Quieres que sea más formal?
Emma se quedó en silencio por un momento—. Sí. Sí quiero.
—Pues díselo.
—No es tan fácil.
—¿Por qué no?
—Porque tengo miedo. De que sea demasiado pronto, de que se asuste $e que...
El teléfono de Emma sonó, interrumpiéndola. Miró la pantalla, un número desconocido.
Normalmente no contestaba números desconocidos los domingos, pero algo le dijo que lo hiciera.
—¿Hola?
—¿Emma? Soy Ricardo Mendoza.
—Hola, Ricardo. ¿Pasó algo?
—Sí. Buenas noticias, en realidad. Logré acelerar el proceso. Tenemos fecha para la audiencia preliminar.
Emma sintió su corazón acelerarse—. ¿Cuándo?
—Este viernes. Sé que es pronto, pero el juez tuvo una cancelación y aproveché. Entre más rápido resolvamos esto, mejor.
—Viernes. Este viernes.
Emma se apoyó contra la pared, sintiendo las piernas débiles.
—Necesito que vengas mañana a mi oficina para repasar tu testimonio. ¿Puedes a las dos?
—Sí. Sí, puedo.
—Perfecto. Emma, no te preocupes. Estamos muy bien preparados. Vamos a ganar esto.
—Está bien. Gracias, Ricardo.
—Nos vemos mañana.
Emma colgó y se quedó ahí, paralizada.
Viernes. En cinco días estaría frente a un juez. En cinco días se decidiría si se quedaba con sus hijos o si Colton...
No, no podía pensar en eso.
—¿Emma? —Amelia estaba a su lado—. ¿Qué pasó?
—La audiencia. Es el viernes.
—¿Este viernes?
—Sí.
Emma sintió las lágrimas comenzar a caer—. Amelia, tengo tanto miedo.
Ella la abrazó fuerte—. Shh. Va a estar bien. Tienes al mejor abogado, tienes las pruebas y tienes a James de tu lado.
Emma asintió contra el hombro de su hermana, pero el miedo no se iba.
A las seis de la tarde, el timbre sonó. La rubia se limpió las lágrimas, llanto que la había acompañado por horas.
James estaba ahí, sosteniendo una caja grande de la pastelería de Doña Marta.
—Hola —dijo con una sonrisa—. Pensé que podríamos cenar juntos. Traje pastel.
Emma lo miró y sintió que iba a romper a llorar de nuevo.
Él notó y su expresión de inmediato—. ¿Qué pasó? ¿Estás bien?
—Yo... sí. Es solo... pasa.
Entró y dejó el pastel en la mesa. Mía corrió hacia él en cuanto lo vió.
—¡JAMES! ¡Viniste!
Se lanzó a sus brazos y él la atrapó—. Hola, pequeña. ¿Cómo estuvo tu día?
—¡Bien! Le puse nombre a mi tortuga. Se llama Shelly.
—Es un nombre muy bonito.
Noah se acercó más tímidamente—. Hola, James.
—Hola amigo ¿Cómo va el libro?
—Ya voy en la mitad. Es muy interesante.
—Me alegro mucho.
Amelia apareció desde la cocina, secándose las manos—. James. Qué bueno verte. ¿Te quedas a cenar?
—Si no es molestia.
—Para nada. Hice pollo al horno con papas y veo que trajiste postre.
—Pastel de tres leches—sonrió—. Para todos.
La cena fue cálida y llena de risas. Mía contó historias de la escuela. Noah le explicó a James sobre las ballenas que leyó en su libro. Amelia hizo chistes malos que hicieron reír a los niños.
Pero Emma estaba callada. Sonreía de vez en cuando. Respondía cuando le preguntaban algo. James podía ver que algo estaba mal.
Cuando terminaron de comer, sacaron el pastel. Era enorme, decorado con crema y fresas.
—¡Es el pastel más bonito que he visto! —Mía declaró.
—Doña Marta lo hizo especialmente para ustedes.
Cortaron el pastel y comieron. El pastel estaba delicioso, dulce y esponjoso.
Al terminar, eran casi las ocho.
Amelia miró el reloj—. Niños, hora de prepararse para dormir. Mañana hay escuela.
Mía hizo un puchero—. Pero James está aquí.
—James puede quedarse, pero ustedes necesitan dormir.
Noah se levantó obedientemente, más Mia se quedó sentada, mirando a James con ojos grandes.
—¿Puedes venir a despedirte cuando esté en la cama?
James miró a Emma, pidiendo permiso, a lo que ella asintió.
—Claro que sí.
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Editado: 15.04.2026