Renacer en el amor

La batalla

El martes por la mañana, cuando Emma llegó al edificio, todo se sentía diferente.

Las miradas seguían estando ahí. Pero ya no eran de curiosidad o juicio. Eran de respeto, o tal vez de miedo. Porque todos sabían ahora que James Blackwood, el CEO, el hombre que podía despedir a cualquiera con una sola palabra, estaba enamorado de ella.

Y nadie se atrevía a decir nada.

Al pasar junto a las mismas secretarias que la habían visto con curiosidad el lunes. Esta vez, simplemente la saludaron con una sonrisa educada.

—Buenos días, señora Mitchell.

—Buenos días.

Subió al piso dieciocho y comenzó su trabajo; limpiando, trapeando, y vaciando botes de basura.

Nadie la miró mal, nadie susurró a sus espaldas. Algunos incluso le sonrieron.

Leah se acercó a media mañana.

—¿Todo bien?

—Sí. Muy bien, de hecho.

—Me alegro. Las cosas cambian rápido por aquí, ¿verdad?

—Sí, definitivamente.

Cuando llegó al piso veinte, la puerta de la oficina de James estaba entreabierta.

Normalmente, simplemente tocaba y esperaba permiso antes de entrar a limpiar. Pero hoy, cuando tocó, la voz de James sonó desde adentro.

—Emma, pasa, y cierra la puerta.

Ella entró, cerrando la puerta.

James estaba de pie junto a su escritorio, con una sonrisa en el rostro.

—Hola.

—Hola —respondió, sintiendo mariposas en su estómago.

James caminó hacia ella con pasos decididos y, sin previo aviso, la tomó por la cintura y la jaló hacia él.

Emma dejó escapar un pequeño grito de sorpresa que se convirtió en risa cuando James la besó. No fue un beso tímido. Fue profundo, apasionado, lleno de todo lo que habían estado conteniendo durante días.

Cuando se separaron, ambos estaban sin aliento.

—Te extrañé.

—Nos vimos ayer.

—Lo sé. Aún así te extrañé.

La rubia sintió calor subir por sus mejillas—. Yo también te extrañé.

Él la abrazó, sosteniéndola contra su pecho, respirando su aroma.

—¿Cuándo puedo verte? Fuera del trabajo, quiero decir. ¿Cuándo puedo ir a verte? ¿Ver a los niños?

Emma se tensó ligeramente.

—James...

Él se separó lo suficiente para verla a los ojos.

—¿Qué pasa?

—No es que no quiera. Créeme, quiero. Pero... la audiencia es en tres días. Y estoy nerviosa, y asustada, y no quiero que Colton tenga más munición contra mí.

James asintió, comprendiendo.

—Está bien. Lo entiendo.

—No es que no confíe en ti o...

—Emma —puso un dedo sobre sus labios—. Lo entiendo, de verdad ¿Qué te parece esto? Esperamos a que pase la audiencia. Cuando todo salga bien, cuando ya estés más tranquila, salimos. Los cuatro, a donde quieras. Pero si quieres que vaya al departamento, puedo hacerlo. Cuando quieras.

—Gracias, por entender.

—Siempre.

La besó suavemente en la frente—. Emma, todo va a salir bien. Hablé con Ricardo ayer. Está completamente confiado. Dice que las pruebas que tienes son sólidas. Que Colton no tiene nada.

—¿Y si no es suficiente?

—Lo será. Confía en mí.

Emma asintió contra su pecho—. Confío en ti.

Se quedaron así por varios minutos, simplemente abrazados, disfrutando de lo bonito que es ser correspondido.

—Necesito terminar de limpiar antes de que alguien note que llevo demasiado tiempo aquí.

—Está bien. Pero... ¿Almuerzo juntos? ¿En la cafetería?

—Me encantaría.

.

.

Los siguientes tres días Emma y James se veían en la cafetería todos los días. Se sentaban juntos, hablaban en voz baja, se tomaban de las manos bajo la mesa.

Emma aún no quería mostrar demasiado afecto en público. No hasta que el divorcio fuera final. Pero estar con él, aunque fuera solo sentados uno frente al otro tomando café, la hacía sentir menos sola.

Menos asustada.

James le mandaba mensajes durante el día. Cosas simples. “Pensando en ti” “Tres días más” “Todo va a salir bien”

Y cada mensaje hacía que el nudo en el estómago de Emma se aflojara un poco haciendo que la carga se sintiera mucho más liviana.

El jueves por la noche, Emma no pudo dormir. Se quedó despierta, repasando todo lo que Ricardo le había dicho que tenía que decir.

La verdad. Solo la verdad.

No obstante, aún así tenía miedo. A las dos de la mañana, su teléfono vibró.

Un mensaje de James.

“¿Estás despierta?”

Emma respondió inmediatamente.

“Sí. No puedo dormir”

“Yo tampoco. ¿Quieres que hablemos?”

“Sí”

Hablaron por teléfono hasta las cuatro de la mañana. De los niños, del trabajo, de sus miedos, de sus esperanzas.

Esa noche, Emma se durmió con una sonrisa en los labios.

.

.

El viernes amaneció gris y lluvioso. Ella se despertó a las siete con un nudo en el estómago tan grande que pensó que vomitaría.

La audiencia era a las diez.

Se duchó, se vistió con el traje que Amelia le había prestado. Azul marino, profesional, serio.

Los niños estaban todavía dormidos. Amelia los llevaría a la escuela. Emma iría directamente al juzgado.

James la recogería a las nueve.

Cuando el Mercedes se detuvo frente al edificio exactamente a las nueve, bajó con piernas temblorosas.

Él salió del auto y la abrazó inmediatamente.

—Respira. Todo va a estar bien.

Emma únicamente apretó la tela de la chaqueta entre sus dedos, no estaba

segura de creer sus palabras.

El trayecto al juzgado fue silencioso.

Cuando llegaron, Ricardo ya estaba esperándolos en las escaleras del edificio.

—Emma. James. Buenos días.

—Buenos días —Emma respondió con voz temblorosa.

Ricardo le puso una mano en el hombro.

—¿Lista?

—No.

Él abogado sonrió—. Nadie nunca lo está. Pero vas a estar bien. Recuerda: solo di la verdad, nada más.

Entraron al edificio en dirección a la sala de audiencias. Ahí vieron a Colton al otro lado del pasillo con su abogado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.