Renacer en el amor

Celebración

Emma llamó a la escuela desde el auto mientras James conducía.

—Buenos días, habla Emma Mitchell. Necesito recoger a mis hijos temprano hoy. Mia de kínder y Noah de segundo grado.

—Por supuesto, señora Mitchell. ¿Todo está bien?

Emma miró a James, quien le sonrió mientras conducía.

—Sí. Todo está más que bien. Es un día especial.

—Perfecto. Los tendré listos en recepción en veinte minutos.

—Gracias—colgó y se recostó en el asiento del Mercedes, sintiendo como todo estaba en un perfecto orden.

Había ganado. Realmente había ganado.

Sus hijos se quedaban con ella, para siempre.

De pronto él extendió la mano y tomó la suya, entrelazando sus dedos.

—¿En qué piensas?

—En que no puedo creer que esto sea real. Que todo haya terminado.

—No ha terminado. Apenas está comenzando.

Emma lo miró—. ¿Cómo haces eso?

—¿Qué?

—Decir exactamente lo que necesito escuchar.

—Porque te conozco—sonrió—. Y porque es la verdad.

Llegaron a la escuela quince minutos después. Cuando entraron juntos al edificio, Emma notó las miradas de otras madres. Algunas curiosas, otras claramente impresionadas por el hombre alto y apuesto en traje que caminaba junto a ella.

Pero ya no sentía vergüenza o incomodidad. Se sentía orgullosa, por el increíble hombre que tenía a su lado.

En la recepción, la secretaria les sonrió.

—Señora Mitchell. Los niños ya vienen en camino.

—Gracias.

No tuvieron que esperar mucho. Mía apareció primero, corriendo por el pasillo.

Al ver a su madre, gritó de alegría. Sin embargo, cuando vio a James, se detuvo en seco.

—¿JAMES? ¿Qué haces aquí?

Él se agachó, abriendo los brazos.

—Vine a buscarte. ¿Qué te parece?

Mía corrió y se lanzó a sus brazos con tanta fuerza que casi lo tira.

—¡Es el mejor día de mi vida!

James se rió, levantándola—. ¿Mejor que el acuario?

—¡Igual de bueno!

Noah apareció caminando más despacio, con su mochila bien puesta y su expresión seria. Pero en cuanto vio a James, una sonrisa apareció en sus labios.

—Hola, James.

James puso a Mía en el suelo y le extendió la mano a Noah para chocarla.

—Hola ¿Listo para una aventura?

Noah inclinó la cabeza—. ¿Qué tipo de aventura?

—Bueno, pensé que podríamos ir a cenar. A un lugar especial, y luego, si quieren, al cine.

Mía gritó tan fuerte que varias personas en la recepción se giraron a mirar.

—¡¿AL CINE?! ¡MAMI, VAMOS A IR AL CINE!

—Sí, mi amor. Vamos a ir.

Noah, normalmente tan calmado, se veía emocionado también.

—¿Es enserio?

—Muy enserio—James confirmó—. Pero primero, comida. ¿Tienen hambre?

—¡SÍ! —gritaron ambos al mismo tiempo.

.

.

Llegaron a un restaurante italiano en el centro. No era demasiado elegante, pero tampoco casual. Era perfecto para una familia.

Una familia.

Emma sintió algo cálido en su pecho al pensar esa palabra.

El anfitrión los recibió con una sonrisa.

—Buenas tardes. ¿Mesa para cuatro?

—Sí, por favor —James respondió.

Los guió hacia una mesa junto a la ventana.

Mía se sentó junto a James, y Noah junto a Emma. Pero cuando llegaron los menús, Mía insistió en compartir el suyo con James.

—Mira. Tienen pizza con forma de corazón.

Émexaminó el menú con la seriedad de un ejecutivo revisando un contrato.

—Interesante. ¿Crees que deberíamos pedirla?

—¡Sí!

Noah miraba la sección de pastas.

—Mami, ¿Puedo pedir espagueti?

—Puedes pedir lo que quieras, cariño.

Cuando llegó el mesero, un hombre joven con una sonrisa amable, tomó sus órdenes.

Pizza en forma de corazón para Mía. Espagueti para Noah, lasaña para Emma, ravioles para James.

—¿Y para beber?

—Jugo de manzana —Mía pidió.

—Limonada —Noah añadió.

—Agua para mí —Emma dijo.

—Lo mismo —James cerró el menú.

Mientras esperaban la comida, Mía no paraba de hablar. Sobre su día en la escuela, sobre su maestra, sobre un niño que se había caído en el recreo.

James escuchaba cada palabra, haciendo preguntas, y riendo por el encanto de la pequeña niña.

Noah era más callado, pero Emma notaba cómo observaba a James. Estudiándolo, como si estuviera tratando de entender algo importante.

La comida llegó y comieron entre conversación y risas. Mía robó un ravioli del plato de James, quien fingió estar ofendido hasta que ella se rió tanto que casi se cae de la silla.

Noah le ofreció probar su espagueti a Emma, y luego, tímidamente, también a James.

—Está delicioso. Tienes buen gusto.

Noah sonrió, y Emma sintió su corazón derretirse.

A mitad de la comida, Mía necesitaba ir al baño.

—Yo la llevo —Emma se levantó.

—¿Puedo ir sola? Ya soy grande.

Emma titubeó. El baño estaba a la vista, a solo unos metros.

—Está bien. Pero rápido, y si necesitas algo, gritas.

—¡Sí, mami!

Saltó de su silla y corrió hacia el baño.

La rubia la observó ir, luego volvió a sentarse.

Noah estaba concentrado en su espagueti, lo que dejaba a Emma y James solos por un momento.

James tomó su mano bajo la mesa.

—¿Estás bien?

—Más que bien. Esto es... perfecto.

—Sí —él miró a Noah, luego de vuelta a ella—. Lo es.

En ese momento, Emma notó algo.

En una mesa cercana, un grupo de tres chicas jóvenes, probablemente de veintitantos años, estaban mirando hacia su mesa. Específicamente, hacia James.

Una de ellas le susurró algo a sus amigas. Otra se rió, cubriendo su boca, la tercera simplemente miraba con ojos soñadores.

Emma sintió una punzada de algo. ¿Inseguridad? ¿Celos?

Pero entonces observó a James. Él no las había notado, ni siquiera había mirado en esa dirección.

Estaba completamente concentrado en limpiar una mancha de salsa de tomate de la camisa de Noah con una servilleta, hablándole sobre algún libro infantil.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.