Las semanas después de la audiencia pasaron en una especie de felicidad que Emma nunca había conocido.
Cada mañana llegaba al trabajo y las miradas ya no eran de curiosidad o juicio. La gente ya no susurraba, a no señalaba.
Se había vuelto simplemente... parte de la normalidad.
Una tarde, dos semanas después de la audiencia, Ricardo llamó a Emma.
Ella estaba limpiando el piso diecisiete cuando su teléfono vibró.
—¿Emma? Soy Ricardo.
Emma sintió su corazón acelerar. Las llamadas de abogados nunca traían buenas noticias.
—Hola, Ricardo. ¿Pasó algo?
—Sí. Buenas noticias, de hecho.
—¿Qué pasó?
—Aceleré todo el proceso de divorcio. Presenté todas las pruebas necesarias, y el juez aceptó. Ya no pueden seguir casados ni siquiera en papel. Es una formalidad en este punto.
Emma se apoyó contra la pared—. ¿Qué significa eso?
—Significa que tu divorcio estará finalizado en dos semanas. Oficialmente.
—¿Dos semanas? ¿Tan rápido?
—Sí. Normalmente tomaría meses. Pero con las circunstancias, la audiencia de custodia, las pruebas que teníamos... el juez estuvo de acuerdo en acelerarlo.
—Gracias, Ricardo, muchas gracias.
—De nada. Te mereces ser libre, completamente.
Cuando colgó, Emma inmediatamente le escribió a James.
“Ricardo llamó. El divorcio estará listo en dos semanas.”
La respuesta llegó en segundos.
“¿Dos semanas? Te lo dije. Ricardo es el mejor. Ahora podremos estar juntos sin restricciones”
Emma sonrió, y guardó su teléfono. Ciertamente podrían vivir su amor en completa libertad.
.
.
Mientras tanto, en otro piso del edificio, Agata observaba todo con una rabia que le quemaba por dentro.
Cada día era lo mismo. Emma y James juntos. Sonriendo, felices.
Lo intentó todo; contactar a Colton, esparcir rumores, insinuarse en el elevador.
Nada había funcionado.
Y ahora, viéndolos juntos en la cafetería, con James mirando a Emma como si fuera lo más precioso, se sintió devastada.
Había dedicado años de su vida a ese hombre, años esperando, observando. Amándolo desde la distancia.
¿Y para qué? ¿Para que él se enamorara de una empleada de limpieza con dos hijos y un matrimonio fallido?
No. No era justo.
Apretó los puños, sintiendo las uñas clavarse en sus palmas.
Iba a hacer una última cosa. Una cosa que debió haber hecho desde el principio.
Iba a declararse, directamente. Sin rodeos, sin sutilezas.
Y si eso no funcionaba... al menos sabría que lo intentó todo.
.
.
El jueves por la tarde, Agata se preparó con más cuidado del que nunca había tenido. Se bañó, se perfumó con su fragancia más cara. Se maquilló resaltando sus ojos, pintando sus labios de un rojo intenso.
Se soltó el cabello rojo, dejándolo caer.
Se puso su uniforme, pero bajó el cierre más de lo permitido, mostrando el inicio de sus senos. Vió su reflejo en el espejo y tuvo la certeza de lo que siempre había sabido: era hermosa. Más hermosa que Emma.
¿Cómo podía James no verlo?
Esperó hasta que supo que Emma estaba ocupada en los pisos de abajo. Luego subió al piso veinte con paso decidido.
Margaret no estaba en su escritorio. Perfecto.
Agata caminó directamente hacia la oficina de James y tocó la puerta.
—Adelante.
La colorina entró, cerrando la puerta detrás de ella.
Él levantó la vista de su computadora, con una expresión neutra—. ¿Necesita algo?
Agata caminó hacia su escritorio, con las caderas balanceándose deliberadamente.
—Sí. Necesito hablar con usted, es importante.
James frunció el ceño pero asintió—. Está bien. ¿De qué se trata?
En ese preciso instante, Emma estaba en el piso dieciocho cuando su teléfono vibró.
Era un mensaje de la escuela.
“Señora Mitchell, Mía no se siente bien. Dolor de estómago. ¿Puede venir a recogerla?”
Emma sintió pánico inmediato. Dejó todo lo que estaba haciendo y corrió hacia el elevador. Necesitaba decirle a James que se iba, que tenía una emergencia.
Subió rápidamente al piso veinte. Cuando llegó, Margaret no estaba en su escritorio, pero de igual manera se dirigió a la oficina de James. La puerta estaba entreabierta.
Levantó la mano para tocar, pero entonces escuchó una voz.
Una voz femenina.
Agata.
Emma se paralizó.
—Te amo, James.
El mundo de la rubia se detuvo.
—Te he amado desde que empecé a trabajar aquí. Han sido años, muchos años esperándote. Respetando tu luto, esperando el momento correcto.
Emma sintió su corazón latir tan fuerte que pensó que se le saldría del pecho.
No debería estar escuchando esto. Debería irse. Debería...
Sin embargo, no podía moverse, sus piernas no respondían.
—Pero esa mujer... Emma... ella no es buena para ti, James. No es suficiente.
Yo soy mejor. Soy más joven, más bonita. Puedo darte hijos, hijos tuyos, no niños de otro hombre. Ella ya está usada, ya tuvo su oportunidad con un matrimonio y lo arruinó.
Las manos de Emma temblaban, sentía náuseas.
Los recuerdos vinieron como avalancha. Colton, sus infidelidades, las mentiras el engaño.
¿Y si James...? ¿Y si él...?
Emma sintió lágrimas rodar por sus mejillas.
—Además, ella todavía está casada. ¿Qué clase de mujer se involucra con otro hombre mientras está casada? Pero yo... yo te amo de verdad. Estoy enamorada de ti. Si me das una oportunidad, puedo darte todo, todo lo que necesites.
El silencio que siguió fue insoportable.
Emma esperó, conteniendo la respiración, sintiendo como si el mundo entero dependiera de la respuesta de James.
Y entonces lo escuchó.
Una risa, baja, casi cruel.
—¿Terminaste?
La voz de James era fría. Más fría de lo que Emma jamás la había escuchado. Se asomó ligeramente por la rendija de la puerta y lo que vio la dejó helada.
Agata estaba de pie frente al escritorio de James. Se había acercado más, mostrando deliberadamente su escote, sus curvas.
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Editado: 15.04.2026