Dos semanas después, Emma firmó los papeles finales de divorcio en la oficina de Ricardo.
No hubo drama, no hubo lágrimas. Solo su firma en una línea, y después de ocho años, estaba libre.
Oficialmente soltera.
James estaba con ella, sosteniendo su mano durante todo el proceso. Cuando salieron de la oficina, Emma respiró profundo, como si estuviera respirando por primera vez en años.
—¿Cómo te sientes? —le preguntó él mientras caminaban hacia el auto.
Ella se detuvo, pensando en la respuesta.
—Libre, me siento libre.
James sonrió y la besó ahí mismo, en medio de la calle, bajo el sol de la tarde.
Emma se rio, porque podía hacer eso ahora. Podía besarlo sin esconderse, sin miedo, sin culpa.
Al día siguiente en la oficina, todo era diferente. Ya no se escondían, llegaban juntos en su auto. Almorzaban juntos en la cafetería, sentados en la misma mesa, sin preocuparse por las miradas.
Ya no había nada que esconder.
Una tarde, James la llamó a su oficina.
Emma subió, encontrándolo de pie junto a su escritorio con una expresión seria.
—¿Pasa algo? —preguntó ella, cerrando la puerta.
Él se acercó y tomó sus manos—. Quiero que dejes de trabajar en limpieza.
—¿Qué?—parpadeó, sorprendida.
—Quiero ofrecerte un puesto como mi asistente personal. Mejor sueldo, mejor horario. Estarías aquí, conmigo, en este piso.
Emma negó con la cabeza—. No, no puedo aceptar eso.
—¿Por qué no?
Ella se soltó de sus manos y caminó hacia la ventana—. Porque entonces tendrían razón. Todos los que dijeron que yo estaba contigo por interés. Que estaba tratando de escalar usando mi relación contigo.
—Emma...
—No, James. Escúchame —se giró para mirarlo—. Me gusta mi trabajo. Es honesto, lo hago bien, y el dinero es bueno. No necesito un ascenso que no me he ganado.
James reflexionó por un largo momento y luego asintió—. Está bien, lo respeto, pero entonces, al menos déjame hacer esto—caminó hacia su escritorio y sacó un sobre.
—Tu nuevo contrato, con un aumento salarial—él ya suponía que Emma no aceptaría, por lo que tenía un plan B.
Emma tomó el sobre con manos temblorosas y lo abrió. Cuando vio la cifra, casi se cae.
—James, esto es... esto es el triple de lo que gano ahora.
—Lo sé.
—No puedo aceptarlo.
—Sí puedes, y lo harás.
—James...
—Amor, escúchame —acunó su rostro entre sus manos—. No es un favor, es lo justo. Eres la mejor en lo que haces. Leah me lo ha dicho mil veces. Este aumento está basado en tu desempeño, no en nuestra relación—hizo una pausa—. Y además... necesito saber que tú y los niños están bien. Que tienen lo que necesitan, que no tienen que preocuparse por dinero.
—Pero es demasiado.
—No lo es, y no voy a discutir esto. El aumento ya está aprobado. Ya pasó por recursos humanos, está hecho.
—Eres imposible.
—Lo sé—sonrió—. Pero me quieres de todas formas.
—Sí—no pudo evitar sonreír también.
Los días se volvieron una rutina. Cada tarde, cuando su turno terminaba, James la esperaba en el lobby. Caminaban juntos hacia el estacionamiento, con sus manos entrelazadas, y él la llevaba a casa.
A veces se despedían en la puerta con un beso rápido, otras veces, lo invitaba a pasar.
—¿Quieres quedarte a tomar once?
Él siempre decía que sí.
Se sentaba en la mesa con Emma, Amelia, y los niños. Tomaban té o café. Comían pan con mermelada y los niños le contaban sobre su día.
Mía siempre tenía mil historias, Noah era más callado, pero cada vez hablaba más, especialmente con James.
A veces él ayudaba a Noah con su tarea de matemáticas, o le leía un cuento a Mía antes de irse.
Y cada vez que se iba, se sentía más difícil.
Los sábados por la mañana se convirtieron en algo sagrado. James llegaba a las nueve en punto, sin falta. A veces traía pan dulce de la panadería que a Mia le encantaba y en otras, jugo de naranja.
Desayunaban juntos, los cuatro. Emma cocinaba tocino, él preparaba el café y los niños ponían la mesa.
Se sentían como una familia. No, se corrigió Emma una mañana mientras observaba a James ayudar a Mía a alcanzar los platos. No se sentían como una familia, eran una familia.
Después del desayuno, salían. Al parque, al museo, al cine, a donde fuera que los niños quisieran.
James nunca decía que no. Nunca se cansaba, nunca se quejaba…y los niños lo adoraban cada día más.
Los viernes, James comenzó una nueva tradición. Recogía a Mía y Noah de la escuela.
La primera vez, Emma estaba nerviosa. Había llamado a la escuela para avisar, para añadir a James a la lista de personas autorizadas.
La directora sonrió al teléfono, ella ya estaba al tanto del divorcio—. Por supuesto, señora Mitchell. El señor Blackwood ya está en la lista. Desde hace semanas.
—¿Cómo?—parpadeó, confundida.
—Él nos pidió que lo añadiéramos. Dijo que quería poder ayudarla en caso de emergencias. Espero que esté bien.
Emma colgó con lágrimas en los ojos. Claro que había hecho eso, siempre pensaba en ellos, siempre los cuidaba.
Ese primer viernes, cuando James llegó a recogerlos, Mía gritó de emoción y corrió a sus brazos. Noah sonrió, esa sonrisa pequeña y tímida que reservaba para las personas que realmente le importaban.
Los llevó a tomar helado antes de llevarlos a casa, y eso se convirtió en su rutina. Todos los viernes, sin falta. Un sábado por la noche, después de un día en el zoológico, estaban todos agotados. Los niños se habían quedado dormidos en el auto en el camino de vuelta. James los cargó uno por uno hasta sus camas.
Emma los había arropado, besándolos en las frentes.
Ahora estaban en la sala, acurrucados en el sofá. Amelia se había ido a dormir temprano, dejándolos solos.
Él tenía un brazo alrededor de Emma, con ella recostada contra su pecho.
—Gracias por hoy —la rubia murmuró, medio dormida.
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Editado: 15.04.2026