El sábado llegó demasiado rápido.
Emma había estado temiendo este día. Desde que el abogado de Colton llamó para programar la primera visita supervisada, que fue modificada a un fin de semana al mes, específicamente día sábado, en un centro de supervisión.
Emma se despertó con un nudo en el estómago que no desaparecía sin importar cuánto respirara profundo. Los niños estaban más callados que de costumbre durante el desayuno. Mía apenas tocó sus panqueques, Noah miraba su plato con desgano.
—¿Mami? ¿Tenemos que ir?
—Sí, mi amor. El juez dijo que tienen que ver a su papá.
—Pero no quiero —Mía refutó, con lágrimas comenzando a rodar por sus mejillas—. Quiero quedarme aquí contigo, y con James.
Emma se arrodilló junto a la silla de Mía, limpiándole las lágrimas—. Lo sé, bebé. Lo sé, pero solo son unas horas. Yo voy a estar ahí, esperándote, y cuando regreses, vamos a hacer algo divertido. ¿Está bien?
Mía asintió, aunque seguía llorando.
Emma volcó su atención a Noah, que no había dicho nada—. ¿Hijo? ¿Estás bien?
—¿Tenemos que ir, mamá? ¿De verdad?
—Sí, cariño. No estarán solos, va a haber una supervisora ahí todo el tiempo, y si algo pasa, si se sienten mal, pueden pedirle que llame a mamá. ¿Está bien?
Noah asintió lentamente, pero Emma podía ver el miedo en sus ojos.
Amelia entró a la cocina en ese momento y vio la escena.
—Niños, ¿Por qué no van a preparar sus mochilas? Mami tiene que arreglarse.
Los niños se levantaron y fueron a su habitación, arrastrando los pies.
Cuando se fueron, Amelia abrazó a Emma—. Van a estar bien.
—No lo sé —sollozó—. Verlos así... no querer ir... me está matando.
—Te entiendo, pero es solo unas horas, luego regresan a casa, contigo, donde pertenecen.
.
.
El centro de supervisión era un edificio en el centro de la ciudad.
Emma entró con los niños tomados de cada mano. Mía no soltaba a Shelly, su tortuga de peluche y Noah cargaba su mochila como si pesara mil kilos.
La supervisora, una mujer de unos cincuenta años con expresión amable, los recibió—. Buenos días. Ustedes deben ser Mía y Noah.
Los niños no respondieron.
—Soy la señora Brown. Voy a estar con ustedes todo el tiempo que estén con su papá. ¿Está bien?
Emma se agachó frente a ellos—. Pórtense bien, y recuerden, yo voy a estar aquí afuera. Todo el tiempo, esperándolos.
Mía la abrazó tan fuerte que casi no podía respirar—. No quiero, mami.
—Lo sé, mi amor. Pero tienes que hacerlo. El tiempo pasará rápido, te lo prometo.
Noah la abrazó también, sin decir nada.
Al separarse, la señora los llevó hacia la sala de visitas.
Emma se quedó ahí, viéndolos irse, sintiendo como si le arrancaran el corazón del pecho.
Colton llegó cinco minutos después, ella tuvo que contenerse para no decirle todo lo que pensaba de él.
Él la miró con una sonrisa que hizo que se le revolviera el estómago.
—Emma. Te ves... bien.
La rubia no respondió, únicamente lo miró con todo el desprecio que pudo reunir.
Colton se rió y entró a la sala de visitas.
Mientras tanto, ella se sentó en la sala de espera, con las manos temblando, mirando el reloj cada treinta segundos.
Tres horas, tenían que estar ahí tres horas.
Iban a ser las tres horas más largas de su vida.
Dentro de la sala de visitas, Colton estaba sentado en un sofá, tratando de lucir como el padre perfecto.
Mía y Noah se sentaron en el otro extremo de la habitación, lo más lejos posible de él.
La señora Ramírez se sentó en una silla en la esquina, observando todo.
—Bueno —Colton dijo con una sonrisa falsa—. ¿Cómo han estado mis pequeños?
Ninguno respondió.
—Vamos, no sean tímidos, soy su papá. Pueden hablar conmigo.
Mía abrazó a Shelly más fuerte, Noah en todo momento miraba al suelo.
Colton suspiró, cambiando de táctica—. ¿Y bien? ¿Qué han estado haciendo? ¿Su mamá los trata bien?
—Sí —Mía murmuró.
—Bien, bien. ¿Y ella... habla de mí? ¿Les cuenta cosas?
Noah levantó la vista, frunciendo el ceño—. ¿Por qué lo haría?
Colton se rió, pero era una risa forzada—. Bueno, soy su papá. Pensé que tal vez les hablaría sobre mí. Sobre... nosotros.
—Mami no habla de ti —la niña dijo con voz firme—. Ella habla de cosas felices.
Él apretó la mandíbula—. Ya veo. ¿Y ese hombre? ¿Ese James? ¿Él también habla de cosas felices?
Mia se iluminó inmediatamente—. ¡James es increíble! Me lee cuentos y me lleva al parque y...
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Editado: 15.04.2026