Renacer en el amor

Una noche bajo las estrellas

El viernes por la tarde, Harper llamó a Emma con una propuesta que la tomó por sorpresa.

—Necesito que me hagas un favor enorme.

La rubia estaba doblando ropa en su habitación mientras hablaba por teléfono.

—Claro. ¿Qué necesitas?

—Necesito que dejes que me lleve a Mía y Noah este fin de semana.

—¿Qué?—detuvo sus manos.

—Ya hablé con Amelia. Ella también viene. Vamos a tener un fin de semana de tías con los niños. Parque, cine, juegos, todo lo que quieran, y tú...tú vas a tener un fin de semana completo con ese novio tuyo.

Emma sintió calor subir por sus mejillas—. Harper, no puedo pedirte que...

—No estás pidiendo nada. Yo me ofrezco. Amiga, llevas años siendo mamá veinticuatro siete. Mereces un descanso y además, adoro a esos niños. Va a ser divertido.

—¿De verdad harías eso?

—Ya está hecho. Voy a recogerlos mañana a las diez, y no los verás hasta el domingo en la noche. Así que más te vale que aproveches ese tiempo con James.

—Gracias, Harper.

—Para eso están las hermanas. Ahora ve y dile a ese hombre que prepare algo romántico.

.

.

El sábado por la mañana, cuando Harper llegó a recoger a los niños, Mía y Noah estaban emocionados.

—¡Vamos a ir al parque de diversiones! —Mía gritaba, brincando.

—Será el mejor fin de semana—añadió Noah.

Amelia les guiñó un ojo a Emma mientras salían—. Diviértete, y no hagas nada que yo no haría.

Emma se rio, nerviosa. Cuando la puerta se cerró y el departamento quedó en silencio, sintió algo extraño. Estaba sola por primera vez en meses, completamente sola.

Su teléfono vibró. Un mensaje de James.

“Te recojo a las seis. Ponte algo cómodo pero bonito. Tengo una sorpresa.

A las seis en punto, el Mercedes de James se detuvo frente al edificio y Emma bajó sintiéndose como una adolescente en su primera cita. Se había puesto un vestido azul marino simple pero elegante, dejó su cabello suelto y un poco de maquillaje que resaltaba sus ojos.

James salió del auto en cuanto la vio, y su expresión la hizo sonrojar.

—Estás hermosa.

—Tú también te ves muy bien.

Y era verdad. James llevaba jeans oscuros y una camisa blanca con las mangas enrolladas, casual pero increíblemente atractivo.

Le abrió la puerta del auto como siempre hacía y Emma subió.

—¿A dónde vamos? —preguntó mientras él conducía.

—Ya verás—sonrió misteriosamente.

Condujeron hacia las afueras de la ciudad, donde las casas se volvían más grandes y lujosas, hasta que se detuvieron frente a una cerca de hierro forjado. James presionó un control remoto y las puertas se abrieron revelando un camino de entrada bordeado de árboles.

Al final del camino, Emma vio la casa y contuvo la respiración.

No era una mansión ostentosa como las que había visto en revistas, sino algo más elegante y acogedor. Dos pisos de piedra y madera, con grandes ventanales que brillaban con la luz del atardecer, un jardín perfectamente cuidado rodeándola.

—Esta es tu casa —murmuró, más una afirmación que una pregunta.

—Sí.

Estacionó y rodeó el auto para abrirle la puerta. Cuando Emma salió, él tomó su mano y la guió a la entrada principal.

La puerta se abrió a un vestíbulo amplio con pisos de madera oscura y paredes en tonos claros. Todo era elegante pero sorprendentemente cálido.

—Es hermosa —Emma dijo, mirando alrededor.

—Ven. Tengo algo preparado.

La llevó en dirección al comedor, donde ella se quedó paralizada al ver la mesa perfectamente puesta para dos. Velas encendidas, platos de porcelana blanca, copas de cristal, y el aroma más delicioso que había olido en su vida.

—¿Tú... cocinaste?

James sonrió, casi tímido—. Sí. Espero que te guste.

—James...

—He tenido que cocinar para mí mismo todos estos años. No tengo quien me cocine, solo alguien que viene a limpiar dos veces por semana, así que aprendí. Resulta que no soy tan malo.

La sentó con cuidado y fue a la cocina, regresando con dos platos. Salmón salteado con hierbas, verduras asadas perfectamente sazonadas, puré de papas cremoso.

Emma probó el primer bocado y cerró los ojos—. Esto está increíble, muy increíble.

—Me alegra que te guste.

Comieron mientras charlaban y reían. James le contó sobre cómo había quemado la cocina la primera vez que intentó cocinar pasta hace años, Emma compartió historias de los desastres culinarios de Mía intentando hacer galletas.

Al terminar, James tomó su mano sobre la mesa.

—Quiero mostrarte algo.

La guió por la casa, le mostró la sala con su chimenea de piedra y los grandes ventanales que daban al jardín trasero. La cocina moderna pero acogedora donde acababa de cocinar, un estudio con estanterías llenas de libros del suelo al techo.

Luego subieron las escaleras. En el segundo piso, la llevó a una habitación que claramente era su oficina en casa. Pero lo que llamó la atención de Emma fueron las fotografías en las paredes.

—Estos son mis padres —James señaló una foto de una pareja elegante sonriendo a la cámara—. Están en Europa ahora. Mi padre tiene negocios allá, pero regresan en unas semanas.

Emma estudió la foto. Podía ver de dónde James había sacado sus ojos.

—Son hermosos.

—Soy hijo único. Siempre quisieron más hijos pero no pudieron. Así que me mimaron bastante.

Señaló otra foto, esta de un niño pequeño con ojos enormes y una sonrisa traviesa.

—¿Eres tú?

—Sí—se rió—. Tenía como seis años ahí.

Emma sonrió con ternura, mirando todas las fotos. James de adolescente, en su graduación, con sus padres en diferentes momentos de su vida.

—Cuando regresen... —James dijo suavemente—, me gustaría que los conocieras. A ti y a los niños.

La rubia se giró hacia él, sintiéndose nerviosa de repente.

—¿Enserio?

—Por supuesto. Eres importante para mí. Los niños son importantes para mí. Quiero que conozcan a mi familia.




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