Renacer en el amor

Llegando a casa

Después de que Emma aceptará la propuesta de matrimonio, decidieron que era momento de mudarse junto a James.

El día de la mudanza amaneció brillante y perfecto, como si el universo mismo hubiera conspirado para que todo saliera bien.

Emma se despertó temprano en el departamento de Amelia por última vez, sintiendo emoción y nostalgia. Este lugar había sido su refugio durante el último tiempo, el hogar donde había sanado, donde había reconstruido su vida pedazo por pedazo. Pero ahora era tiempo de seguir adelante, no porque estuviera huyendo sino porque estaba eligiendo algo nuevo, algo hermoso, algo completamente suyo.

Amelia apareció en la puerta de su habitación con dos tazas de café, sonriendo aunque sus ojos estaban un poco rojos.

—Tu último café aquí como residente permanente.

Ella aceptó la taza y Amelia se sentó junto a ella en la cama.

—¿Lista?

—Sí—asintió—. Gracias, por todo. Eres la mejor hermana del mundo.

Amelia la abrazó fuerte—. Siempre voy a estar aquí. Solo que ahora vas a tener tu propia familia esperándote en casa.

—Tú también eres mi familia.

—Lo sé, y puedes apostar que voy a visitarlos todo el tiempo. Especialmente cuando James cocine.

Ambas se rieron.

Dos horas después, el camión de mudanzas estaba estacionado frente a la casa de James y un pequeño ejército de ayudantes comenzaba a descargar cajas. No es que Emma tuviera muchas cosas, pero había ropa, juguetes, libros, todas las pequeñas cosas que hacían que un lugar fuera un hogar.

James estaba en todas partes, dirigiendo a los trabajadores, cargando cajas él mismo, asegurándose de que todo fuera exactamente donde Emma lo quería. Llevaba jeans viejos y una camiseta que se pegaba a su espalda con el esfuerzo, el cabello despeinado, una mancha de polvo en la mejilla, y Emma pensó que nunca lo había visto más guapo.

Mía corría de habitación en habitación, gritando con emoción cada vez que encontraba algo.

—¡Mami! ¡Mi cuarto tiene un closet ENORME!

—¡Mami! ¡Hay una ventana donde puedo ver todo el jardín!

Noah era más tranquilo, aunque Emma podía ver la emoción en sus ojos mientras exploraba cada rincón de su nueva habitación, midiendo las paredes con los ojos como si ya estuviera planeando dónde poner cada cosa.

Para media tarde, la mayoría de las cajas se encontraban dentro y los trabajadores se habían ido. La casa era un caos, pero ya comenzaba a sentirse viva de una manera que nunca había estado antes.

James encontró a Emma en lo que sería su habitación compartida, de pie frente a la ventana mirando el jardín trasero donde Mía y Noah corrían persiguiéndose.

Se acercó por detrás y la rodeó con sus brazos, besando su hombro.

—¿Cómo te sientes?

Se recostó contra él, sonriendo—. Como si estuviera en casa. Realmente en casa.

—Bien, porque hay algo que quiero mostrarte. A ti y a los niños.

James reunió a Emma, Mía y Noah en la sala de estar y los miró con una sonrisa.

—Antes de que empecemos a desempacar, necesitamos hacer algo importante.

—¿Qué cosa? —la niña preguntó, brincando en sus pies.

—Necesitamos hacer que sus cuartos sean perfectos, y para eso, vamos de compras.

—¿Compras?

—Sí. Vamos a comprar todo lo que necesiten para sus cuartos. Lo que quieran; colores, decoraciones, todo.

Emma abrió la boca para protestar sobre el gasto pero James le puso un dedo sobre los labios.

—No. Esto es importante, quiero que se sientan como si estos fueran de verdad sus cuartos, sus espacios. Así que vamos a hacer esto bien.

La tienda de decoración era gigantesca y Mía prácticamente salió corriendo en cuanto entraron. James le dio un carrito pequeño.

—Está bien. Muéstrame qué te gusta.

Mía no necesitó que se lo dijeran dos veces. Corrió directamente hacia la sección de cosas rosas y comenzó a señalar todo lo que veía.

—¡Mira! ¡Cortinas rosas con estrellas!

—¡Cojines con forma de corazón!

—¡Una lámpara que parece un unicornio!

Emma trataba de ser la voz de la razón.

—Mía, cariño, no necesitas todo...

—Sí necesita —James interrumpió con una sonrisa—. Necesita todo lo que la haga feliz.

Terminaron comprando cortinas rosas con estrellas plateadas, una colcha del mismo tono con pequeños unicornios bordados, cojines en forma de corazón y estrella, la lámpara de unicornio, un tapete esponjoso rosa pastel para junto a su cama, estantes flotantes en forma de nube para sus libros y juguetes, y más peluches de los que Emma podía contar.

Mía elegía cada cosa con cuidado, tocándolas como si fueran tesoros, y cada vez que añadían algo al carrito, miraba a James para confirmación.

—¿Está bien, papá?

Y cada vez que lo llamaba así, Emma veía la emoción brillar en los ojos de James.

—Está perfecto, pequeña.

Con Noah fue diferente. Era más tímido para pedir cosas, caminando lentamente entre los pasillos, tocando ocasionalmente algo pero sin decir mucho.

James se arrodilló frente a él en medio de la tienda.

—Noah, mira. Este es tu espacio, quiero que sea exactamente como tú lo quieres. No tengas miedo de decirme qué te gusta.

—¿De verdad?

—De verdad.

Noah pensó por un momento, luego señaló hacia una sección con cosas en tonos azules y verdes.

—Me gustan esos colores. Son...bonitos.

James sonrió.

—Perfecto. Vamos.

Eligieron cortinas azul oscuro con patrones de constelaciones que hacían juego con el telescopio de James que había prometido compartir con Noah, una colcha gris con detalles en azul marino, un escritorio de madera para hacer tarea, una lámpara que podía ajustarse para leer, estantes para organizar sus cosas, y un gran mapamundi para colgar en la pared porque Noah había mencionado una vez que le gustaba la geografía.

Cuando terminaron, los carritos estaban tan llenos que necesitaron ayuda para cargar todo al auto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.