La mañana de la boda amaneció perfecta, como si el universo mismo hubiera conspirado para regalarles el día más hermoso posible.
Emma se despertó en la habitación de invitados de la casa de Beatrice y Henry, rodeada de Harper y Amelia, quienes habían insistido en quedarse con ella la noche anterior para ayudarla a prepararse.
—Es tu última mañana como Emma Mitchell —Harper dijo con voz cantarina mientras le pasaba una taza de café.
Emma sonrió, sintiendo mariposas revolotear en su estómago.
—Y mi primera como Emma Blackwood.
Su hermana se acercó y la abrazó por detrás, recostando la barbilla en su hombro.
—¿Nerviosa?
—No —Emma respondió, sorprendida de lo cierta que era esa palabra—. Para nada. Solo... emocionada. Feliz y lista.
—Bien. Porque ese hombre te está esperando y probablemente ya lleva dos horas despierto paseando de un lado a otro.
Emma se rió, porque sabía que tenía razón.
En la casa principal, James efectivamente había estado despierto desde el amanecer. Intentó desayunar pero no pudo tragar nada, intentó revisar sus votos por décima vez pero las palabras se mezclaban frente a sus ojos.
Su padre lo encontró en el estudio, mirando por la ventana hacia el jardín donde en pocas horas se casaría con Emma.
—Hijo, vas a hacer un agujero en el piso de tanto caminar.
James se giró, pasándose una mano por el cabello.
—¿Estoy haciendo lo correcto, papá?
Henry se rio suavemente.
—¿Me estás preguntando si deberías casarte con la mujer que amas? ¿Con la que has construido una familia hermosa?
—No. Sé que quiero casarme con ella. Es solo... ¿Y si no puedo hacerla feliz?
Henry puso una mano en el hombro de su hijo.
—James, he visto cómo la miras. He visto cómo ella te mira. He visto a esos niños llamarte papá con tanta confianza y amor. Ya la estás haciendo feliz, todos los días.
El matrimonio no es sobre ser perfecto. Es sobre elegir, cada día, amar a esa persona con todo lo que tienes, y tú ya lo haces.
James asintió, sintiendo algo de la tensión en sus hombros relajarse.
—Gracias, papá.
Henry sonrió.
—Ahora prepárate. Tu novia te está esperando.
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El jardín trasero de la mansión fue transformado en algo sacado de un cuento de magia. Habían elegido mantener la ceremonia pequeña e íntima, solo familia cercana y los amigos más queridos. Había sillas blancas dispuestas en hileras perfectas, formando un pasillo central cubierto de pétalos de rosa. Al final del pasillo, bajo un arco de madera entrelazado con flores blancas y verdes, esperaba el pastor junto a un pequeño altar.
Beatrice supervisaba los últimos detalles asegurándose de que cada flor estuviera perfecta, cada silla alineada exactamente.
—Todo tiene que ser perfecto para Emma —murmuraba mientras ajustaba un ramo por tercera vez.
Henry la observaba con una sonrisa—. Amor, podrían casarse en un estacionamiento y sería perfecto porque se están casando. Relájate.
Beatrice le lanzó una mirada pero sonrió.
—Está bien, está bien. Pero es nuestro hijo, y ella es... es especial. Merece que todo sea hermoso.
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En la habitación de invitados, Emma finalmente estaba lista.
El vestido que eligió era simple pero absolutamente perfecto. De encaje blanco con mangas de tres cuartos, se ajustaba suavemente a su figura antes de caer en una falda que fluía elegantemente hasta el suelo. No tenía velo, optó por flores frescas entretejidas en su cabello suelto en ondas suaves.
Amelia la giró para que se viera en el espejo de cuerpo completo, y Emma contuvo el aliento.
—Oh —susurró.
—Estás absolutamente hermosa —dijo Harper.
—James va a morir cuando te vea—añadió su hermana.
Emma se rio—. Eso espero.
Un toque suave en la puerta las interrumpió. Beatrice asomó la cabeza, y cuando vio a Emma, se llevó las manos al pecho.
—Oh, querida. Te ves hermosa.
Las dos mujeres se abrazaron, y Harper y Amelia se unieron.
—Está bien —Amelia finalmente dijo, limpiándose los ojos—. Suficiente con las lágrimas o vamos a arruinar todo nuestro maquillaje. Hay una boda que atender.
En otra habitación de la casa, Mía giraba frente al espejo, haciendo que su vestido de tul rosa pálido se abriera como una flor.
—¡Soy una princesa!
Y lo era. El vestido era perfecto para ella, con un corpiño bordado con pequeñas flores y una falda de capas y capas de tul que llegaba hasta sus rodillas. Llevaba una pequeña corona de flores frescas en su cabello rizado, y zapatos blancos que brillaban.
En sus manos sostenía una pequeña canasta de mimbre llena de pétalos de rosa que sería su trabajo esparcir por el pasillo.
Noah estaba junto a ella, luciendo serio e increíblemente guapo en su pequeño traje oscuro con corbata azul. Sus zapatos estaban lustrosos, su cabello perfectamente peinado, y en sus manos sostenía un cojín de satín blanco donde descansaban los anillos de la boda, atados con un listón.
James se arrodilló frente a sus dos hijos, arreglando la corbata de Noah que ya estaba perfecta y enderezando la corona de Mía aunque no lo necesitaba.
—Están seguros de que quieren hacer esto? —preguntó—. Sé que es mucha responsabilidad.
Mía lo miró como si hubiera dicho la cosa más tonta del mundo.
—¡Por supuesto que queremos! ¡Es la boda de mami y papi!
Noah asintió—. Es importante. Y queremos ser parte de eso.
—Está bien. Entonces vamos a hacerlo perfecto.
Los rodeó a ambos con sus brazos, cuidando de no arrugar sus atuendos.
Los invitados comenzaron a llegar y a tomar sus asientos. No eran muchos, tal vez treinta personas en total, pero eran los que importaban. Colegas cercanos de James, algunos amigos de Emma del trabajo, vecinos que se habían vuelto queridos.
La música comenzó, suave y hermosa, cuando el pastor tomó su lugar bajo el arco.
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Editado: 15.04.2026