Dos años después
Emma despertó a las tres de la mañana con una contracción tan fuerte que la dejó casi sin poder respirar.
No era la primera. Estuvo sintiendo pequeñas molestias durante todo el día anterior, pero las había ignorado pensando que eran las contracciones de Braxton Hicks que su doctora le había advertido que esperara. Después de todo, aún faltaban dos semanas para su fecha probable de parto.
Pero esta... esta era diferente.
Respiró profundo, esperando que pasara, y cuando lo hizo, se giró hacia James, quien dormía profundamente a su lado con una mano protectora sobre su enorme vientre.
—James —susurró, sacudiendo su hombro suavemente.
Él se despertó inmediatamente, como siempre hacía cuando ella lo necesitaba, sus ojos grises enfocándose en ella con preocupación instantánea.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien?
Ella trató de sonreír pero otra contracción la golpeó, más fuerte que la anterior, y tuvo que agarrarse de su brazo.
—Creo... creo que es hora.
James se sentó de golpe, completamente despierto ahora.
—¿Hora? ¿Los bebés vienen?
—Los bebés vienen —confirmó con una risa nerviosa.
Él saltó de la cama tan rápido que casi se tropezó con sus propios pies, buscando frenéticamente su teléfono, sus zapatos, las llaves del auto.
—Está bien, está bien. No entres en pánico. Tenemos un plan, tenemos... ¿Dónde está la bolsa del hospital?
—En el closet, donde la dejamos hace tres semanas —dijo, observándolo con una pizca de amor y diversión—. Y tú eres el que está en pánico.
James se detuvo, respiró profundo, y regresó junto a la cama para arrodillarse frente a ella.
—Tienes razón. Lo siento. ¿Cómo te sientes? ¿Cuánto tiempo entre contracciones?
—Unos diez minutos. Todavía tenemos tiempo.
—Está bien. Voy a llamar a mi mamá para que venga a quedarse con Mía y Noah, y luego nos vamos al hospital.
Beatrice llegó en veinte minutos, todavía en pijama pero completamente despierta y enfocada.
—Ve —le dijo a su hijo mientras abrazaba a Emma—. Yo me encargo de todo aquí. Solo concéntrense en traer a esos bebés al mundo de manera segura.
—¿Despertamos a los niños? —Emma preguntó, sintiendo culpa por irse sin despedirse.
—No. Déjalos dormir. Cuando despierten les diré que están en el hospital conociendo a sus hermanitos. Estarán emocionados.
Emma asintió, confiando en el juicio de Beatrice.
James manejaba con cuidado pero rápido, sosteniendo la mano de Emma cada vez que podía, susurrando palabras de aliento.
—Lo estás haciendo increíble.
—Ni siquiera he hecho nada todavía —Emma se rio entre una contracción.
—Estás albergando a dos humanos. Eso es bastante increíble.
En el hospital, todo se movió rápidamente. Las enfermeras la instalaron en una habitación, le pusieron un monitor para rastrear las contracciones y los latidos de los bebés, y el doctor llegó para examinarla.
—Cuatro centímetros —anunció—. Progresando bien, pero con mellizos, nunca sabemos exactamente cuánto tiempo tomará. Pónganse cómodos.
James se instaló en la silla junto a la cama, sin soltarle la mano.
Las horas pasaron lentamente. Las contracciones se volvían más fuertes, más frecuentes. Le daba hielo, le limpiaba la frente con un paño húmedo, le susurraba que la amaba cada vez que el dolor la hacía llorar.
—No sé si puedo hacer esto —Emma jadeó después de una contracción brutal.
—Sí puedes, ya lo hiciste dos veces. Eres la mujer más fuerte que conozco.
—Eso fue hace años. Soy vieja ahora.
—lNo eres vieja.
—Me siento de cien.
—Bueno, eres la mujer de cien años más hermosa que he visto.
Emma trató de reírse pero otra contracción la golpeó.
A las ocho de la mañana, el doctor regresó para otro examen.
—Diez centímetros. Es hora.
—¿Ya?
—Ya —el médico confirmó con una sonrisa—. ¿Lista para conocer a sus bebés?
Emma miró a James—. Lista.
Lo que siguió fue un torbellino de dolor y empujar y respirar y las voces del doctor y las enfermeras diciéndole que lo estaba haciendo bien, que casi llegaba, un empujón más.
James estaba ahí todo el tiempo, sosteniéndole la mano. Lo necesitaba ahí, anclándola, recordándole por qué estaba haciendo esto.
—¡Veo la cabeza! —el doctor exclamó—. Uno más, Emma. Un gran empujón.
Emma reunió cada fuerza que le quedaba y empujó con todo lo que tenía.
El sonido más hermoso del mundo. Un llanto fuerte, perfecto.
—Es un niño —el hombre anunció, levantando un bebé pequeño y arrugado —. Felicidades.
Emma sollozó, tratando de ver a su hijo a través de las lágrimas.
James besaba su mano, una y otra vez—. Lo hiciste excelente mi amor,
Sin embargo, no había tiempo para descansar.
—Está bien, Emma —el doctor dijo—. Uno más. Tu hija está lista para conocerte.
Emma apenas tuvo tiempo de procesar antes de que otra contracción la golpeara.
Tres empujones más y el llanto de su hija llenó la habitación, uniéndose al de su hermano.
—Una niña hermosa. Mellizos adorables.
Las enfermeras trabajaron limpiando a los bebés, envolviéndolos en mantas, asegurándose de que estuvieran respirando bien, y luego colocaron uno en cada brazo de Emma.
Su hijo en su brazo izquierdo, su hija en el derecho.
Ella los miró, estos dos seres diminutos que había cargado por meses, y sintió como si su corazón rebosaba de amor.
—Hola —susurró, tocando la mejilla suave de su hijo, también la de su hija—. Hola, mis amores. Los esperamos tanto.
James, con un brazo alrededor de Emma, miraba a sus hijos con asombro.
—Son muy bonitos.
—Sí lo son —Emma concordó, recostando su cabeza contra su hombro.
Se quedaron así por largo rato, los cuatro.
Dos horas después, después de que Emma hubiera descansado un poco y los bebés hubieran sido examinados completamente por el pediatra, llegó el momento de las visitas.
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Editado: 15.04.2026